Ficciones

Inicié una relación abierta, pero mi vida sexual estuvo a punto de extinguirse

Peor que los celos

1.

Llegué a casa y mi novia me esperaba sentada en el sofá con una botella de vino abierta. Temí lo peor. Desde hacía algunos meses no atravesábamos nuestro mejor momento, y esa repentina solemnidad me inquietó.

Sus primeras palabras no ayudaron tranquilizarme

¿Qué piensas sobre nuestra relación? —dijo.

Evidentemente, la pregunta no estaba hecha para que yo la contestara. Era su manera de darse paso a sí misma.

Lo que siguió fue una radiografía de los 7 años años que llevábamos juntos. Habló de lo jóvenes que éramos cuando empezamos. De las pocas experiencias previas que habíamos tenido. De que temía que nos estuviésemos perdiendo cosas. Y de su miedo a que eso acabase afectando a nuestra relación en el futuro.

Y, entonces, soltó la bomba.

—He estado pensando que me gustaría experimentar con una relación abierta —dijo.

Me quedé mudo.

Mi novia me acababa de dar carta blanca para acostarme con quien quisiera sin tener que romper nuestra relación

—¿A qué te refieres exactamente con relación abierta? — pregunté.

—Pues a que yo pueda estar con otras personas, y tú puedas hacer lo mismo, pero siguiendo estando juntos —dijo.

—O sea, que nos pongamos los cuernos de mutuo acuerdo —contesté.

—No es esto, tonto. ¿No has oído hablar del poliamor? —preguntó.

Claro que había oído hablar de poliamor. Pero siempre lo había visto como algo muy lejano. Algo propio de las parejas casadas y con hijos que necesitaban nuevas sensaciones para no morir de aburrimiento. Nosotros solo teníamos 23 años. Estaba desconcertado.

—Entonces, ¿qué dices? —dijo.

—Ok, probemos —contesté, fingiendo seguridad.

En realidad no tenía ni idea de lo que estaba haciendo. Pero mi novia, a la que quería con locura, me acababa de dar carta blanca para acostarme con quién quisiera sin tener que romper nuestra relación. Era una fantasía hecha realidad. O eso suponía.

2.

Lo primero que hicimos fue marcar las reglas. La más importante era la transparencia; contarnos en todo momento lo que hacíamos. A fin de cuentas, la diferencia entre la infidelidad y una relación abierta está en la información que recibe el otro.

Dos semanas después ella tuvo su primera experiencia con otro hombre. Volvió a casa, se metió en la cama y me lo explicó con todo lujo de detalles. Esperé a que terminase y la abracé.

—Me encanta que lo lleves tan bien, tenía miedo de que te entrasen celos —dijo sin dejar de abrazarme.

—¿Creías que me iba a trasformar en el típico macho posesivo o qué? —contesté.

La diferencia entre la infidelidad y una relación abierta está en la información que recibe el otro

Nos reímos.

Pero esa noche no pude dormir. No, no eran celos; era miedo a no ser capaz de sacar partido a la libertad que tenía. Su historia me había recordado que las mujeres ligan prácticamente sin querer. Pero los hombres tenemos que trabajárnoslo mucho más. Y yo ni siquiera sabía por donde empezar.

Había dado por sentado que mi vida se convertiría en una sucesión de orgías. Pero, para eso, primero tienes que encontrar gente. De pronto entré en pánico. Al aceptar la propuesta de mi novia, no había tenido en cuenta un detalle fundamental: no sabía ligar. Es lo que pasa cuando llevas desde los quince años con la misma persona. No es que se me hubiese olvidado. Es que nunca lo había necesitado.

Tenía que ponerme las pilas.

3.

Lo primero que hice fue bajarme Tinder.

Hice varios matchs y tuve algunas citas. Ninguna fructificó. Mi principal problema es que era demasiado honesto. Si no les decía que estaba en una relación me sentía como si estuviera siendo infiel. Pero cuando lo explicaba, la gran mayoría de chicas se sentía incomodas y no quería ser partícipe de ello.

Lo probé saliendo de fiesta. Sin embargo, nunca me habían gustado las discotecas y no sabía muy bien como comportarme en ellas. Aprendí que lo mejor era ligar con extranjeras: daban por sentado que habría poca conversación.

Con todo, mi balance al cabo de tres meses de estar en una relación abierta eran cuatro morreos con un inglesa que sabía a Jägermeister y un toqueteo con una italiana que se pasó media noche insistiendo en utilizarme para entrenar sus movimientos de twerking. Todo muy absurdo.

Empezaba a intuir que los ligues de una noche no eran mi fuerte.

Aprendí que lo mejor era ligar con extranjeras: daban por sentado que habría poca conversación

Mi novia, en cambio, no paraba de follar.

Cada vez que me contaba una de sus aventuras me dolía un poco más que la anterior. No estaba celoso de los otros hombres, estaba celoso de lo fácil que lo tenía.

Llegué al punto de inventarme algún polvo de lo avergonzado que estaba al no tener ninguna historia que contar.

No es que quisiese convertir nuestra relación en una competición. Desde el primer momento tenía asumido que no era realista esperar que los dos tuviésemos el mismo número de parejas sexuales. Me conformaba con menos, pero necesitaba algo. Estaba en una relación abierta y follaba menos que antes. Era patético.

En ese punto empecé a pensar que aceptar abrir nuestra relación había sido una mala idea.

Pero las malas ideas siempre pueden empeorarse.

Llegué al punto de inventarme algún polvo de lo avergonzado que estaba al no tener ninguna historia que contar

Se me ocurrió proponerle a mi novia visitar un club de intercambio de parejas. Pensé que ahí tendría sexo sí o sí. Aceptó encantada.

Ese mismo viernes nos plantamos en un club de swingers situado en la zona alta de la ciudad. Estaba lleno de gente mucho más mayor que nosotros. De barrigas prominentes y pieles flácidas. A mí, que siempre había sido escrupuloso, todo me daba un poco de grima. Mi novia, a pesar de que siempre le habían hecho gracia los hombres más mayores que ella, tampoco parecía muy entusiasmada.

Pero, ya que estábamos ahí, decidimos soltarnos un poco.

Nos tomamos un par de copas y empezamos a enrollarnos. La cosa se fue calentando y, sin saber muy bien cómo, acabamos los dos desnudos en una suerte de sofá enorme rodeados de dos parejas, también desnudas.

Estaba en una relación abierta y follaba menos que antes

El calentón había hecho que nos olvidásemos de donde estábamos hasta que, de pronto, se nos acercó una pareja. Era mayores que nosotros, pero también estaban por debajo de la media de edad. Debían tener unos 35 años. Evidentemente, querían hacer un intercambio. Miré a mi novia y vi en sus ojos que quería hacerlo. En ese momento, algo se quebró en mi interior.

Inmediatamente fui consciente de que no sería capaz de verla teniendo sexo con otro. Ni siquiera aunque eso implicase que yo, por fin, pudiese acostarme con otra mujer.

Definitivamente, las relaciones abiertas no eran para mí.

4.

Al llegar a casa, me desmoroné.

Le confesé que, para mi, la experiencia había sido un desastre. Que la combinación de ella teniendo sexo con otros regularmente y mi incapacidad para conseguir citas me había dejado la autoestima por los suelos. Le dije que me había empezado a sentir completamente reemplazable.

—Pero, ¿por qué no me lo dijiste antes? —preguntó ella.

—Porque la idea era prometedora y quería intentarlo. También quería entender lo que sentías. Aunque suene raro, creía que aceptar que te acostases con otros era una manera de acercarme a ti. Lo he intentado, pero, en realidad, me he muerto de celos todo este tiempo... —dije cabizbajo.

—Tendrías que habérmelo dicho... —insistió.

—...y como todo esto que siento representa lo opuesto a lo que debe implicar una relación abierta, supongo que significa que no estoy hecho para esto... Lo respeto, de verdad, incluso lo admiro, pero no es para mí...

Esa misma noche acordamos volver a tener una relación monógama.

Ella me confesó que también estaba incomoda con la situación. Que todos aquellos escarceos le habían servido para darse cuenta de que solo quería estar conmigo. Pensé que eso era mucho más fácil decirlo después de haberse acostado con quince tíos distintos en los últimos meses.

Sin embargo, no se lo dije.

No sabía muy bien como debía sentirme. ¿Reconfortado? ¿Humillado? ¿Orgulloso? ¿Fracasado?

Probablemente, simplemente, confundido. Tan confundido como había estado todo ese tiempo.

Lo único que me había quedado claro es que para experimentar el poliamor no solo es imprescindible no engañar al otro, sino, sobre todo, no engañarse a uno mismo. El problema no había sido aceptar estar en una relación abierta. Sino que lo había hecho por las razones equivocadas.

El poliamor también debe incluir tu autoestima.

Tags:

¿Te ha gustado este contenido?...

Hoy en PlayGround Vídeo:

Ver todos los vídeos

Hoy en PlayGround Video



 

cerrar
cerrar