Ficciones

La noche que Tinder cambió mi percepción de las mujeres

Todo empezó como una broma para conseguir pizza gratis...

Era domingo por la noche y estábamos hambrientos. Discutíamos si pizza o indio. Pero nadie tenía un duro. Y todos teníamos demasiada resaca como para bajar a sacar dinero.

–Tendríamos que hacer como las tías esas que piden pizzas en Tinder.

¿Pizzas? ¿Tinder? Pedimos detalles.

Raquel nos contó que lo llamaban “The Tinder Games”. Consistía en chicas pidiéndoles a tipos que encontraban en Tinder que les mandasen pizzas a domicilio. Pagadas por ellos, claro. La que recibía la pizza primero, ganaba.

Ante nuestra incredulidad, Raquel nos enseñó capturas de pantalla que atestiguaban que era una práctica real. Y que funcionaba.

Yo no tenía Tinder, pero la pizza gratis era la mejor razón del mundo para hacerse uno. Todos mis amigos estuvieron de acuerdo.

–Si no funciona, al menos nos reiremos un poco.

Fue muy rápido. En menos de dos minutos, Anna, de 25 años y de Barcelona estaba en Tinder. Y estaba hambrienta.

Empecé a hacer swipes a la derecha. Muchos. Queríamos nuestra pizza cuanto antes.

A los cinco minutos ya tenía varios matches. Escogí a uno que tenía pinta de estar especialmente desesperado. Tenía 32 años, entradas y un ligero sobrepeso. No era feo. Pero lo importante es que parecía estar lo suficientemente solo en la vida como para querer comprarle una pizza a una desconocida a cambio de un poco de atención.

Tardé diez minutos en convencerle. No os aburriré con los detalles .

La pizza tardó casi una hora en llegar. Pero para cuando el pizzero tocó el timbre ya se me habían pasado las ganas de comérmela.

Para que entendáis el motivo tenemos que volver al principio de la historia. Concretamente al momento en el que me hacía el perfil de Tinder.

Hay un detalle que se me había olvidado mencionar. Yo no me llamo Anna. Ni soy una chica.

Me hice un perfil falso utilizando la cuenta de Facebook de mi mejor amiga. Ella estaba delante cuando lo hice, y me dio el consentimiento con dos condiciones: que nos repartiéramos el botín y que eliminara el perfil una vez conseguido. Ella tiene novio desde hace cinco años y ninguna intención de serle infiel. Pero era evidente que la única manera de conseguir la pizza era utilizar un perfil de chica.

Las chicas lo tenéis muchísimo más fácil en las apps de contactos, dijo alguien.

Yo le di la razón.

El hecho de que hubiese logrado mi objetivo tan deprisa parecía reforzar nuestra teoría. Claro que le había prometido que la próxima vez podría invitarme en persona. Sí, fue un poco tramposo. Pero era una pizza gratis y teníamos resaca.

Para aumentar las posibilidades de éxito había deslizado el dedo hacia la derecha encima de absolutamente todos los perfiles que me habían aparecido. Era la técnica que utilizaban muchos de mis amigos. Decirle que sí a todo y filtrar una vez hecho el match.

Eso provocó que para cuando terminara de hablar con mi nuevo mecenas ya tuviera mensajes de una docena de tipos distintos.

Al principio quise seguir con el juego.

Escogí a otro de los chicos, al que llamaremos sujeto 2, y le contesté. Intenté utilizar el tono lo más neutral posible. Le pedí consejo a Anna sobre qué respondería una chica.

Mientras seguía la conversación no dejaban de llegar mensajes de los otros tipos. Estaba sorprendido con el éxito. Anna es guapa, pero tampoco es un cañón. Ella es la primera en admitirlo.

Pero al parecer existen muchos hombres interesados en tener una cita con ella. Mucho más de los que nunca habría imaginado.

Mientras bromeábamos sobre eso llegó un mensaje que me hizo cambiar de expresión.

Era solo una frase. No era especialmente explícita. Pero sonaba extraña. Ignoré el mensaje y seguí con la conversación con sujeto 2, que parecía más agradable. Pero inmediatamente sujeto 3 volvió a la carga. Tal y como sospechaba, sus palabras era la primera parte de un piropo. Pero la frase que lo completaba era increíblemente vulgar. Bloqueado.

Seguí hablando con todos los chicos que me entraban. Había pasado media hora desde que me había creado el perfil y mi iPhone quemaba. Estaba manteniendo casi diez conversaciones a la vez. Y más de la mitad empezaron a ponerse raras.

Uno de los chicos me preguntó si podía mandarme una foto de su polla para “ver lo que opinaba”. Otro me dijo que estaba estirado en su cama pensando en mí. Varios me pidieron mi número de teléfono. Otro me preguntó si me gustaba el sexo anal.

Tipos que parecían decentes, con intereses similares a los míos y carreras profesionales aparentemente satisfactorias, me pedían que les mandase fotos desnuda a los cinco minutos de empezar a hablar.

Prácticamente todos me preguntaron si quería quedar esa misma noche. Y prácticamente todos se enfadaron cuando dije que no.

–¿Pero si no quieres verme para qué pones que te gusto?, me dijo uno.

Estuve tentado a darle la razón. Al fin y al cabo, no había aplicado ningún filtro. Le había dicho sí a todo. Solo había pensado en la pizza. Pero nunca pensé que habría tanta hostilidad. En esa app, los depredadores parecían campar a sus anchas.

Había creído que sería divertido. Que nos echaríamos unas risas. Que sería una broma inocente. Pero todos aquellos mensajes me habían incomodado. De pronto mi iPhone parecía más sucio de lo que estaba.

Y no. No es que tenga demasiados escrúpulos. Yo era de los que entraba a 4Chan a diario. De los que no veía nada malo en masturbarse con porno de venganza. De los que llamaba feminazis a las chicas que tenían blogs donde colgaban capturas de pantalla que se burlaban de los piropos que utilizaban los usuarios de Tinder. De los que creía que las mujeres exageraban. Pero ahora que lo había vivido en mis carnes empezaba a pensar que se quedaban cortas.

Intenté encontrarle una explicación. Y para ello volví a repasar lo que estaba dando de sí mi fugaz experiencia como chica en Tinder.

Había notado mucho resentimiento. Es como si todos esos hombres tuvieran la sensación de que todas las horas que pasaban navegando entre perfiles y pensando en formas creativas de romper el hielo no estuvieran teniendo recompensa. Eran tipos heridos. El “match” les daba ilusiones pero luego se topaban con el rechazo. Una y otra vez.

Quizá era eso lo que les llevaba a entrar en cólera cuando no recibían satisfacción inmediata. Era algo muy propio de nuestro tiempo.

Pensé en todas las chicas como Anna que debía de haber en Tinder. Y en los miles de mensajes como aquellos que debían de haber recibido. Y entendí por qué la gran mayoría se quedaban sin contest

ar. Sea como fuese, ningún rechazo podía justificar un acoso como ese. Si estos tipos hicieran cosas similares en la calle probablemente acabarían detenidos.

Las chicas lo tenéis muchísimo más fácil en las apps de contactos que los tíos.” Esa frase seguía resonando en mi cabeza.

Y me di cuenta de que no podía estar más equivocado.

Poder conseguir una pizza gratis no compensa sentirse como un trozo de comida. Sonó el timbre. Pero esa noche acabé cenando cereales.

¿De verdad crees que las chicas guapas lo tienen fácil en Tinder?

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