Ficciones

Sé quién es el narco más poderoso de España, pero puedo morir si lo cuento

[Cientos de correos electrónicos llegan cada día a la redacción de PlayGround, pero este era una carta íntima y desesperada, este era distinto a todos los demás]

 Querido Antonio:

Espero que sepas disculparme por lo que estoy a punto de pedirte. Pero es muy importante para mí que esto que te voy a contar salga a la luz y llegue al mayor número de personas posibles, ya que estoy seguro de que tratarán por todos los medios de eliminar todo rastro de este correo.

Creo que es importante entender que en esta vida, cuanto más tarda uno en morirse, menos gente asiste a su entierro y más secretos se mueren con él.

Lo primero pude comprobarlo hace diez días, el día del funeral de mi abuelo. Y lo segundo lo pensé dos días después, cuando entré en su habitación para recoger todas sus cosas.

Visiblemente más pequeña sin mi abuelo sentado en la mesa, fui vaciándola con cuidado. Los cajones, el arcón, los armarios: su desmembrado reloj de pulsera, un par de antiguas acreditaciones, su vieja máquina de fotos...

Pero lo que verdaderamente me sorprendió fue encontrarme, tras el fieltro y la naftalina del armario ropero, una caja fuerte pegada a la pared.

Me quedé mirándola embobado, como quien busca integrar en el paisaje una visión imposible. Y después quise abrirla, pero estaba cerrada con llave.

Verás, con todo lo que nos había pasado, mi abuelo se había quedado prácticamente sin dinero. Entonces, ¿qué podía guardar en una caja fuerte como esa?

Sentí la urgencia de saber lo que había dentro. Busqué la llave como un loco. Revolví de nuevo los cajones, el arcón, las estanterías, la mesita, todo. Pero no había ni rastro de la llave. Intenté forzar la cerradura, arrancar la caja de cuajo, pero no hubo manera.

De pura desesperación, le pegué una patada a la base del armario empotrado. Y cuál fue mi sorpresa cuando el zócalo cedió y se abrió un pequeño compartimento que contenía una llave azul y hermosa.

En realidad, la llave era negra y estaba comida por el óxido.

Después de varios intentos y con mucho cuidado de no partirla, logré abrir la caja fuerte. Cualquiera se hubiera sentido decepcionado al encontrarse un montón de papeles en lugar de un par de fajos de billetes. Y yo no iba a ser menos.

Sin embargo, no tardé mucho en darme cuenta de que aquello era bastante más importante de lo que pensaba, más valioso que todo el dinero del mundo, y algo que probablemente iba a cambiar mi vida para siempre.

Empecé a desenterrar papeles de entre los papeles. En su mayoría recortes de periódico. Noticias sobre un entramado empresarial, logística, narcotráfico, grandes riquezas, inversiones, tiendas de ropa… Al principio yo tampoco entendía nada.

Bajo esos recortes había algunas fotos. Barcos descargando fardos grises. Policías en el puerto deteniendo a varias personas. Y un hombre. Un hombre que aparecía en muchas de las fotos y cuya cara, aun tapada por las gafas de sol y un abrigo de cuello alto, me resultaba familiar.

Las piezas empezaban a encajar.

Seguí rebuscando y bajo todos esos papeles me encontré varios sobres. Uno de ellos, el más grande, contenía una cinta de casete.

Fui al salón y la puse en la minicadena. Al principio no escuché más que ruido, sonidos irreconocibles, nada. Recordé la cara de impotencia de mi abuelo en sus últimos días, cuando ya no podía ni siquiera caminar solo, e imaginé sus ojos vidriosos frente a la minicadena, escuchando este mismo ruido, imponente, escrutando estos papeles sin poder hablar con nadie.

Estaba a punto de volver a la habitación cuando empezó a brotar de los altavoces la voz ronca y sibilante de un hombre: “Eh, escucha, a ver, a ver si me entiendes, aquí nadie sabe por qué la policía no sólo nunca revisa sus barcos, sino que los protege. Y mira dónde he acabado. En chirona. Nos está arruinando a todos, y eso no puede ser. Así que apunta lo que te voy a decir”.

Aquella voz se deshizo en nombres, ahora sí, bien conocidos por todos, sobre todo uno de ellos, quizá la fortuna más grande de este país, matrículas de barcos, horas, direcciones de almacenes donde supuestamente se almacenaba la cocaína, etc.

Volví a la habitación y saqué otro sobre en el que ponía “previsto para el tres de mayo”. Lo abrí. En él me encontré una página de periódico en la que en grande y en negrita, sobre la foto de un yate blanco, podía leerse lo siguiente: “DEL IMPERIO DE LA DROGA AL IMPERIO TEXTIL”.

Busqué por Internet el periódico de aquel día, pero no había ni rastro de aquella noticia. Nada que relacionase todo aquello. No podía creérmelo.

Había documentos que relacionaban la logística del narco con la proliferación de sus tiendas. Los flujos de dinero. Las conexiones con el gobierno gallego, con la policía. De todo. Un arsenal de documentación.

Y, bajo todo aquello, una carta. Una carta dirigida a mi abuelo. La abrí con las manos temblorosas y en ella, con una caligrafía horrible, pude leer lo siguiente:

“Lo siento. No sabía a quién mandarle todo esto. Espero que me perdones por meterte en ese lío, pero llevo dos años detrás de ellos y ahora son ellos los que están detrás de mí. Espero que esta no sea la última carta que te escribo, pero algo me dice que sí. Cuídate mucho”.

La carta estaba firmada por Martín, un antiguo periodista que desapareció hace veinticinco años en extrañas circunstancias y que fue compañero de mi abuelo. Recuerdo que me había hablado de él: “Era un periodista de verdad, un profesional. Era capaz de verlo todo donde los demás no vemos nada".

Metí toda la documentación que había en varias cajas y me las traje a casa. Y ahora no sé qué hacer con todo esto. Tengo miedo, pero también siento el deber y la necesidad de terminar lo que no pudo terminar mi abuelo.

Es por eso que recurro a ti. Ojalá puedas publicarlo en PlayGround y se entere todo el mundo de quién es verdaderamente el narcotraficante más poderoso del de España. Espero que me perdones por meterte en este lío. Y espero también que esta no sea el último correo que te escribo, aunque algo me dice que lo será. Cuídate mucho.

D.

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