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"¿Por qué las mujeres aman a los hombres que las maltratan?"

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Dilemas morales que preferiríamos no tener que hacer

Antonio J. Rodríguez

20 Abril 2015 06:00

1. Odio mi trabajo, ¿pero quién no? 

Hubo un tiempo en que la psicología trataba de humanizar a sus pacientes, pero eso fue hasta que algunos doctores comprendieron que había cosas mucho más rentables que suavizar la megalomanía de sus interlocutores. Por ejemplo, inflarles el ego. A esa tarea le pusieron el nombre de coaching, y eso es lo yo hago.

Hola,

Mi tarjeta de visita reza Lorena Wozniak y soy coach.

Nací hace 34 años en México DF.

Si no hubiera perdido mi empleo en una clínica pública, jamás habría pensado en esto.

El problema es que la única demanda para gente como yo pasaba por masajear el ego de un montón de hombres que sueñan con ser Steve Jobs: ellos te cuentan que se sienten unos chupópteros despiadados, y luego tú les dices que sí, que liberen su ego, que no se repriman, que estén tranquilos, que no pasa nada, que la naturaleza pone a todo el mundo en su lugar, y que si hay algo que el mundo necesita urgentemente, si hay algo que pueda salvarnos de la mediocridad moral en que nos hallamos naufragados, eso es ELLOS, la luz, la inteligencia, el arrojo y la valentía de nuestro tiempo.

Los putos amos.

Les encanta que digas esto:

—Eres EL PUTO AMO.

Es como si les metieras el dedito en el culo en mitad de una paja.


Tener una carrera profesional y ser soltero hoy es prácticamente un tabú



Se ponen como lémures encocados.

Uh-uh-ah-ah.

Y sí, es cínico.

Y sí, me avergüenza hacer esta porquería, pero recibir una prestación por desempleo es mucho peor, sobre todo cuando eres madre soltera y tus padres están al borde de la quiebra en el extrarradio de una metrópolis al otro lado del océano.

A veces, no queda otra.

En el sector me llaman la Margaret Thatcher de los coachers.

Vamos, que soy una perra.

Me encanta poner firmes a esos energúmenos.

A ellos también les gusta.  

Todos ganamos.                                    

2. Backseat Freestyle



Jovani tiene 23 años y es head account en una start up con base en París. Trabaja a medio camino entre la capital francesa y Barcelona, ha estudiado en una escuela de negocios de Chicago y gana cuarenta mil al año, lo cual está bastante bien para alguien con la inteligencia emocional de una grapadora. Un día aparece en la consulta con el siguiente problema:

—Quiero dejar a mi novia.

—Cuéntame, Jovani —digo, fingiendo interés hacia su tragedia.  

—Creo que estoy incapacitado para amar. —Luego hace una pausa dramática y continúa:— Acabo de volver de unas vacaciones con ella en Rarotonga y siento que la odio. Su vida no me interesa. Cuando estoy con ella, echo de menos la oficina y a mis amigos. Me preocupa que los accionistas piensen que soy un vago. ¿Tú te imaginas a Zuckerberg de vacaciones? ¿Verdad que no?

—¿Por qué no la dejas, Jovani? ¿Qué te impide concentrarte en tu misión?


Que tu trabajo consista en empatizar con gente como Jovani es una tarea inhumana. Tus niveles de autodesprecio se disparan



—Hay estudios que demuestran que la gente soltera obtiene un rendimiento peor: es lo que sucede cuando piensas con la polla. Yo lo que quiero es concentrarme en lo mío. La mayoría de mis compañeros de trabajo tiene pareja estable, pero no porque quieran a sus parejas sino porque cuando estás soltero pierdes una cantidad inmensa de tiempo. Tener una carrera profesional y ser soltero hoy es prácticamente un tabú.

—Seguro que hay un montón de zorras que se mueren de ganas de que las lleves a Rarotonga, Jovani. ¿Has pensado en eso?

—Lo sé. El problema es que lo tengo tan fácil que solo me gusta la gente a la que no puedo acceder. Muchas veces me pasa que estoy escuchando a mis compañeras de oficina, y en realidad pienso: “me encantaría que me acompañases al WC. No tendrías que hacer nada, solo mirar mientras me pajeo, zorra” . Y es incómodo.

—Comprendo.  

—Si eso sucediera, sería un problema para la compañía.

—Pensar con la polla es un error.

—Así es. ¿Tú conoces a mi novia, verdad?

He aquí una reacción frecuente en mis pacientes: el hecho de tener 700 seguidores en Twitter y haber dado un par de charlas les hace pensar que son personalidades públicas.


—Creo que estoy incapacitado para amar. Acabo de volver de unas vacaciones con ella y siento que la odio



—¿Kassandra?

—Eso es. Ella tiene 40 mil seguidores en Instagram y está para mojar pan. Hacemos una gran pareja. Ella modelo, yo head account. Ella vive en París, yo en Barcelona. Ella conoce el mundo de la moda, yo el de las start ups. ¿Qué podría salir mal? Y sin embargo, preferiría comer arena a comerle el coño. Me aburre.

—¿Y por qué no la dejas?

—Pues porque la sola idea de imaginarme cómo otra persona le come el coño me produce náuseas. No quiero que Kassandra me ocupe más espacio mental. Estoy atrapado en un círculo vicioso. Necesito tu ayuda.

—Escúchame, Jovani, tú eres un genio y estás por encima de todo eso. Deshazte de lo contingente. Aprende de los fracasos. Observa las oportunidades. No temas. Actúa.

—Ya bueno, pero qué hago.

Fóllate a otra, es lo que estás deseando. Sé transparente contigo mismo y con tus sentimientos. Luego se lo dirás a Kassandra, y la dejarás. Tienes que madurar. Y sobre todo no seas egoísta: deja que Kassandra siga su camino. Tú has de concentrate en lo que de verdad importa. La semana que viene quiero que hayamos resuelto este tema, ¿de acuerdo?

—Ok.

—Repite conmigo: no seré un egoísta, dejaré que Kassandra haga su camino.

No seré un egoísta, dejaré que Kassandra haga su camino. Me follaré a otras mujeres.

—Muy bien.

A continuación abro el ordenador y le pongo un videoclip de Kendrick Lamar. Le digo que se fije bien porque esa canción, Backseat Freestyle, en realidad está hablando de él.

Sin embargo, Jovani no atiende al vídeo.

En lugar de eso, se mira a sí mismo en el reflejo de la pantalla.

Todo el puto rato.

3. Autodestrucción



Es un mocoso, pero no estúpido. Digamos que todo el tiempo que ha pasado en la tierra se han encaminado a convertirse en una sabandija sin escrúpulos, solo al servicio de su propia causa. Le viene de familia.

Cada mañana antes de trabajar, así esté en París o Barcelona, Jovani acude a un gimnasio en el que se dedica a fondo durante 40 minutos. Luego encadena reuniones en las que da gritos y hace aspavientos.

En alguna ocasión Jovani me ha explicado los métodos de los que se sirve para intimidar a sus interlocutores.

—Una cosa que funciona mucho es mirar fijamente algún detalle de la persona con la que estás hablando. Por ejemplo, alguien te está contando su movida y entonces tú te pones a mirar indiscretamente sobre su hombro o su costado, o alguna zona de su cuerpo que él no pueda ver. La persona en cuestión empieza a preocuparse. Probablemente se imagina que tiene salsa de yogur o que una paloma le ha cagado el traje. Se hace más pequeña, hasta que muere.


Les encanta que les digas que son los putos amos, es como si les metieras el dedito en el culo en mitad de una paja



Jovani me cuenta todas estas cosas sin pestañear. Nunca le oirás bromear si habla de trabajo.

Dice que desde que es head account ha desarrollado un tic en el párpado y otro en la cara. Es como si de vez en cuando le dieran descargas eléctricas. Esta es su manera de liberar tensiones.

Su estilo consiste en entrar en las conversaciones como un rinoceronte.

Te avasalla.

En la conversación no profesional salta de unos temas a otros con total impunidad, dejando bien clarito que le da igual lo que tú tengas que decirle. Simplemente, no escucha.  

Tú le estás preguntando que cómo es la vida de alguien tan joven con 30 personas a su cargo, y de pronto te suelta:


Quiero creer que mi trabajo consiste en abocar a gente como él a cometer acciones temerarias, hasta la autodestrucción



—Acabo de recordar que tengo que comprarme otro par de Air Max y unos calcetines, hay que renovar armario. Ponerse unas Air Max es como llevar el pie enfundado en un coño.

O bien:

—¿Tú dónde te irías de vacaciones? ¿A Indonesia o a México?

Empatizar con gente como Jovani es una tarea inhumana, así que eventualmente mis niveles de autodesprecio se disparan.

En ese momento fantaseo con que mi trabajo, a diferencia de lo que suele pensarse, no consiste en incentivar la malicia de besugos como Jovani, sino en abocar a gente como él a conductas temerarias. Hasta llegar al punto de autodestrucción.

Un día, Jovani caerá por el precipicio.

4. Paris je t’aime 



—Fóllate a otra, es lo que estás deseando. No seas egoísta —el lema repiquetea en la cabeza de Jovani en los días que siguen a nuestra primera consulta, hasta que él y su novia se encuentran finalmente en París.

Tras cenar en la Rue Sainte-Anne, a pocos metros de las Tullerías, la pareja coge un taxi en dirección al apartamento de ella, cerca de la estación de Trocadéro. Los dos han bebido mucho y ríen a carcajadas, pero eso es hasta que en mitad del trayecto, a la altura del puente de Alejandro III, él le confiesa a ella que ha tenido relaciones sexuales con una estudiante universitaria a la que conoció en una página de contactos llamada Sugar Babes.

Luego le detalla el importe que desembolsó a cambio de una mamada: 200 euros.

Inmediatamente, Kassandra entra en cólera y empieza a chillar, hasta que su voz son solo balbuceos.

Ella le dice que le odia, le desea la muerte, y le amenaza con suicidarse.

Él, en cambio, le pide que por favor no monte ningún numerito más. También le dice si acaso se cree la princesa Diana: “no te creas tan importante como para morir en un túnel junto al Sena”, le desprecia a un volumen tan bajo que apenas es perceptible, casi como si hablara para sí mismo. “Sólo eres una pelirroja sin talento”.   


Ella entra en cólera y empieza a chillar; él, en cambio, le pide que por favor no haga ningún numerito



Entonces Kassandra abre la puerta del automóvil y hace un amago de arrojarse a la  carretera.

El coche circula a la velocidad suficiente como para convertirla en un trapo.

El taxista se detiene en seco y, gracias a un golpe de suerte y a la pericia del conductor que les sigue, ninguno de los dos coches sufre ningún daño. El taxista discute con ellos y les obliga a bajarse del coche: el resto del viaje lo tendrán que hacer a pie.

Esa misma noche, Jovani y Kassandra hacen el amor.

Poco a poco, el ambiente se relaja.

A la mañana siguiente, ella sube fotos de los dos en el restaurante y también del desayuno continental con vistas a la Torre Eiffel desde la terraza del apartamento de Kassandra.

El pie de foto es lacónico:

I love waking up with him in this city. Paris, je t’aime <3”.


Tras la discusión, ella sube fotos del restaurante. El pie de foto es lacónico: Amo despertar con él en esta ciudad. Paris, je t'aime



En la siguiente consulta, Jovani me pregunta:

—¿Por qué las mujeres aman a los hombres que las maltratan?

Ahora por fin se siente liberado: sabe que puede engañar a su novia, y que ella le perdonará, de modo que en las próximas semanas, Jovani repite este comportamiento una y otra vez.

Hasta que llegan las malas noticias.

5. ¿Cómo te sientes tú?



—Acabo de enviarte un par de links —son las 6.40 de la mañana y Jovani está al otro lado del teléfono. Su voz es dura como una roca—. Ábrelos.

El primer link conduce al tuit de un fotógrafo francés: “Kassandra P. nos ha dejado. Ella fue una de las personas más inspiradoras que he conocido.”

El segundo enlace es un artículo publicado en un diario nacional. Trata sobre suicidios en el mundo de la moda. En concreto, habla sobre la presión a la que las modelas son sometidas y también sobre el bullying que reciben en redes sociales.

Un par de psicólogos salen opinando sobre la necesidad de regular Internet y sobre el riesgo que implica tanta exposición pública.

Por supuesto, el artículo no dice nada sobre estar en una relación con alguien como Jovani.

—¿Qué es esto?

—Lo que lees. Kassandra murió hace unas horas en su apartamento. Se tomó una botella de vino y una caja de ansiolíticos. Kaput.

—¿Lo veías venir?

—Nadie sospechará de mí. Parte de su historial en redes en los últimos tres meses son fotos románticas conmigo. Ahora iré a su funeral. Luego podré concentrarme en lo mío.


¿Por qué las mujeres aman a los hombres que las maltratan?



—…

—Ahora podré engañarla con la conciencia tranquila. Ya nadie más le podrá comer el coño arenoso.

—…

—Está muerta. Se acabó.

—¿Cómo te sientes?

—¿Y tú? ¿Cómo te sientes tú ahora? ¿Qué piensas de tus consejos de psicóloga de mierda? “Fóllate a otra, concéntrate en lo tuyo, no seas egoísta”, ¿recuerdas? Ahora puedo entender por qué te despidieron de la clínica. Eres escoria.

La muerte de Kassandra me dio un vuelco al corazón, lo sé. Lo que de ningún modo iba a permitir, sin embargo, eran las acusaciones de Jovani. Si esperaba que sus palabras no trajesen consecuencias, se equivocaba.

(¿Continuará…?)

 

¿Hasta qué punto era yo culpable de aquella muerte?



 

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