PlayGround utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de navegación. Si sigues navegando entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

C
left
left

Lit

4 millones de espectadores lo vieron comerse su propia mano en directo

H

 

¿Tiene sentido el progreso si no se combina con la sostenibilidad?

María Yuste

11 Febrero 2016 13:14

Fotografía de Steven Klein

Después de que occidente legalizara la antropofagia sin homicidio para sortear una hambruna, se fundaba Suora, la primera residencia de lujo para donantes de carne gourmet. Allí, Luz, la hija de la fundadora del partido que había conseguido legalizarla, se internó presa de la apatía vital. Luego conoció y se enamoró de Thiago, el carnicero del centro, con el que acabó huyendo de una muerte segura para vivir en el bosque como los primeros Homo sapiens. Apartados de la civilización tuvieron un hijo y vivieron varios años hasta que unos cazadores furtivos los encontraron. Sin embargo, esta es tan solo la versión oficial. Ahora, su hijo Prometeo, el candidato a próximo presidente del gobierno por el Partido de la Carne, descubre que detrás estaban sus propios abuelos....

I


Comer fetos era la última moda. Su carne estaba considerada por muchos como la más sana y apta para el consumo de todas las carnes, superando la de “los humanos de granja” de Suora.

La teoría se fundamentaba en que estaba menos contaminada que la de cualquier otra persona o animal que hubiera llegado a nacer, pues apenas había tenido oportunidad de alimentarse ni medicarse.

Todo había empezado con la vergüenza. Aquel era el único tipo de carne que, tantos años después de la legalización de la antropofagia sin homicidio, seguía sin consumirse... Hasta que, un día, empezó a destinarse a la caridad.

Alguien le vio el filón de producto milagro y el resto es historia. De repente, pasó a convertirse en un alimento selecto junto a la placenta a la plancha y el batido de líquido amniótico.

Solo cuando a Prometeo le pusieron delante aquel feto en salsa de pimiento comprendió que algo se había roto irreparablemente dentro de él.

Aquella mañana se había reunido de urgencia con los cabezas de su partido para tratar la amenaza que suponía la moda de la carne de feto para la principal fuente de financiación del partido: Suora. Todo el mundo pensaba que el incendio había sido provocado por la competencia sin que nadie creyera a Prometeo cada vez que intentaba autoinculparse.

De repente, era como si hubiera vivido toda su vida bajo el efecto de un hechizo que le hacía ver su entorno teñido de un filtro de color que, al romperse, hacía que sus ojos lo captaran todo más viejo y horrible de lo que era en realidad.

Prometeo se levantó y apoyó las manos sobre la mesa.

¿Siempre habéis sido todos así de asquerosos?

Una carcajada rompió el silencio sepulcral inicial.

Prometeo, hoy estás sembrado...

—¡Basta! DIMITO, no quiero tener nada que ver con toda esta estafa.

Venga, mañana nos vemos. Dale un beso a Débora de nuestra parte cuando pases a verla.

Desde su reveladora conversación no había vuelto a pasar por el hospital ni había contestado a sus llamadas. Sabía que aquello podía matarla y no le importaba.

II

Aquel día había despertado con la certeza de que iba a morir. Si hubiera tenido a su nieto a su lado en aquel momento le hubiera hecho acercarse para susurrarle al oído: “¿Cuándo me hecho tan vieja?”.

Hacía tantos años que había conseguido detener los estragos del tiempo sobre su físico externo que no había sentido su cuerpo pudrirse por dentro como una corteza de árbol seca.

Mientras miraba los últimos rayos de sol colarse por la ventana pensaba que la vida era una cosa muy extraña. Podía acabarse una década después, en el año 2100, o podría haberlo hecho a finales del siglo XIX, si le hubiera tocado nacer en aquella época, que tenía la certeza de que se habría acabado exactamente del mismo modo.

La vida se le escapaba del cuerpo en medio de una sociedad cuyos seres humanos habían evolucionado para sustituirse a sí mismos por robots en sus puestos de trabajo. Una sociedad en la que no había habido comida para todos pero en la que el hombre seguía buscando la forma de vivir para siempre.

Con los ojos cerrados, escuchó unos pasos acercarse a su cama y pensó que se trataba de su nieto.

—Hijo, menos mal que has vuelto. Mi tiempo se acaba.

Sin embargo, la voz que le dio la replica era más grave y rota:

—Soy Daniel.

No se habían vuelto a ver desde que ella fuera a pedirle ayuda para encontrar a su hija 20 años atrás y él la traicionara con su muerte.

—¿Qué haces aquí?

—Lo siento, Débora.

—Te lo vuelvo a repetir: ¿Qué haces aquí?




—Débora, tú sabes mejor que nadie que es imposible dejar de cambiar, dejar de evolucionar. Hasta el universo se sigue expandiendo en este momento, mientras hablamos. Pero en esencia, somos los mismos. Soy el mismo que te cuidó embarazada y que te quiere.

—Eso son solo cosas que tú te dices para no sentirte mal por haberte agarrado a la supervivencia de una forma indigna. Entiendo que cada uno se agarra al clavo ardiendo que puede pero no esperes mi perdón porque no puedo dártelo.

—Lo sé, solo quería despedirme.

Y poniéndose de pie, se acercó a la cama. Débora se incorporó levemente para que pudiera coger la almohada y, tras un segundo de duda y un suspiro, se la puso sobre la cara hasta que su cuerpo fue solamente eso.


III


Después de abandonar el restaurante, Prometeo se adentró en el bosque con lo puesto. Estaba dispuesto a abandonarlo todo y unirse a su padre en las cavernas. Si la historia era pendular, tal vez, aquel era el paso natural que debía dar la humanidad.

Él también había oído que el espacio estaba en constante expansión y sabía que, al final de la teoría, todo acababa petando como un elástico que se ha estirado demasiado y explota en un Big Bang que hace que todo empiece de nuevo.

Anduvo hasta perderse, confiando que alguien lo encontrara. La noche caía y no tenía ni idea de cómo sobrevivir en el bosque. Estaba a merced de su ingenio o de que otros se apiadaran de él pero, ¿y si su padre no quería saber nada de él? Al fin y al cabo, después de que los separaran, nunca se había molestado en buscarlo.




Por la noche, fabricó una pequeña tienda de campaña rudimentaria con ramas y hojas y se acostó a descansar exhausto y sin haber bebido ni probado bocado desde el medio día.

Era consciente de que no sobreviviría más de tres días sin agua y que, ya al primero, empezaría a sentirse deshidratado y cansado.

Sin embargo, en mitad de la noche, un ligero zarandeo le despertó. Había alguien allí con él. Se incorporó sobresaltado y comprobó que se trataba de su padre.

— ¿Por qué has tardado tanto?

— Podría decirte lo mismo...

— Yo no sabía que estabas vivo, ni siquiera sabía quién eras... ¿Tú sabías que estaba vivo?

— Al principio no. Cuando tu madre y tú desaparecisteis, solo oí un disparo por lo que supuse que uno de vosotros habría sobrevivido. Luego, cuando me uní a los demás, ellos me lo contaron todo.

—¿Y por qué no fuiste a buscarme?




—No hubiera sabido por dónde empezar. Yo ya no pertenezco a ese mundo, no tengo nada que hacer allí y, además, ¿quién era yo para privarte del siglo en el que habías nacido? Lo prefiero así. Prefiero que hayas venido tú por tu propio pie ahora.

Thiago lo acompañó hasta su pequeña comunidad de renegados, iluminados por una potente luna llena.

No eran muchos pero la mayoría dormía a pesar de los gritos de dolor de una mujer que yacía tapada con una manta junto al fuego.

No podemos saber lo que tiene. Es grave, eso seguro. Probablemente se muera.

No era algo muy difícil de deducir a juzgar por el dolor que su cuerpo convertía en sonido.

Desde luego, aquello no tenía nada del romanticismo con el que se lo había imaginado. Tenía la sensación de, más que estar en la prehistoria, estar en el tercer mundo.

Papá, pero tu eres feliz así?

No, pero tampoco lo era antes.


IV


Al amanecer, Prometeo abandonó la comunidad decepcionado. Todo estaba perdido. Con la ropa manchada y desaliñada se dirigió hasta el plató de televisión en el que lo esperaban para una entrevista en el informativo matutino.

La humanidad se había expandido más allá de lo que era capaz de asumir. Las costuras del elástico habían empezado a descoserse y él era el único que lo veía.

Sin un crecimiento que combinara progreso con sostenibilidad todo se había limitado a una simple carrera para ver quién llegaba antes al final.

Mientras lo preparaban para entrar en el aire, las maquilladoras se dedicaban miradas y se daban codazos destrangis. Era evidente que Prometeo había perdido el norte.

¿O eran los demás?

Sentados en el plató, la presentadora lanzaba preguntas a las que Prometeo contestaba con el silencio.

—Hablemos de la nueva tendencia, el consumo de carne de feto. Su partido se opone aunque fueron los responsables de que se legalizara la antropofagia sin homicidio, ¿no es hipócrita?

— …

—¿Qué será lo próximo? ¿Qué haremos cuando la población vuelva a ser tan numerosa que no podamos abastecernos nuevamente?

Prometeo, que miraba fijamente a cámara. Se llevó lentamente su mano derecha a la boca y, con tremenda tranquilidad, se arranco dos dedos de cuajo con los dientes y empezó a masticarlos en directo entre los gritos del públio...


FIN

Capítulos anteriores:

Capítulo 1: Si tus hijos fuesen a morir desnutridos, ¿les darías carne humana?

Capítulo 2: Año 2040. Una historia de amor extremo en medio de un mundo caníbal

Capítulo 3: Año 2041. La supervivencia de la epecie se decide en un tribunal

Capítulo 4: Año 2060. La vida en el extraño balneario del que nadie sale con vida

Capítulo 5: El mismo infierno se escondía detrás de una simple puerta de madera

Capítulo 6: Lo dejaron todo para vivir como los primeros Homo sapiens en 2061

Capítulo 7: Su vida era perfecta hasta que descubrió que se basaba en una gran mentira

Capítulo 8: Jesucristo ha vuelto a la Tierra y es un pirómano

I


Comer fetos era la última moda.Su carne estaba considerada por muchos como la más sana y apta parael consumo de todas las carnes, superando la de “los humanos degranja” de Suora.


La teoría se fundamentaba en queestaba menos contaminada que la de cualquier otra persona o animalque hubiera llegado a nacer porque, a penas había tenido oportunidadde alimentarse ni medicarse.


Todo había empezado con la vergüenza.Aquel era el único tipo de carne que, tantos años después de lalegalización de la antropofagia sin homicidio, seguía sinconsumirse... Hasta que, un día, empezó a destinarse a la caridad.


Alguien le vio el filón de productomilagro y, el resto es historia. De repente, pasó a convertirseen un alimento selecto junto a la placenta a la plancha y elbatido de líquido amniótico.


Solo cuando a Prometeo le pusierondelante aquel feto en salsa de pimiento, comprendió que algose había roto irreparablemente dentro de él.


Aquella mañana se había reunido deurgencia con los cabezas de su partido para tratar la amenaza quesuponía la moda de la carne de feto para la principal fuente definanciación del partido: Suora. Todo el mundo pensaba que elincendio había sido provocado por la competencia sin que nadiecreyera a Prometeo cada vez que intentaba autoinculparse.


De repente, era como si hubiera vividotoda su vida bajo el efecto de un hechizo que le hacía ver suentorno teñido de un filtro de color que, al romperse, hacía quesus ojos lo captaran todo más viejo y horrible de lo que era enrealidad.


Prometeo se levantó y apoyó las manossobre la mesa.


¿Siempre habéis sido todos así de asquerosos?


Una carcajada rompió el silenciosepulcral inicial.


Prometeo, hoy estás sembrado...


— ¡Basta! DIMITO, no quiero tener nada que ver con toda estaestafa.


Venga,mañana nos vemos. Dale un beso a Débora de nuestra parte cuandopases a verla.



Desde su reveladora conversación nohabía vuelto a pasar por el hospital ni había contestado a susllamadas. Sabía que aquello podía matarla y no le importaba.


II


Aquel día había despertado con lacerteza de que iba a morir. Si hubiera tenido a su nieto a su lado enaquel momento le hubiera hecho acercarse para susurrarle al oído:“¿Cuándo me hecho tan vieja?”.


Hacía tantos años que habíaconseguido detener los estragos del tiempo sobre su físico externoque no había sentido su cuerpo pudrirse por dentro como unacorteza de árbol seca.


Mientras miraba los últimos rayos desol colarse por la ventana pensaba que la vida era una cosa muyextraña. Podía acabarse una década después, en el año 2100,o podría haberlo hecho a finales del siglo XIX, si le hubiera tocadonacer en aquella época, que tenía la certeza de que se habríaacabado exactamente del mismo modo.


La vida se le escapaba del cuerpo enmedio de una sociedad cuyos seres humanos habían evolucionadopara sustituirse a sí mismos por robots en sus puestos de trabajo.Una sociedad en la que no había habido comida para todos pero en laque el hombre seguía buscando la forma de vivir para siempre.


Con los ojos cerrados, escuchó unospasos acercarse a su cama y pensó que se trataba de su nieto.


— Hijo, menos mal que has vuelto. Mitiempo se acaba.


Sin embargo, la voz que le dio lareplica era más grave y rota:


— Soy Daniel.


No se habían vuelto a ver desde queella fuera a pedirle ayuda para encontrar a su hija XX años atrás yél la traicionara con su muerte.


—¿Qué haces aquí?

—Lo siento, Débora.

—Te lo vuelvo a repetir: ¿Qué hacesaquí?

—Débora, tú sabes mejor que nadieque es imposible dejar de cambiar, dejar de evolucionar. Hastael universo se sigue expandiendo en este momento, mientras hablamos.Pero en esencia, somos los mismos. Soy el mismo que te cuidóembarazada y que te quiere.

—Eso son solo cosas que tú te dicespara no sentirte mal por haberte agarrado a la supervivencia deuna forma indigna. Entiendo que cada uno se agarra al clavoardiendo que puede pero no esperes mi perdón porque no puedodártelo.

—Lo sé, solo quería despedirme.


Y poniéndose de pie, se acercó a lacama. Débora se incorporó levemente para que pudiera coger laalmohada y, tras un segundo de duda y un suspiro, se la puso sobrela cara hasta que su cuerpo fue solamente eso.


III


Después de abandonar el restaurante,Prometeo se adentró en el bosque con lo puesto. Estaba dispuesto aabandonarlo todo y unirse a su padre en las cavernas. Si lahistoria era pendular, tal vez, aquel era el paso natural que debíadar la humanidad.


Él también había oído que elespacio estaba en constante expansión y sabía que, al final dela teoría, todo acababa petando como un elástico que se ha estiradodemasiado y explota en un Big Bang que hace que todo empiece denuevo.


Anduvo hasta perderse, confiando quealguien lo encontrara. La noche caía y no tenía ni idea de cómosobrevivir en el bosque. Estaba a merced de su ingenio o de queotros se apiadaran de él pero, ¿y si su padre no quería saber nadade él? Al fin y al cabo, después de que los separaran, nunca sehabía molestado en buscarlo.


Por la noche, fabricó una pequeñatienda de campaña rudimentaria con ramas y hojas y se acostó adescansar exhausto y sin haber bebido ni probado bocado desde elmedio día.

Era consciente de que nosobreviviría más de tres días sin agua y que, ya al primero,empezaría a sentirse deshidratado y cansado.


Sin embargo, en mitad de la noche, unligero zarandeo le despertó. Había alguien allí con él. Seincorporó sobresaltado y comprobó que se trataba de su padre.


— ¿Por qué has tardado tanto?

— Podría decirte lo mismo...

— Yo no sabía que estabas vivo,ni siquiera sabía quién eras... ¿Tú sabías que estaba vivo?

— Al principio no. Cuando tu madre ytú desaparecisteis, solo oí un disparo por lo que supuse que unode vosotros habría sobrevivido. Luego, cuando me uní a losdemás, ellos me lo contaron todo.

—¿Y por qué no fuiste a buscarme?

—No hubiera sabido por dóndeempezar. Yo ya no pertenezco a ese mundo, no tengo nada quehacer allí y, además, ¿quién era yo para privarte del siglo enel que habías nacido? Lo prefiero así. Prefiero que hayasvenido tú por tu propio pie ahora.


Thiago lo acompañó hasta supequeña comunidad de renegados, iluminados por una potente lunallena.


No eran muchos pero la mayoríadormía a pesar de los gritos de dolor de una mujer que yacía tapadacon una manta junto al fuego.


No podemos saber lo que tiene.Es grave, eso seguro. Probablemente se muera.


No era algo muy difícil de deducir ajuzgar por el dolor que su cuerpo convertía en sonido.


Desde luego, aquello no tenía nadadel romanticismo con el que se lo había imaginado. Tenía lasensación de, más que estar en la prehistoria, estar en eltercer mundo.


Papá, pero tu eres feliz así?

No, pero tampoco lo era antes.


IV


Al amanecer, Prometeo abandonó lacomunidad decepcionado. Todo estaba perdido. Con la ropamanchada y desaliñada se dirigió hasta el plató de televisión enel que lo esperaban para una entrevista en el informativo matutino.


La humanidad se había expandido másallá de lo que era capaz de asumir. Las costuras del elásticohabían empezado a descoserse y él era el único que lo veía.


Sin un crecimiento que combinaraprogreso con sostenibilidad todo se había limitado a una simplecarrera para ver quién llegaba antes al final.


Mientras lo preparaban para entrar enel aire, las maquilladoras se dedicaban miradas y se daban codazosdestrangis. Era evidente que Prometeo había perdido el norte.


¿O eran los demás?


Sentados en el plató, la presentadoralanzaba preguntas a las que Prometeo contestaba con el silencio.


—Hablemos de la nueva tendencia, elconsumo de carne de feto. Su partido se opone aunque fueron losresponsables de que se legalizara la antropofagia sin homicidio, ¿noes hipócrita?


— …


—¿Qué será lo próximo? ¿Quéharemos cuando la población vuelva a ser tan numerosa que no podamosabastecernos nuevamente?


Prometeo, que miraba fijamente acámara. Se llevó lentamente su maño derecha a la boca y, contremenda tranquilidad, se arranco dos dedos de cua

share