PlayGround utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de navegación. Si sigues navegando entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

C
left
left

Lit

La reina que construyó murallas tan altas que ocultó para siempre el sol

H

 

Érase una vez una ciudad con murallas tan altas que no volvió a ver el sol

Alba Muñoz

17 Septiembre 2015 11:30

¿No sabes lo que es un cuento subterráneo? Es una historia que ocurrió hace mucho, mucho tiempo. Vive bajo tierra pero no está muerta.

De alguna forma bulle dentro de ti, te avisa de que algún día volverá. Para eso, claro, es preciso que alguien te la cuente.

Hace siglos, cuando los hombres morían al nacer y las mujeres morían al parirlos, cuando las estrellas irradiaban tanta luz y frío que dolía respirar, existió una ciudad esplendorosa y perfecta.

Se llamaba Havel y era inmensamente rica. Hasta sus murallas llegaban frutas del alrededor del mundo, bolsas de oro y brillantes, arte y esculturas extrañas; también armas.

Su reina, la joven Merkulia, siempre había abierto la puerta a los mercaderes que llegaban desde lejos. Su afán de propiedades era tal que enviaba hombres hasta los confines del mundo para que le trajeran sus riquezas.

La ciudad de Havel brillaba como una pepita de oro en una tierra quemada.



En Havel vivía Jonás, un joven que desde hacía dos días vagaba por las calles porque no tenía dónde dormir. Sus padres ya no podían darle de comer, así que el día de su 18 cumpleaños se quedó a solas con su futuro.

"¿Hacia dónde voy, dios? ¿Tendré que mendigar como tantos para poder comer?".

La suerte de Jonás llegó en forma de desgracia. Esa misma tarde, en la plaza, el mensajero de la reina informó a los ciudadanos de una terrible amenaza.

"Ciudadanos de Havel: se acerca un ejército extraño. Una masa de seres desconocidos llegará dentro de dos días hasta nuestras murallas".

Todos los hombres fueron llamados a filas y Jonás, hijo de herrero, empezó a trabajar esa misma noche en los establos de los soldados.



Los hombres de la reina estaban agitados. Se concentraban en afilar sus espadas y preparar sus armaduras para no pensar en lo que les esperaba ahí fuera.

—Señor, ¿quiénes son? —preguntó Jonás a un soldado llamado Hans.

—No lo sabemos, hijo. Sólo sabemos que son muchos, y que vienen a paso lento.

Las puertas de Havel se abrieron y 200 hombres salieron con sus caballos. Entonces Jonás recibió una moneda, su primer sueldo.

Al día siguiente compró las dos cosas que más deseaba: su primer trozo de jabón y un pedazo de pergamino.

Los guardó entre sus ropas. Intuía que algo malo esperaba a los habitantes de Havel.



La segunda noche los soldados también llegaron intactos. En sus cuerpos no había ni una gota de sangre, pero sus rostros estaban descompuestos.

Jonás se acercó a Hans y empezó a revisar su caballo. Sentía preocupación y curiosidad. Sostenía su casco con la mirada perdida.

—Son bárbaros, son miles. Están junto a nuestras murallas, nos tocan.

—¿Cómo son, señor?

—Tienen el cabello oscuro; también la piel. Sus rasgos son temibles.? Pero l?o peor...

—¿Qué es lo peor?

—La lengua de esos infieles tiene que ser la del mismo diablo. Suena como si te hablara el diablo.

Jonás sintió un escalofrío, y unos deseos inmensos de ver a ese ejército de bárbaros. Entonces pensó: "Si fuera un ejército, ¿no nos habrían atacado?".



El invierno empezó a mostrar su crudeza los días siguientes. Jonás estaba comprando un bol de caldo cuando todas las trompetas de Havel sonaron a la vez.

El líquido cayó sobre su ropa, ardía, y entonces vio a la gente correr a través de la puerta de la taberna.

—¡La reina Merkulia va a hablar! —gritaban.

Era cierto. La reina salió al balcón de su palacio para hacer un anuncio insólito:

—Ciudadanos, las puertas de Havel se cerrarán de forma indefinida. Estamos sitiados por un ejército de infieles que tratan de invadirnos. No podemos permitirlo.

—Su majestad, ¡qué haré con mi cargamento de maíz! —gritó un hombre.


'Hay un agujero en el muro', pensó, 'debo de poder ver a esos monstruos'



—No se preocupe por eso, buen hombre. Las mercancías y la riqueza seguirán entrando a la capital por un corredor secreto que nadie conocerá jamás. 

—¡Viva la reina Merkulia! ¡Viva! —gritó el pueblo.

—Queridos súbditos, no sonriáis. Debéis tener miedo. Las gentes que nos rodean quieren asolar nuestros campos, beber nuestra agua, sustituirnos. Quieren quedarse con la ciudad de oro que fundaron mis valientes antepasados, quieren quitarnos lo que nos pertenece. Sólo yo puedo defenderos, ¡a vuestros hijos y a vuestro pan!

El pueblo estalló de júbilo. Jonás pensó cómo se oirían esos gritos desde el otro lado del muro. Entonces recordó algo: cuando era un niño y se escapaba de las faldas de su madre en el mercado, corría hasta un punto especial de la muralla. 

"Hay un agujero en el muro", se dijo, "debe de ser como un túnel de medio metro de ancho, podré ver a esos monstruos".



Jonás corrió hacia el agujero, sentía que la sangre se abría paso por todas las venas de su cuerpo. El orificio era más pequeño de lo que recordaba. Entonces pegó su espalda a la muralla y poco a poco se agachó hacia la apertura. 

Notó un soplo frío en las pestañas, después vio a un montón de bultos blancos y grises abrazándose contra la ventisca. Oyó un llanto. De pronto, la luz se fue. Un ojo negro y grande le mira desde el otro lado.

Parecía una mujer. La oyó gritar y Jonás salió corriendo con todas sus fuerzas.

Esa noche, en el establo, cuando los soldados llegaron del exterior, era él el que tenía la mirada perdida. Hans le dijo:

—Hay familias enteras, hay niños y mujeres. Hay esqueletos que me miran, creo que huyen de algo.

Esa noche Jonás no se quedó a dormir en el establo. De forma mecánica, insomne, empezó a caminar hacia el agujero. 

Cuando llegó a la muralla se metió la mano en el bolsillo y cogió un puñado de almendras. Las dejó tan adentro de la pared como alcanzó su brazo.



Cuando despertó, Jonás tenía el cuerpo entumecido. Se había quedado dormido junto al agujero. Al principio sintió pánico, un frío atroz. Quiso correr, pero en vez de eso volvió a mirar por el agujero sin sentir su cuerpo.

Las almendras no estaban. En su lugar había algo brillante. Era una mano de plata, el colgante más extraño que había visto jamás.

Jonás la metió en su bolsillo y empezó a andar hacia el mercado. Sonreía.

Se le ocurrió preguntar a un orfebre de qué se trataba. Y el hombre le dijo.

—¿De dónde lo has sacado? No dejes que nadie lo vea.

—¿Por qué?

—El pueblo que ha creado esta maravilla es un pueblo de dios.

—¿No son bárbaros?

—No sé lo que son. Pero orfebres seguro que sí.



Al día siguiente Jonás volvió al muro con unos higos secos. Esta vez pegó la oreja al rayo de luz: los cánticos se mezclaban con los llantos.

Ahí afuera había más gente, estaban construyendo un campamento para resguardarse de la intemperie.  

Si no eran bárbaros, ¿qué buscaban en Havel? ¿Qué quería esa chica de ojos negros?

Ella tenía hambre. Por un puñado de almendras pagó con una joya. Quería que Jonás entendiera que necesitaban comida.

Cayó la noche en el establo. Hans parecía derrotado, pero no por el cansancio. Sus paseos a caballo entre esas gentes extrañas le estaban secando el rostro y la mirada.

Incluso su caballo parecía triste, como si esperara una guerra que no estallaba. Como si algo peor estuviera ocurriendo delante de sus ojos y no pudiera hacer nada.

Jonás volvió al muro y encontró un diminuto un trozo de pergamino. El él habían palabras dibujadas en una califragía extraña.

"Muerte viene".



Jonás cayó al suelo y se levantó de inmediato: "Hans tiene que saberlo".

—¡Son gente hambrienta! —le zarandeó. Hans estaba dormido en el suelo, junto a la paja. Olía a vino.

—Voy a pedir una audiencia con la reina. Tiene que saber que toda esa gente quiere traer riqueza a Havel.

—Cállate estúpido. Si haces eso, serás acusado de traidor. Yo mismo tendré que matarte.

—¡Pero Señor!

—Cállate si quieres volver a hablar. La reina ha traído la prosperidad a esta ciudad. La reina sabe.

Aquellas palabras pesaban demasiado. Eran ciertas, era lo que él había aprendido siempre.

"Ama a Merkulia, hijo mío. Ella te pone el plato en la mesa y dios en el alma", decía su madre mientras le servía un plato de sopa que ella misma acababa de sacar el fuego.

Jonás volvió al muro, pero para meter una piedra en el agujero. Las lágrimas le caían por la cara.



Durante los meses siguientes, la noche tomó la ciudad de Havel. Merkulia ordenó hacer la muralla más y más alta.

Cuando los obreros terminaban, la reina ordenaba que construyeran unos metros más: "¡Nunca hay suficiente protección para Havel!", decía.

Los ciudadanos miraban a lo alto sin comprender por qué su monarca estaba levantando esas inmensas paredes. Al mismo tiempo, creían sus palabras.

"¡El muro nos ha quitado el sol!", se quejaban las mujeres en la plaza. En Havel ya no crecían lechugas, ni verduras, ni árboles. Los ciudadanos comían las que venían por la ruta secreta, mucho más caras. La gente, hambrienta, moría antes de tiempo con la piel blanca.

Jonás sentía cada vez más asfixia. No podía soportar que el barro siempre estuviera húmedo bajo sus pies. La mano de plata, que llevaba siempre en su bolsillo, le desafiaba constantemente.

Un día, Jonás volvió al muro.

Detrás de la piedra encontró otro pedazo de pergamino.

"Comiste el miedo. No podrás huir".

Jonás cogió la mano de plata y se acarició la mejilla con ella. Había elegido entregar su libertad a la reina. Luego dejó la joya dentro del muro y volvió a colocar la piedra en su sitio. Nunca volvió a sentir curiosidad por mirar al otro lado.

Para entonces, las murallas de Havel se habían convertido en un techo negro.



Comiste el miedo. No podrás huir













share