Ficciones

Soy matemático y mi vida se ha convertido en una auténtica locura

Monólogo interior construido sobre un testimonio real

Hola. Me llamo Arturo de Armas y soy matemático.

En la universidad estudié matemáticas puras y después hice un máster en ingeniería matemática pero ahora soy profesor.

Probablemente pienses que mi vida es aburrida porque las matemáticas te lo parecen o porque siempre las suspendías en el instituto pero, si estoy aquí contándote esto es precisamente por lo contrario.

Empecemos por el principio: mis años universitarios.

Nada me gustaría más que poder tiraros por tierra todos los clichés en torno al científico loco y deciros que Big Bang Theory es todo mentira y que la fauna y flora de mi clase no se diferenciaba tanto de la de Administración y Dirección de Empresas. Sin embargo, demasiada gente de mi facultad tuvo brotes psicóticos e intentos de suicido para ello.

Allí conocí a la persona más inteligente que he conocido jamás. Y no era un profesor. Se llamaba Edgar y, aunque aún no había terminado aún la carrera, ya trabajaba programando el sistema operativo que utiliza el departamento de defensa estadounidense en el campo de batalla.

Sí, era el tío más inteligente que he conocido pero también el más raro.

Su cuerpo tenía un problema de autoregulación de la temperatura e iba siempre con gabardina aunque fuera verano y los demás estuviéramos sudando como pollos a la brasa.

Sin embargo, en invierno, te lo encontrabas en calzoncillos en la biblioteca. Yo, a veces, le insistía para que se volviera a poner los pantalones. Me daban muchos asco sus muslos sudorosos pero él no entendía por qué no podía estar medio desnudo en un lugar público si tenía calor.

Como él había muchos que no entendían las convenciones sociales ni las relaciones humanas. Y, bueno, yo tampoco me quedo corto porque, aunque las entiendo, las rechaz o.

Os aseguro que en una facultad de matemáticas se respira más pasión que en una clase de literatura francesa.

Cursé una asignatura sobre física en la ciencia ficción. Era la maría. La educación física de la ciencia. Allí la gente se desmadraba hasta el punto de que alguien llegó a gritar, muy convencido, que la solución al terrorismo era enviar a la gente de la ETA a Marte.

Tengo que admitir que durante los primeros años de carrera si que podías encontrarte por los pasillos a gente más "normal", como Joaquín que jugaba al fútbol y estaba allí solo porque se le habían dado bien las matemáticas en el instituto. Pero la cosa se iba purgando conforme pasaban los cursos.

Al final nos quedamos solo los que encajábamos en el perfil de alguien que se gana la vida jugando al póker por Internet, porque el tipo de pensamiento que te hacen desarrollar las matemáticas genera muchos jugadores de póker en las universidades. Hubo quien llegó a perder 1000 euros en una noche.

Cuando llegó el momento de buscar trabajo, me planteé seriamente trabajar como programador. Incluso llegué a hacer un par de entrevistas pero me di cuenta de que no quería pasarme ocho horas al día calentando una silla y llegar a los 32 teniendo la sensación de que quería tirarme por la ventana.

Hacerme profesor de matemáticas me pareció la manera perfecta de ser mi propio jefe y no tener jornadas alienantes de trabajo.

Puse un anuncio y, en seguida, recibí la llamada de una mujer de la alta burguesía que necesitaba clases particulares para su hijo Felipito.

A Felipito solo es posible describirlo de una forma: un chico de 14 años con pinta de ir al colegio a caballo. De hecho, montaba a caballo realmente y había perdido un huevo así.

Hasta se suponía que su perro era de la misma camada que la del perro del rey.

Sí, Felipito era otro cliché andante. Un niño rico insoportable al que no le habían dado dos hostias a tiempo.

A menudo su madre y él acababan corriendo alrededor de la mesa mientras discutían. La madre con la zapatilla en la mano y él poniéndola de vuelta y media.

Lo odiaba. Sin embargo, él me tenía mucho cariño.

Cuando se mudó a la urbanización de los futbolistas y los políticos hasta se enfadó porque no iría hasta allí para seguir dándole clases. Me expresó su amor amenazándome con que yo, por dinero, haría lo que él quisiera.

Aún me deben pasta.

De todos modos, aún sigo trabajando para el mal. Ahora soy profesor de matemáticas en el ejército.

Un chiste teniendo en cuenta mi nombre. Nunca habría imaginado que acabaría aquí. Sin embargo, lejos de mis ideas preconcebidas, los militares a los que doy clase son gente muy aplicada y educada que siempre me tratan de usted.

La gente que lleva más años en el ejército es la que está más embrutecida. Mis alumnos siempre me divierten con las anécdotas sobre furcias, cocaína y graves altercados con la autoridad de sus superiores.

Un día ellos mismos fueron a un club de striptease y se encontraron a otra compañera bailando en la barra.

Como habéis visto, la vida del matemático podría ser monótona y aburrida como cualquier otra. Pero también puede sacarte de tu zona de confort y llevarte por caminos inesperados llenos de aventuras raras.

Yo no puedo ni imaginarme cuál será la próxima.

Estamos muy lejos de ser aburridos; es el cliché sobre los matemáticos que os puedo destrozar

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