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Breve historia de la masturbación femenina

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5 escenas agridulces de una chica que se hace el amor a sí misma

Luna Miguel

27 Julio 2015 12:55

—Imágenes de Maisie Cousins

 

UNO: UN TRUCO PARA NO LLORAR


Cuando estoy triste me masturbo

(Gabby Bess)


Anna tiene seis años.

Acaba de mudarse con su familia a una ciudad costera de España y tiene que empezar las clases algunos días más tarde de lo normal.

En la primera semana de colegio ya ha hecho amigas, pero también enemigas.

Anna sabe que no debe juntarse con Mari, una chica de tercero a la que todo el mundo se refiere como “Mari la Marrana”.

Un día, Anna levanta la mano y pide educadamente a su profesora que le deje ir al servicio, porque en el recreo se ha tomado dos zumos y ya no se aguanta las ganas.

Cuando la niña de seis años llega al cuarto de baño, se da cuenta de que allí hay otra persona: Mari la Marrana se está lavando las manos y por alguna razón Anna se pone nerviosa y le entran ganas de llorar.

Mari le pregunta a Anna si está bien.

Mari es simpática con Anna, y le dice que se calme, que no llore.

Mari le dice a Anna que tiene un truco para no llorar, y entonces se mete en uno de los retretes, se sube la falda, se baja las bragas y empieza a tocarse en círculos.

Anna mira con asombro el diminuto sexo de Mari.

No se parece al suyo, ni de lejos, este es ligeramente más moreno —¿¿¿es que no se pone bikini cuando va a la playa???— y además tiene una pelusilla rubia que lo recubre entero.

Mari mueve los dedos, y le pide a Anna que haga lo mismo.

Anna duda, y le dice que no.

Mari se detiene, empuja la mano de Anna: tócate, ya verás, no es malo.

Anna se toca por encima del pantalón de chándal y se ruboriza.

Siente que ha despertado una especie de bestia dentro de su cuerpecillo.

Pega un chillido y se va corriendo a clase.

Durante las próximas horas no podrá pensar en otra cosa, y cuando llega a casa, a la hora de la siesta, se encierra en su cuarto, se mete la mano por los pantalones y empieza a acariciar hasta que nota una especie de chispa que le recorre todo el cuerpo.

Piensa en Mari la Marrana, y piensa en que no puede contarle esto a nadie porque no quiere que los niños también se metan con ella.

Antes de acostarse vuelve a tocarse con cuidado para no hacer ningún ruido.

Al día siguiente, en el patio de colegio, cuando Mari se acerca a saludarla, ella le aparta la mirada:

Déjame en paz, guarra.



DOS: EL LÁPIZ


Y nada podía hacer salvo masturbarme

(Maite Dono)

Acaba de cumplir los 11 años, y Anna quiere ser dibujante de manga.

Le encanta hacer dibujos de niñas guerreras, de colegialas y de escenas japonesas que nada tienen que ver con lo que ella vive día a día en su ciudad de provincias sureña.

Anna tiene sueños, y entre esos sueños está encontrar un novio, publicar un cómic y viajar a Tokio y Nueva York como una autora famosa.

Un día, su padre llega a casa con una gran sorpresa para ella: ha comprado una colección de revistas japonesas en las que se explica cómo dibujar cuerpos, caras y escenas manga.

Anna da un beso a su padre y empieza a mirarlas, a colorear y a copiar, hasta que ve una cosa que le obliga a detenerse.

De pronto, se topa con que en uno de los números de la revista hay un especial de Hentai y dibujo erótico, lleno de chicas desnudas, escenas de sexo extrañísimas y caras de niñas en las que los típicos ojos enormes en realidad están cerrados por el dolor y el placer.

A Anna le da un vuelco al corazón.

Nota de pronto cómo su estómago ruge, cómo su sexo se humedece y cómo la cabeza le da vueltas.

Después de asegurarse de que la puerta de su cuarto está bien cerrada y de que en el salón sus padres están entretenidos con alguna cosa, Anna se sube el camisón, coge uno de sus lápices de dibujo y trata de introducírselo a sí misma tal y como los hombres de los dibujos introducen sus penes en las vaginas de ficción.

Anna siente dolor, pero se deja el lápiz ahí metido mientras masajea todo su sexo y mira las ilustraciones imaginándose qué pasaría si ella fuera la protagonista de todas aquellas escenas.

Desde aquel momento, la revista japonesa se convierte en su mayor secreto.

La guarda al fondo del cajón con sus cuadernos y sus lápices de colores, para que nadie la vea.

Cuando cierra el estuche, se acuerda de que quizá debería haber lavado el que había utilizado para darse placer.

Anna decide que quizá sea mejor tirarlo a la basura, pero antes de eso lo huele y su pecho se llena de vergüenza... pero también de orgullo.


TRES: YO PUEDO HACER QUE TE CORRAS

 Porque estoy de nuevo sola

Con una mano en el pecho

Y la otra

Entre las piernas

(Laura Rosal)


No era el chico con el que había imaginado que acabaría saliendo, pero era su novio y le quería un montón.

Anna empezó a salir con Jacobo a los 14 años, y a los 15 se acostó con él por primera vez.

A principio fue muy difícil, no sabían cómo ponerse, cómo colocarse, ni cómo moverse.

Poco a poco la intuición hizo que tener sexo fuera cada vez mejor, y empezaron a saltarse la clases de inglés y matemáticas, hasta que les llegó a casa una carta del director y sus padres les castigaron.

Daba igual: eran adolescentes, se querían y follarían donde les diera la gana.

¿Que no les dejaban salir?

Pues Anna le hacía una paja a Jacobo en el recreo.

¿Que no les dejaban quedarse hasta tarde?

Pues Anna y Jacobo aprovechaban hasta el último minuto de su libertad para darse lengüetazos por todo el cuerpo.

El sexo era fantástico.

De hecho, era lo único que les motivaba a ir cada día al instituto, a estudiar y a sacar buenas notas: los padres de Anna le habían prometido que si lo hacía todo bien podría irse con Jacobo un fin de semana al pueblo de éste.

Un día, chateando por Messenger, le abrió una conversación Juan, otro chico de su cuidad mayor que ella y amigo de Jacobo. Juan le empezó a preguntar si le gustaba el sexo, y Anna no supo qué decir.

—Claro, con Jacobo todo es perfecto.

—¿Pero te corres?, preguntó Juan.

—No sé…

—¿No sabes si te corres cuando follas con tu novio? ¡Jajajaja!

Anna se puso nerviosa y cerró el ordenador portátil con rabia.

De pronto se dio cuenta de que desde que había empezado a hacer el amor, jamás había sentido la misma excitación que sentía ella misma cuando se masturbaba.

Y lo que es peor: ahora un amigo cotilla de Jacobo también lo sabía, y le asustaba muchísimo lo que pudiera decirle.

Los días siguientes transcurrieron con tranquilidad, así que Anna pensó que la conversación había quedado en nada, y que Juan sólo se estaba burlando de ella.

Sin embargo, el fin de semana recibió un sms de un número que no conocía en el que se podía leer en letras mayúsculas: YO PUEDO HACER QUE TE CORRAS.

Anna no contestó, pero a la media hora le llegó otro: YO PUEDO HACER QUE TE CORRAS ANNA.

Se puso nerviosa, apagó el sonido de su móvil y cuando después de otro largo rato volvió a mirarlo tenía la bandeja llena de mansajes.

Anna empezó a llorar, e imaginó que Juan y otros chicos del instituto le estarían mandando esos mensajes.

Esa noche, sin ningún motivo, decidió que lo mejor sería contárselo todo a Jacobo, quien dolido y alterado decidió cortar con ella.

—¿De verdad, Jacobo?

—¡Si no te gusta acostarte conmigo será mejor que no lo volvamos a hacer!

—¡Pero es que sí me gusta, sólo que nunca he llegado a… bueno… a sentir todo el placer!

—¿Y la culpa es mía?

—¡Yo no he dicho eso!

—Será mejor que colguemos, ojalá no tuviera que verte mañana en clase.

Cuando Jacobo colgó, Anna se quedó unos minutos sin poder hacer nada.

Las lágrimas corrían por sus mejillas y se las secó con una mano.

Cuando miró sus dedos mojados por las lágrimas sintió un ligero escalofrío y en seguida bajó la mano hasta su sexo, ahora también ligeramente húmedo.

En el portátil tecleó las palabras mágicas y un vídeo sin sonido de una mujer operada y un hombre con una polla enorme empezó a reproducirse.

La calidad era pésima, pero la danza de los cuerpos era suficiente para hacer volar la imaginación de Anna.

Se masturbó no una, sino dos o tres veces pensando en Jacobo, y en Juan, y en que ya le gustaría a todos esos imbéciles poder tocar un centímetro de su cuerpo.

Cuando acabó, cerró el ordenador y se fue a la cama tranquila.

Si los hombres iban a ser así de malos con ella, sin duda prefería seguir haciéndose el amor sola el resto de su vida.


CUATRO: LA FIESTA DE LA PORNOGRAFÍA


 

Veo porno

Porque nunca estaré enamorada

Excepto de ti, querido lector

(Dorothea Lasky)

 


Con el vídeo de una orgía de estudiantes.

Con el de un grupo de adolescentes rusos.

Con el de una chica japonesa extremadamente pequeña con un negro extremadamente grande.

Con el de una pareja de lesbianas que se notaba que en realidad no eran lesbianas.

Con el de una fiesta en la piscina.

Con el de otra fiesta en la piscina.

Con el de un montón de asiáticas corriendo por el bosque (bueno, con ese en realidad no).

Con el de dos hombres penetrando el culo de una pelirroja.

Con el de tres hombres penetrando el culo de una pelirroja.

Con el de un montón de pelirrojas.

Con el de un a clase de yoga.

Con el de un fontanero.

Con uno de Amarna Miller.

Con uno de Sasha Grey.

Con uno de una chica a la que le gusta que le chupen los pies.

Con uno de una tijera.

Con uno de unas mujeres que luchan y que luego se castigan con penes de plástico.

Con uno que parecía una violación pero también era mentira.

Con uno de una orgía de frutas en los años 70.

Con varios de los años 70 y de los años 80.

Con uno de un señor mayor.

Con uno de un carnaval en Brasil.

Con uno de señoras gordas que hacen mamadas alucinantes.

Con uno de chicas a las que pegan y maltratan pero a ellas parece gustarles.

Con uno de rubias con moreno, morena con rubio, negro con rubia, negra con rubio y un sinfín de combinaciones étnicas más.

Con uno de unos mexicanos que decían órale.

Con uno de una francesa que tenía el ano peludo.

Con uno de dos hombres.

Con uno de siete mujeres.

Con un vídeo de una pareja que hace el amor a cámara lenta.

Con todos esos vídeos y más se masturbó Anna a lo largo de su vida.

Y le encantaba.

CINCO: CÁNCER



Al final del asunto siempre es la muerte.

De noche, sola, me caso con la cama.

Dedo a dedo, ahora es mía.

(Anne Sexton)


 

Tenía 23 años cuando el oncólogo dijo que su madre iba a morir.  

Anna viajó de Madrid, la ciudad en la que terminaba su carrera de Bellas Artes, a su pequeña ciudad de provincias para cuidar de ella.

Anna y su padre pasaban el día haciendo cosas: limpiando, cuidando, suministrando las medicinas correspondientes, hablando con familiares, sobreviviendo al duro trabajo que es cuidar de un enfermo terminal.

Durante casi un mes, Anna abandonó sus estudios y lo dejó todo para poder estar con su madre: le leía cuentos, le cantaba canciones, la abrazaba lo más fuerte que podía y dormía a su lado con el miedo de despertar y que ya se hubiera ido.

Hacía mucho tiempo que Anna no pasaba tantos días en la ciudad que la vio crecer y en la que pasó buena parte de su adolescencia.

Cada día, cuando terminaba su guardia, salía una o dos horas a dar un paseo por el centro y a tomarse una cerveza en algunos de los bares que ella visitaba y que seguían frecuentados por la misma gente de siempre, aunque ahora eran todos mucho más viejos.

Anna iba tranquila, porque sabía que muchos de ellos ni siquiera la reconocerían; de hecho, ella tampoco se acordaba de la mayoría.

Todos los días a la misma hora se tomaba una cerveza y miraba el móvil esperando recibir instrucciones de su padre por si hacía falta que comprara algo o por si tenía que volver corriendo a casa.

La madre de Anna murió una mañana de un 24 de noviembre, cuando su padre y ella acababan de despertar y le estaban preparando el desayuno.

Anna lloró muchísimo y su padre llamó a los médicos, a la familia, a los amigos, a la funeraria.

La mañana en el tanatorio fue realmente deprimente, todo el mundo estaba triste y Anna sólo quería irse de allí y dormir todo lo que pudiera.

Sin embargo su deber era quedarse y esperar a que todos se fueran.

Ya eran las doce de la noche y a aquella hora los empleados de la funeraria tenían que hacer cambio de turno.

Anna estaba tomándose el décimo café del día en la cafetería cuando de pronto entró la nueva camarera.

—¡No puede ser! ¿Anna?

Una chica más o menos de su edad con el pelo recogido en un moño y la cara muy maquillada la miraba sorprendida.

—Perdona, ¿nos conocemos?

—Claro tía… del colegio…

—Mmmm, no me acuerdo, lo siento.

—Vale, perdona, no te molesto más, si estás aquí será porque has tenido un día duro, ojalá puedas irte pronto, ¡para cualquier cosa estoy en la barra!

Anna no prestó atención a la camarera, tenía la mente ocupada en cosas más importantes y estaba muy cansada.

Cuando se acercó a pagar el café la mano de la camarera tocó su mano.

—No te preocupes, yo te invito a este.

Anna iba a darle las gracias a la chica cuando se fijó en que en la etiqueta de su uniforme unas letras negras dibujaban el nombre de M-a-r-i.

Anna se quedó paralizada.

Aquella mujer que estaba siendo tan simpática y que se acordaba de ella era “Mari la Marrana”, la niña del colegio que le invitó a masturbarse por primera vez y a la que después ella ignoró e insultó durante toda la primaria.

Anna se marchó sin decir nada, se fue llorando a los cuartos de baño de la primera planta de la funeraria y se encerró en uno de ellos.

No podía parar de llorar, y entonces pensó en su madre, y pensó en su vida, y pensó en todas las cosas buenas y malas que le habían ocurrido desde entonces.

Anna escuchó el silencio mortal que rodeaba aquel baño y aquel edificio, y entonces, una vez más, metió la mano por debajo de su vestido negro, empezó a acariciar su sexo, a presionarlo con furia, a estirarlo y a manosearlo entre sollozos como si aquel acto fuera la única manera de sentirse bien.

A continuación vino la electricidad.

La descarga de placer.

El orgasmo.

Anna se sintió entonces muy viva.

Y quiso vivir porque aunque la muerte impregnaba su mundo, ella sabía que aún le quedaba demasiados momentos para sonreír.

Demasiado tiempo para recordar.





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