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Los niños pueden ser los seres más crueles de la tierra y del mar

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Por qué los malos son malos (Parte I: El Capitán Garfio)

Luna Miguel

10 Noviembre 2015 06:00

Los que nunca han visto amanecer desde un barco perdido en mitad del mar, no saben lo que es el fuego.

Primero, una línea rojiza aparece en el horizonte: es como una herida nueva, recién abierta y a punto de sangrar.

Después, la luz se eleva, enseñando a un sol que no tiene miedo de salir de su escondite.

John nació en ese preciso instante en el que la esfera alcanza la altura suficiente como para partir el cielo en dos colores —el naranja recién nacido, y el insoportable azul celeste—.

Su madre llevaba casi treinta horas de parto, cuando el niño salió de su ligero cuerpo.

Nada más ver la el cielo mitad naranja, mitad azul, John rompió a llorar, y su padre lo limpió y cubrió con un pañuelo viejo, dándole al bebé un aspecto de pirata.

John habría sido un niño sano, un niño feliz, si no fuera porque nació sin una de sus pequeñas manos.

En su lugar, él se tocaba la cara con un muñón diminuto. Pero el momento era tan bello que a ninguno de sus progenitores les importó.

John sería un marinero como ellos.

Y nada iba a impedirle ser feliz.

Como suele ocurrir, el amor de unos padres hacia su hijo es demasiado fuerte como para ver la realidad.

John crecía, y durante toda su infancia tuvo que enfrentarse a las burlas de otros niños que, como él, vivían de barco en barco.

No hay broma más cruel que la de un chaval de siete u ocho años, inconsciente aún de todo el daño que puede provocar a los demás.

A John lo encerraban en cuartos oscuros donde se pudría la carne o la fruta de la embarcación.

Lo amenazaban con tirarlo al mar, o con atarlo a la gavia advirtiéndole de que las gaviotas hambrientas y furiosas querrían comerse la única mano buena que le quedaba.

John empezó a odiar a los niños.

John no soportaba pasar ni un minuto más junto a aquellos chavales crueles y estúpidos que nunca le dieron la oportunidad de sentirse normal, de ser otro más.

Todas las mañanas, durante los siguientes años y hasta que consiguiera armarse de valor y empezar sus propias aventuras, John salía a ver el rojo amanecer que inundaba el mar y pensaba en el futuro.

“Cuando sea mayor, me vengaré de todos los niños”, se repetía.

Hasta que una mañana, en un puerto español, se despidió de sus padres, visitó a un herrero y con sus ahorros le suplicó que hiciera de su muñón la más terrible de las armas.

En ese momento, nacía John Garfio.

En ese preciso momento, su garra artificial estaba preparada surcar el mar, en busca de aquellas islas plagadas de niños a los que aterrorizaría.

Ahora sólo le faltaba un barco.

Un mapa.

Una ruta.

Pero eso sabía que sería mucho más fácil ahora que nadie podría burlarse de él.

En su garfio, estaba el poder y estaba el futuro que tantas veces había ansiado entre amaneceres.

Con su punta afilada podría arañar cualquier piel.

Podría convertir cualquier carne en una herida sangrante parecida a la que el sol provoca en la tierra en el momento justo de su nacimiento.

“Ya basta de esconderse”, se dijo John.

“Es hora de que salga a jugar”.

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