Ficciones

"Soy una madre de familia y desayuno LSD a diario"

Tengo 64 años y nunca me había sentido tan bien

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La que veis en esta vieja foto soy yo. El de la izquierda es mi marido. Llevamos 35 años casados y tenemos dos hijos. Somos una familia relativamente convencional, a excepción de un detalle: solemos tomar pequeñas dosis de LSD para desayunar.

No, no somos unos colgados. Mi marido es ingeniero en Silicon Valley y yo tengo mi propia empresa. Nuestros hijos sacaban buenas notas, son deportistas y han estudiado en universidades de prestigio. Estoy convencida de que el LSD ha jugado un papel importante en ello.

He escogido esa fotografía porque fue tomada el día que decidimos probar las microdosis de psicodélicos por primera vez. Eran finales de los 70, vivíamos en San Franciso y uno de mis compañeros de piso solía tener setas mágicas en la nevera. Ese día cogí un pequeño trozo y me la tomé. No tenía ningún motivo de peso para hacerlo. Solo curiosidad.

Durante todo el día me sentí especialmente enérgica. No tenía alucinaciones. Los colores no eran más vívidos. No me reía hasta que me doliese la barriga. No experimentaba lo que mis amigos que solían tomar alucinógenos me habían contado. Simplemente, estaba más despierta de lo habitual. Como si me hubiese tomado un termo entero de café, pero sin las taquicardias.

A partir de entonces estuve haciéndolo de forma regular durante una temporada. Pero al cabo de unos meses nos mudamos a Menlo Park, y ahí me resultaba imposible encontrar setas.

Pasaron los años y me olvidé de ello. Pero hace cuatro años, cuando cumplí los 60, empecé a sentirme agotada. Mi negocio me tenía muy ocupada y no podía permitirme estar cansada e irritable. Rastreando mi mente en busca de soluciones me acordé del efecto que tenían las pequeñas dosis de alucinógenos en mí.

Lo hablé con mi marido. Nos metimos en Internet en busca de información. Descubrimos un libro llamado The Psychedelic Explorer's Guide: Safe,Therapeutic, and Sacred Journeys. Lo había escrito James Fadiman, uno de los pioneros en la investigación con sustancias psicodélicas, y nos cambió la perspectiva sobre esta clase de estimulantes.

En los años 60, Fadiman había liderado un experimento que buscaba determinar si los psicodélicos podían ayudar a resolver problemas profesionales.

Solía invitar a científicos e ingenieros a su oficina, quienes acudían a las sesiones con problemas de sus respectivos campos que llevaban meses sin poder resolver. El equipo de Fadiman les administraba una pequeña dosis de ácido y monitorizaba su rendimiento para observar si ello mejoraba su creatividad.

Habían hecho muchos avances. Y la mayoría apuntaban a que el LSD podía, efectivamente, ayudar a potenciar el pensamiento analítico. Pero, de pronto, un día de verano del 66, recibieron una carta de la Administración de Comida y Drogas de los Estados Unidos en la que se les informaban de que debían dejar de utilizar la droga en sus experimentos de forma inmediata. El LSD acababa de ser ilegalizado.

Todo esto lo sé porque, poco después de descubrir el libro, nos enteramos de que Fadiman vivía en Menlo Park. Conseguimos concertar una cita con él. Nos contó que, desde la prohibición del LSD, había preferido mantenerse lejos del ojo público, pero que había seguido experimentando durante todos esos años. Hasta que en 2011 decidió publicar el libro y empezar a dar conferencias.

El libro examinaba algunos de los usos que pueden darse a los psicodélicos, desde la potenciación de la creatividad a la iluminación espiritual. Y también trataba un fenómeno cada vez más en auge: la microdosificación.

El término microdosificación se refiere al hecho de tomar dosis extremadamente pequeñas de psicodélicos. Tan pequeñas, que los efectos habituales de la droga no se perciben, al menos de forma evidente. En cambio, pueden aportar serios beneficios en el rendimiento del día a día. Inmediatamente me di cuenta de que era exactamente lo que me pasaba durante la época en la que estuve tomando setas en San Francisco.

Investigué y aprendí que, para experimentar un viaje intenso con LSD, la dosis tiene que ser de unos 400 microgramos como mínimo. En el caso de la microdosificación, en cambio, únicamente se toman entre 10 y 15 microgramos.

Me decidí a probarlo.

Con las microdosis los sentidos no se alteran, pero tus días son mejores. Puedo seguir con mi rutina habitual en casa y en el trabajo, pero con un mayor rendimiento cognitivo, equilibrio emocional y energía física. No busco experiencias visionarias, sino poder rendir al máximo sin llegar a casa totalmente consumida.

Llevo ya cuatro años tomando la dosis. Lo hago siempre por la mañana, antes de desayunar. Y todavía no he encontrado ninguna razón de peso para dejar de hacerlo. Lo único que procuro es pasar dos días sin hacerlo cada cinco días para que mi cuerpo no genere tolerancia.

Desde que lo hago, mi vida diaria es más placentera, interesante e inmersiva. Y por ello convencí a mi marido y mis hijos para que también lo hicieran. Todos están encantados con los resultados.

Mi marido siempre había sido introvertido y un tanto arisco. Pero, desde que empezó con las microdosis, su relación con sus compañeros de trabajo ha mejorado sustancialmente. También le veo mucho más motivado, positivo y seguro de sí mismo.

Mi hijo suele utilizarlo para practicar deporte. Tiene 34 años pero dice que cuando toma microdosis de LSD se siente como un chaval de 19. Puede hacer más repeticiones enel gimnasio, más kilómetros en bicicleta y escalar montañas más altas. Dice que no solo aumenta su potencia física y su habilidad, sino también su capacidad de sacrificio.

Mi hija es bailarina y profesora de yoga. Y desde que empezó a tomar las microdosis ha podido mejorar su técnica de baile y su capacidad de meditación. A menudo dice que es como si sus músculos y su alma se iluminaran para que sea más fácil acceder a ellos.

Las microdosis de LSD han hecho que mi vida y la de las personas a las que más quiero sea mucho más plena. Nos ha hecho conectar con nosotros mismos y los demás sin deformar en exceso nuestras personalidades. Nos han hecho estar más a gusto con el mundo sin temer que al día siguiente nos entrara una depresión.

Han hecho, en definitiva, creer en la magia sin miedo a descubrir el truco. Y es que si algo he aprendido de ello es que las drogas no deberían ser para huir de uno mismo. Sino todo lo contrario.

 

Magia sin truco

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