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El drama de ser un compositor de la canción del verano

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Por mucho que no tengan sentido, las canciones del verano no son nada inocentes

María Yuste

20 Julio 2015 06:00

I.

Conocí a Gregorio cuando trabajaba para la BBC. Es decir, Bodas, Bautizos y Comuniones. Mi prima se casaba y él formaba parte de la orquesta encargada de amenizar la velada con temas como 'El tiburón' o 'La bomba'.

A pesar de lo terrible del repertorio, Gregorio tenía una voz y una energía que destacaban por encima de aquel batiburrillo de horteradas de serie B. Tenía talento, un talento que flotaba como un trozo de corcho a la deriva en un charco de lluvia sucia.

En uno de los descansos decidí acercarme a hablar con él, quería felicitarle por su voz y carisma. Pensé que el hecho de que alguien reconociera su valía en aquella situación adversa le subiría la moral pero, para mi sorpresa, ya se me había adelantado toda la tercera edad de la fiesta. Mi abuela lo adoraba.


Conocí a Gregorio cuando trabajaba para la BBC: bodas, bautizos y comuniones



II.

Creo que alguien con contactos debió de percatarse de aquel fenómeno en alguna de sus actuaciones porque, poco más de un año después, lo vi por la tele. Al principio me costó reconocerlo. Ya no se llamaba Gregorio, sino Gregori, Gregori Damn. Y no solo le habían cambiado el nombre y la imagen por una más moderna, hasta su característica voz sonaba distinta con tanto retoque.

Sin embargo, su canción no era muy diferente de las que ya le había escuchado cantar aquella noche en la boda de mi prima. Eso sí, incluía una extraña novedad: la canción era, oficialmente, la primera canción de la historia compuesta por un robot. Un algoritmo matemático que había conseguido crear una canción totalmente nueva a partir de las canciones del verano más exitosas de los últimos 50 años. El resultado había sido 'Yo quiero mayonesa toda la noche en la playa calor', una combinación de notas musicales y palabras irresistible para el cerebro humano.


'Yo quiero mayonesa toda la noche en la playa calor' era la primera canción compuesta por un robot. Irresistible para el cerebro humano



III.

La canción se extendió como una epidemia por la primavera y, con los primeros grados del verano, ya había superado al fenómeno 'Aserejé'. Había droga en aquella canción. Todo el mundo decía detestarla; sin embargo, nadie podía dejar de tararearla. Cuando no la escuchabas en un anuncio de la tele, sonaba en el hilo musical de un establecimiento o se la oías a alguien en el autobús. Además, escucharla una vez suponía entrar en un loop de reproducciones del que solo se podía salir con mucha fuerza de voluntad.

Cada vez que sonaba aquella canción era como si el cerebro le dijera al cuerpo: “tu puedes quedarte a trabajar pero yo me piro”.

Durante las fiestas patronales, Gregori Damn vino a actuar a mi ciudad. Para entonces, según la última encuesta del CIS, ya era la tercera persona más conocida solo después de los reyes y Jesucristo. Yo trabajaba en la organización, así que tenía acceso al backstage. Quería hablar con él, decirle que yo lo había visto cantar en la orquesta y saber cómo era su vida ahora.


Gregori Damn solo era superado en popularidad por los reyes y Jesucristo



IV.

Nunca habría esperado encontrar al hombre profundamente deprimido con el que me encontré. Gregorio había visto tan poco a su mujer durante los últimos meses que ella acababa de dejarle. Y todo por aquella estúpida canción que había odiado desde la primera vez que la había escuchado. Solo había aceptado aquel contrato porque tenía la esperanza de que, metiendo la cabeza en la industria, podría acabar diciendo algún día en las entrevistas eso de “por fin he hecho el disco que quería y ahora me vais a conocer de verdad”.

Pero nada había merecido la pena. Se había equivocado. Estaba harto de Gregori, quería volver a ser Gregorio. Había sido mucho más feliz cantando en la orquesta, donde había conseguido ganarse la vida haciendo lo único que sabía hacer y aún tenía la oportunidad de trabajar en su faceta de cantautor.


A pesar del éxito, Gregori Damn estaba profundamente deprimido



V.

Intenté convencerlo de que podía dejar todo aquello y empezar de nuevo pero, cuando Gregori me decía que era demasiado tarde, lo decía en serio. Se levantó la pernera del pantalón y no di crédito a lo que estaban viendo mis ojos: ya no tenía pierna. ¡Gregorio estaba desapareciendo!

Aquello explicaba que llevara guantes con un sol de 35 grados. Un detalle que había atribuido a excentricidades de artista.

Gregorio me explicó que, desde hacía un tiempo, cada vez que interpretaba la canción, su cuerpo se iba difuminando poco a poco hasta que una parte de su anatomía desaparecía por completo. De momento había podido esconderlo cubriéndose con ropa, pero aquello era imparable, y cuando llegara a su cabeza, todo terminaría para siempre. El proceso había empezado y ya no había vuelta atrás.


Greogri estaba desapareciendo, literalmente



VI.

Me fui de allí sintiéndome profundamente acongojada e impotente. Efectivamente, unos meses después, Gregori Damn desapareció de la faz de la tierra. De la noche a la mañana pasó de estar en todas partes a no saberse si seguía vivo o estaba muerto. Además, por la misma época, las autoridades tomaron la decisión sin precedentes de prohibir 'Yo quiero mayonesa toda la noche en la playa calor' por adictiva. La banearon de Spotify. La borraron de YouTube. Nunca más volvió a sonar en ningún otro chiringuito hasta que Gregori acabó desapareciendo también de la memoria de la gente y nunca nadie más volvió a tararear su canción.


2+2=5=yo quiero bailar toda la noche baila bailando ba



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