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El infame caso de la psicóloga que inducía a sus pacientes al suicidio

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Capítulo 2

Antonio J. Rodríguez

27 Abril 2015 05:19

—Ilustración de portada de Marco Grassi

Me llamo Lorena Wozniak y soy coach. Si no hubiera perdido mi empleo en una clínica pública, jamás habría pensado en hacer lo que hago.

Hace poco conocí a Jovani. Jovani tiene 23 años, trabaja como head account en una empresa con base en París y Barcelona, y un día apareció en mi consulta para decirme que quería dejar a su novia y concentrarse en lo suyo.

Yo le empujé a que lo hiciera; le dije que no fuera egoísta.

Él siguió mis instrucciones y engañó a su novia, una modelo ampliamente popular en Internet.

Tras un intento fallido de suicidio, llegó el peor desenlace: la pareja de mi cliente acabó con su vida.

Durante las noches que siguieron a aquel final, yo no paraba de hacerme una pregunta: ¿hasta qué punto era yo culpable de aquella muerte?

*Lee aquí el primer capítulo de esta historia.

1. Letrinas en el DF, vino y ansiolíticos en París



A menudo pienso que mi trabajo en el campo de la psicología consiste en inducir a mis pacientes al suicidio.

O por lo menos a la locura.

Esa es la razón por la que vienen a mí: anhelan una elevación, experimentar las fronteras de la humanidad y transgredirlas, conocer sus límites y superarlos. Lo que yo les doy es una experiencia ascética.

Un vía crucis mental.

Les jodo la vida.

Y pagan por ello.

¿Que si siento remordimientos?

En absoluto.


Ser coach es como ser una puta de BDSM, pero sin sexo



Ser coach es un oficio tan desagradable como desagradecido. Todo el mundo hace bromas a tu costa, como si hubiera algún asomo de nobleza en la mayoría de trabajos que ejercemos.

Y sí, sé lo que estáis pensando.

Dicen que ejercer de coach es como ser una puta de BDSM, pero sin sexo.

Es verdad.

Por eso, cuando empiezo a sentir un mínimo de piedad con alguno de mis clientes, pienso en lo que una vez fui.

—¿Imaginas lo que debe ser cagar durante 23 años en una letrina de un barrio a las afueras del DF, en el que ni siquiera llega el agua corriente? ¿Que tu padre sea policía en una de las ciudades más peligrosas de Latinoamérica? ¿Sabes lo que se siente cuando, embarazada de 8 meses, un día descubres que tu amante ha muerto tiroteado en un puesto fronterizo del estado de Sonora? Hasta que no mires la muerte a los ojos, seguirás siendo un ser pusilánime. Roña humana.

Esta alocución es el jaque mate a cualquier conversación con mis clientes.

Lo que más les incomoda es la parte de las heces.

Los hombres creen que son los únicos que se han ganado el derecho a hablar del cuerpo, así que cuando escuchan a una mujer hablar de cagar en una letrina a las afueras del D.F., los huevos se les meten para adentro.

A gente como Jovani se le llena la boca de palabras como meritocracia, por eso cuando les recuerdas que tú has llegado a la misma altura que ellos empezando desde más abajo, agachan la cabeza. Se sienten mal.

Se sienten como lo que son: ladrones de oxígeno.

Sólo alguien que odia salvajemente a gente como Jovani puede ser su coach.


Todo el mundo hace bromas a costa de mi trabajo, como si hubiera algún asomo de nobleza en la mayoría de empleos que desempeñamos



En los días que siguieron al suicidio de Kassandra, Jovani me llama varias veces. No se lo cojo.

Mi trato con los clientes se basa en una libertad absoluta para llamarlos a deshora, pero solo yo puedo iniciar la conversación. Mi misión es atosigarlos, quitarles el sueño, inyectarles el miedo. Cada vez que ven mi nombre en el teléfono, las piernas se les resquebrajan.

En esta ocasión, sin embargo, es él el que me necesita a mí.

43 llamadas después, accedo a hablar con él.

—Lorena, el tiempo pasa y no estoy siendo capaz de asumir lo que ha ocurrido.

A lo que yo contesto:

—Jódete.

Y cuelgo.                                                                                                        

Luego me siento como si mi trabajo fuera hacer de bruja en el tren de la bruja. La verdad es que es agotador.

2. Un príncipe no ha de aparentar debilidad



Al final acepto un encuentro con él. Me pide que nos veamos en una hamburguesería que hay en Vía Laietana. Son más de las doce y media de la noche de un martes y él es el último cliente. Cuando llego, un camarero estruja la fregona contra un cubo de agua.

Suena Chuck Berry.

Con la corbata desanudada, Jovani permanece sentado en un sofá con forma de Cadillac. Encima de él hay un letrero de neón parpadeante que le confiere un aspecto de ridícula decadencia. Está ojeroso y come patatas de una cesta empapelada con hojas de periódico. La grasa resplandece en las puntas de sus dedos.

—Cenar hidratos y beber cerveza a estas horas va fatal para tu dieta, imagino que ya debes haber abandonado el gimnasio.

—Quería pedirte disculpas por la última vez que hablamos por teléfono. No estuve a la altura.

—Nunca lo has estado.

—Vale ya. Hace días que soy incapaz de pegar ojo. Mi rendimiento ha decaído brutalmente. En el trabajo soy un zombi.  

—¿Qué has estado haciendo?

—Salir con chicas. Beber. Tomar drogas. Tratar de olvidar.


—He recibido una llamada de los abogados de la familia de Kassandra. El teléfono y el correo de ella están llenos de conversaciones conmigo. Te podrás imaginar el tono



—Te hablaba en serio.

—Yo también. Intento olvidarme del cadáver de Kassandra, pero es lo único que veo. Creí que volver a esa página de contactos sería una buena idea; no está funcionando. Siento que mi vida está perdiendo el rumbo. 

—¿Nada de mindfulness?

—Nada.

—¿Meditación?

—Cero.

—¿Cocaína?

A paladas.

—Vale.

—He recibido una llamada de los abogados de la familia de Kassandra. El teléfono y el correo de ella están llenos de conversaciones conmigo. Te podrás imaginar el tono.

—Nada que ver con las fotitos de Instagram.

—Eso es. ¿Sabes si podrían hacer algo conmigo?

—¿Una película, tal vez? Mírate: tienes 23 años, eres directivo de una start up, estás enganchado a una página de contactos y has matado a una modelo. Es un buen guión, ¿no?

—Escúchame, tú también estás metida en esto. Tú me presionaste para que la matara.

—…

—De acuerdo, eso es no es verdad, pero has de entender que eres la única persona a la que puedo acudir.

—Deja el trabajo.

—¿Cómo dices?

Tienes que conseguir una baja. De lo contrario, perderás credibilidad. No puedes dejarte ver en la oficina con este aspecto. Aprovecha la situación en tu beneficio.


—Este es el momento en que has de hacerte imprescindible. Haz que esta crisis sea buena para ti. Encuentra la ventana de oportunidad



—No te sigo.

—Este es el momento en que has de hacerte imprescindible. Haz que esta crisis sea buena para ti. Encuentra la ventana de oportunidad.

—Continúa.

—Escúchame: tu desaparición ha de producir el caos en la compañía, ninguno de tus compañeros está a la altura de tus capacidades, ¿verdad que no?

—Eso creo.

—Aprovecharás estos días de silencio para reflexionar. A la vuelta podrás aportar nuevas ideas, más frescas. Sé que para un adicto al trabajo como tú esta es una decisión difícil, pero es lo único que en este momento puedes hacer. Detén la maquinaria. Un príncipe no ha de aparentar debilidad ante sus siervos, ¿comprendes?

Jovani asiente con ojos vidriosos, está a punto de romper a llorar. Sabe que se ha quedado solo en este guerra.

En los últimos meses, la oficina ha sido su único lugar de socialización.

Ahora ya no tiene a nadie.

Salvo a mí.

3. Enemigo público 



Y de pronto, todo se rompe.

A la mañana siguiente aparece publicado un post en Closer, la revista que destapó la relación entre François Hollande y Julie Gayet, pura carnaza amarillista. El titular dice así: “¿Es este el hombre que mató a Kassandra P.? Closer accede a los correos entre la modelo desaparecida y el joven emprendedor catalán Jovani S.”

¡Bang!

Rápidamente, algunos medios españoles empiezan a hacerse eco de la noticia, que rebota de unos tuits a otros con una indignación cada vez mayor.

Los correos filtrados dejan a mi paciente como un maltratador desquiciado.


Jovani asiente con ojos vidriosos, está a punto de romper a llorar. Sabe que se ha quedado solo



En total, la revista se hace eco de más de 60 conversaciones mantenidas en los últimos cinco meses. También anuncia que la fiscalía se servirá de esos documentos para demostrar la implicación de Jovani en el suicidio de la modelo.

Internet se ocupa de todo lo demás.

Por su parte, Jovani se ve obligado a cerrar todos sus perfiles sociales.


¿Que qué podía salir bien en la relación entre un maltratador desquiciado y una modelo como Kassandra? Evidentemente, nada



La familia de él se ve obligada a emitir un comunicado diciendo que por el momento no hará ninguna declaración.

Francamente, y pensándolo en frío, mi lectura de esos correos me hace sospechar que Kassandra y Jovani conformaban una relación tóxica en ambas direcciones, y que los dos hacían una pareja de niños repelentes e insoportables. Era obvio que nada bueno podía salir de ahí.

Sin embargo, desde el momento en que leo los posts que se han escrito sobre él, sé que lo va pasar muy mal: Jovani lleva todas las de perder.

Intento contactar con él por varias vías, sin resultados.

Horas más tarde recibo un billete de avión a París por mail. Jovani quiere que nos veamos en un hotel cerca del metro Châtelet.

No dice nada más.

(¿Continuará?)

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