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He vuelto de la guerra y ahora este es mi rostro

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Los soldados tenemos un antes, un durante, y un después

Alba Muñoz

08 Mayo 2015 10:14

Los siguientes retratos de soldados fueron tomados antes, durante y después de ir a la guerra. Este relato es una ficción basada en el trabajo fotográfico de Claire Felicie (interior) y Lalage Snow (portada).

ANTES

Las venas se hinchan, la boca se seca y casi puedes notar el sabor de la sangre. Ha llegado tu momento: estás convocado en la 13ª Compañía de Infantería del Cuerpo Real de la marina holandesa. Tu destino: Afganistán.

Hasta el más mustio de tus compañeros nota el subidón. Gritáis a bordo del avión, os golpeáis como adolescentes febriles y rebosantes de hormonas.

Eres una estrella de rock y el estadio está lleno. Más te vale hacer algo heroico. Como sobrevivir.



A Arnold le sangra la nariz y aún no hemos aterrizado. Se supone que es uno de los soldados más duros de la compañía. "¡Hasta mi puta sangre sabe que no va a derramarse en terreno talibán!".

Te mueres por empezar. No quieres perder esa mala hostia que te protege. Vas a salir vivo de esta, lo notas.



DURANTE

Irás en el batallón de Arnold. Vuestra misión es emboscar dos viviendas remotas de la provincia de Uruzgan. Miras tu equipación de élite, tus armas, y observas el valle de roca y polvo.

¿Quién es más duro, ellos o nosotros?



"¿Te molan The Arctic Monkeys o no?". Arnold tiene memoria de pez y vuelve a poner la misma lista de temas. Hace tres horas que encabezas un comboy por una carretera desolada: "¡Necesitamos un puto himno, una banda sonora!".

De pronto notas un bache enorme en la carretera. Te golpeas la cabeza con el volante y todo desaparece.

No ves nada, respiras tierra.

Hablas, no te oyes. Gritas, no te oyes: "¡Arnold!". Sigues arrastrándote, intentas mover los dedos de los pies.

El médico de la base extiende su mano sobre tu pecho. Está enfundada en un guante: "Todos los ocupantes de tu vehículo han sido baja. Ahora debes recuperarte".



DESPUÉS

Cada noche me despierto y le digo a mi novia que necesito ir al baño. En realidad, me bajo los pantalones y me pongo los cascos. Escucho Crying L¡ghtning de The Arctic Monkeys y presiono mi cicatriz del muslo izquierdo con las dos manos. 

Duele. Necesito que duela, Arnold me lo pide. Necesito morir cada noche con todos los que viajaban conmigo.



En la Primera Guerra Mundial los médicos pensaban que los hombres que volvían locos del frente sufrían una lesión física provocada por una explosión: básicamente, creían que estaban conmocionados porque su cerebro se había desplazado dentro de sus cráneos.

Pero un informe birtánico de 1915 llegó a la conclusión de que "una fuerza oscura e invisible cruzaba el aire para infligir un daño novedoso en el cerebro de los hombres". Lo bautizaron como neurosis de guerra.

Más tarde se descubrió que muchos soldados que no habían estado cerca de los proyectiles empezaron a desarrollar un "temblor": mareos, confusión, pérdida de memoria y trastornos del sueño. Aunque eran cientos se supuso que eran débiles, unos cobardes. La receta fue darles unos días de descanso para que pronto pudieran volver a luchar.



Síndrome de estrés postraumático. Los tíos como yo estamos en shock, dicen que somos el 30% de los que volvemos a casa.

A veces me pregunto cómo estaría Arnold si los pedazos de su cuerpo no estuvieran pudriéndose en un ataúd envuelto en una bandera.

Si no mueres significa que matas, o que ves muerte.

Nada ha cambiado desde la primera Gran Guerra, desde que se descubrió la fuerza oscura que vuela hasta el interior las cabezas de los soldados.

Los enfermos seguimos siendo los cobardes, los débiles.

Lo que quizá no sepan es que seguiremos enloqueciendo cuando nos sustituyan a todos por máquinas.

La guerra es un virus letal en forma de medalla, y los supervivientes seguiremos muriendo.




Esta es mi cara, mi alma no la puedes imaginar



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