Ficciones

Algo va mal en el gimnasio con más adictos del mundo

¿Por qué hay gente llorando en los vestuarios?

1.

Mi madre siempre me dice que si alguna vez dudo sobre si algo está bien o mal, se lo cuente a ella. Y que si ella no está, busque a algún ser querido.

Pues bien, ha llegado ese momento y no puedo decirle nada a ella ni a ningún familiar, mucho menos a mis compañeros de trabajo.

Sólo puede haber dos tipos de reacciones: o no me creerán o me dirán que calle.

Me llamo Clair, soy de Londres y hace seis meses cumplí mi sueño profesional de forma precoz: con 22 años he sido contratada por Fitness Q, la mayor cadena de gimnasios del mundo.

A día de hoy no estoy segura de que lo que ocurre en sus instalaciones sea bueno. Necesito contar todo lo que he visto y me oprime la garganta.

Sólo así podré creer y entonar, una vez más, el grito de guerra de Fitness Q antes de cada clase:

"Dedo índice apuntando al cielo, ¡ahora o nunca!, dedo índice apuntando al corazón".

Cuando entré por primera vez a un Fitness Q, entendí por qué la gente no quiere salir de allí.

No parecen gimnasios, sino templos de luz. Las paredes son de cristal, los tonos son claros, huele a pino.

Los plásticos apenas son visibles: da la sensación de estar en una inmensa cabaña futurista construida con materiales ecológicos.

En seguida, un Qonitor (un trabajador) vestido de color turquesa te da la bienvenida:

– Hola amiga, ¿has venido para la última fase de selección?

Asentí. Había superado los exámenes físicos y de salud. Habían comprobado mi resistencia, flexibilidad y reflejos y los análisis habían dado negativo en drogas, tabaco o alcohol.

El método Q ha seducido a millones de personas y sólo los trabajadores de la empresa conocen el secreto. En teoría, es confidencial

Yo era una de las elegidas.

Entré en una sala oscura. Al fondo, había una mesa con seis personas poco iluminadas. Me situé en una cruz marcada con cinta adhesiva en el suelo. Un foco me alumbraba.

Todos me miraban pero no decían nada. Al final, sonreí por nervios. 

– Nos gusta eso. Que sonrías ante las incertidumbres – dijo una voz de mujer.

Era la mismísima Giselle Wao, creadora del concepto Q. Por encontes no sabía muy bien en qué consistía.

– Estás contratada. Acuéstate pronto esta noche y antes bebe un vaso de agua con limón. Hasta mañana.

Al día siguiente, mientras esperaba a mi instructor, comprobé que el ambiente era sorprendentemente alegre.

Los usuarios sonreían al cruzar el vestíbulo, en la sala de máquinas, por todos lados: no parecían sufrir por estar sudando duro, ni tenían esas caras de disgusto consigo mismos tan habituales en los gimnasios.

Tampoco miraban de reojo a aquellos más esbeltos y atractivos. 

– Su buscas vigoréxicos aquí no los vas a encontrar – bromeó Karl, mi instructor, un chico rubio y perfectamente torneado. 

– La gente parece feliz.

– Lo son. 

Karl dijo esto con mucha seriedad y me concentré en atender a sus explicaciones. 

– Si estás en Fitness Q, esculpirás tu cuerpo de la forma más saludable e inteligente que existe.

Cada cliente es estudiado por un equipo de nutricionistas, dietistas y entrenadores que elabora un plan personalizado.

– Nada más entrar por la puerta uno ya tiene la sensación de rejuvenecer, ¿no crees?

– Sí, es verdad.

– Todo es obra de Giselle Wao. Estoy seguro que ella conseguirá ser inmortal. ¡Nadie sabe la edad que tiene!

Karl parecía totalmente entusiasmado con Fitness Q: no solo era un trabajador, era fan de la empresa.

Al instante supe que él no sería ese compañero con el que me burlaría de los jefes. Me di cuenta de que quizá ese compañero no existía en Fitness Q.

Lo más importante, dijo Karl, es que me comprometiera a seguir 5 normas básicas.

Uno: "Nunca muestres enfado o desánimo en público. La positividad es esencial aquí y todos la cultivamos".

Dos: "Debes beber siempre de tu botella de agua personalizada, jamás de una ajena. Si la pierdes, se te dará otra al instante".

Tres: "Debes tomarte una pastilla de vitaminas, totalmente natural, antes de cada clase. Lo agradecerás".

Cuatro: "Te someterás a análisis de sangre y orina cada 15 días".

Cinco: "Has firmado un contrato de confidencialidad muy estricto. Eso significa que si das información de cualquier cosa que no esté aprobada por el deparatamento de comunicación tendrás problemas".

Era extraño: sentí que Fitness Q me amenazaba, y que al mismo tiempo quería cuidar de mí. 

Karl me pidió que entrara en el vestuario femenino y buscara mi taquilla.

Cuando abrí la puerta, tres mujeres desnudas me miraron con sorpresa. Tenían los ojos llenos de lágrimas. De repente, bajaron el rostro y corrieron hacia las duchas. La báscula se quedó sola.

2.

Quien me esté leyendo sabrá que he roto el pacto de silencio, que me arriesgo a tener los problemas sobre los que me advirtió Karl.

Cuando empecé a trabajar como monitora en Fintess Q mis alumnos me miraban como si fuera el Dalai Lama.

Me fue fácil olvidar la imagen de las tres mujeres llorando alrededor de la báscula. El gimnasio era como una iglesia, y nosotros, los entrenadores, éramos los párrocos. Giselle Wao sería Dios.

Recogía del mostrador mi agua personalizada con la etiquera "Claire", antes de entrar en clase tomaba una pastilla

La mayoría de los clientes de Fintess Q son brokers que se pasan todo el día en la City: vienen con deseos de deshacerse de sus corbatas y medias, de olvidar las cifras y atender a su propia respiración.

Yo me sentía afortunada por recibir el lado dulce y divertido de todos esos tiburones. "Muchos viven solos y no tienen ni siquiera pareja, se quedarían a vivir aquí si pudieran", me dijo Karl una mañana.

"No me extraña", contesté, "mucha gente querría". De algún modo empecé a comprender la fascinación de todos.

Uno de los momentos preferidos del día en Fitness Q se conoce como "la nube": cada hora en punto, un humo parecido al de las discotecas inunda todo el edificio a través de los conductos de ventilación.

Es un verdadero subidón, la gente grita y aplaude como si el gimasio fuera la fiesta de fin de año.

Mientras todo se vuelve blanco a tu alrededor y se expande un olor a clorofila, la voz de Giselle Wao aparece a través de los altavoces: "Este un gas natural y balsámico que te ayuda a quemar grasas: ¡Ahora o nunca! ¡Quema el doble!".

Me di cuenta de todo; fue el día en que entrevistaron a Giselle Wao en la televisión nacional.

Trabajadores y clientes veíamos el programa en una pantalla gigante instalada en el vestíbulo. La líder dijo unas palabras que se clavaron en mi mente.

"Nos hemos hecho grandes porque lo diseñamos todo al detalle: desde el agua hasta las toallas de algodón".

Todos aplaudían mientras yo pensaba en eso de "diseñar el agua". ¿En qué se diferenciaba el agua que bebíamos cada uno de nosotros? ¿Por qué no podíamos compartirla?

Noté una mirada furtiva de Karl, que hizo un discurso frente a la pantalla: "La fórmula Q de Giselle Wao es un éxito rotundo. Ahora, ¡a seguir sudando por nuestros sueños!".

Era innegable: cada vez había más alumnos inscritos en Fintess Q, cada vez más gente alargaba sus entrenamientos hasta bien entrada la madrugada.

Esa misma noche me tocó guardia en la sala de máquinas. De pronto un ruido me alarmó: dos hombres parecían estar discutiendo detrás de una columna. Me acerqué y comprobé que uno de ellos lloraba tendido en el suelo.

Tenía las venas hinchadas, la cara enrojecida. Su compañero miraba hacia las cámaras de seguridad: "¡Cómo puede ser! ¡Claire, he engordado 400 gramos! Cada día entreno más y jamás me salto la dieta de los nutricionistas, incluso la reduzco".

Era imposible. La mirada de las tres mujeres volvió a mi memoria.

Dos días después volví a situarme encima de una cruz de cinta adhesiva en el suelo. Giselle Wao me había llamado a la sala oscura y había vuelto a situarme bajo un foco. 

– Parece que ya has roto el cascarón, Claire.

¿A qué se refiere, señora Wao?

– Quiero decir que has entendido algunas de nuestras estrategias de fidelización.

– No entiendo.

– Sí que me entiendes. ¿Qué crees que lleva el agua de algunos clientes?

– No... no lo sé – vacilé.

Lleva calorías. Muy pocas. Las justas para que quieran volver y sudar con más intensidad. ¿La nube? No te lo creerás, pero favorece la retención de líquidos.

– Pero... entonces...

– No debes preocuparte, el agua de los monitores no lleva aditivos. ¡Tenéis que dar ejemplo con vuestros cuerpazos, Claire!

– ¿Y la pastilla?

– Es un inhibidor del gas, nada más. Piensa en los clientes: ¿Vamos a dejarlos a todos sin hogar? ¿Sin su única forma de bienestar? Haz el ejercicio de la balanza: puntos positivos y puntos negativos. Y no olvides los riesgos, Claire, ante todo debes cuidarte.

Giselle me despidió diciéndome que me acostara pronto y tomara un vaso de agua con limón. Y eso es todo. Todo lo que he vivido hasta hoy.

Creo que necesito echar a correr, pero bajo mis pies hay una cinta que no lleva a ninguna parte. Mañana seguiré trabajando en Fitness Q.

Dedo índice apuntando al cielo, ¡ahora o nunca!, dedo índice apuntando al corazón

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