Ficciones

Orgullo abstemio: algunas razones por las que detesto el alcohol

Una ficción muy real sobre una nueva e hipotética ola de jóvenes abstemios

¿Estás embarazada? ¿Con qué te estás medicando? ¿Tu religión no te lo permite? ¿Tienes la regla?

Esas son algunas de las preguntas que las personas me han hecho a lo largo de mi vida cuando, al ofrecerme un vaso de cerveza, una copa de vino o un chupito, yo lo he rechazado.

Lo cierto es que no, no estoy enferma, ni estoy embarazada, ni pertenezco a ninguna secta: lo que ocurre es que no quiero beber.

El alcohol nunca me ha interesado. Desde que soy adolescente he salido por ahí con colegas y nunca he tenido la más mínima tentación de tomarme un calimocho, ni un tequila, ni una de esas jarras de cerveza caliente que nos servían sin pedirnos el carnet antes de cumplir los 18.

A lo largo de mi juventud me he encontrado con personas de todo tipo ante mi postura con la bebida. Nunca me he considerado un bicho raro, pero aunque en mis veintinueve años de vida no haya probado ni una gota de alcohol, es posible que haya tenido que explicar veintinueve mil veces por qué no me gusta el olor de la cerveza o del ron. 

Una vez, en un cumpleaños, una amiga de una amiga me regaló una botella de champán para niños —de esas que las abuelas compran a sus nietos para la Nochevieja—, y todo el mundo empezó a reírse.

No me dio tiempo a enfadarme con esa chica, porque al rato me contó que ella tampoco bebía, que mi amiga se lo había contado y que sólo quería tener un detalle gracioso conmigo.

Fue entonces cuando me di cuenta de que no estaba sola, y de que, si me fijaba a mi alrededor, había muchísimas personas de mi generación que no estaban interesadas en la bebida. Comencé a buscar y a reunir testimonios hasta que conseguí trazar un mapa de distintas voces que por motivos muy dispares habían tomado la misma decisión que yo.

El resultado de esta búsqueda personal fue verdaderamente curioso. De pronto, aprendí que había un montón de gente de mi edad, veinteañeros y treintañeros, que habían aprendido a pasárselo bien sin tener que beber.

Me topé con gente que nunca había probado el alcohol por cuestiones médicas: sobre todo diabéticos que lo tenían restringido, o amigos con problemas de peso cuyos endocrinos les habían prohibido probar ni una cerveza.

Hablé con personas que tuvieron padres alcohólicos, y que por no repetir los episodios terribles que vivieron en su infancia, se alejaron desde el principio de cualquier botella.

Conocí por internet a deportistas aficionados que con la moda del running habían cambiado de dieta y habían eliminado casi todas las bebidas alcohólicas de su vida.

Me crucé unos emails con un nutricionista extranjero que explicaba un método para aprovechar la energía de nuestros amigos ebrios y sentir la embriaguez y la euforia incluso si no habíamos tomado nada.

Lo más increíble de todo fue cuando, hasta en de ocasiones, me reencontré con antiguos compañeros de clase que, sin haber cumplido los treinta, ya me reconocían que tuvieron que parar de beber porque las resacas les sentaban fatal.

Por cosas así cada vez me siento más cómoda cuando en los bares o las fiestas me paseo con mi —antes sosa y ahora divertida— agua con gas y limón.

Sin embargo, a veces, cuando he expresado mi alegría por no estar tan sola, más de uno me ha reprochado que sólo se vive una vez, o que deje de creerme mejor que el resto del mundo hacer lo que hago.   

Por eso he decidido escribir este texto. Por eso he querido reclamarlo.

Pero no os confundáis, porque no se trata una carta en contra de los que bebéis, ni tampoco es una manera de justificar mi postura o de demostrar los que no bebemos nos creemos superiores.

Simplemente quiero ilustrar esta sensación de que quizá el mundo esté cambiando, y con él, nuestras costumbres.

Así que brindemos por ello.

(Incluso con agua)

Chin Chin

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