Ficciones

Lo dejaron todo para vivir como los primeros Homo sapiens en 2061

Una pequeña sociedad decide volver a los orígenes y dejar de crecer en su búsquedad de la felicidad.

Fotografías interiores de Ryan McGinley

Después de que en 2025 el gobierno chino aprobara el consumo de carne humana para acabar con la hambruna que atravesaba el país, los mismos problemas llegaron a occidente. En ese contexto Débora, su marido y un amigo fundaron un importante grupo activista que proponía el consumo de carne como alternativa al hambre en un mundo superpoblado y sobreexplotado. Tras la muerte de su marido y embarazada de su hija Luz, Débora se comió a su pareja y fue juzgada inocente en un importante juicio que sentó las bases para que, en 2050, se legalizara la antropofagia sin homicidio. Diez años después se fundó Suora, la primera residencia de lujo para donantes de carne gourmet en la que Luz se interna presa de la apatía vital. Allí conoce a Thiago, el carnicero del centro, con el que huye de una muerte segura.

Todo el mundo los buscaba como si fueran ellos los delincuentes. Habían elegido ser fugitivos y no héroes. Libres y no mártires.

Vengar a los muertos y evitar que otros corrieran su misma suerte ni siquiera era una opción.

La supervivencia es egoísta y estaba por encima de su pensamiento racional.

Ahora tenían la oportunidad de vivir la vida a su manera, sin sentirse coartados por la época que les había tocado vivir y, para ello, solo existía un lugar posible en el que construir su hogar.

Ellos, que habían formado parte activa de la civilización más avanzada, sabían que su corazón estaba tan podrido como el de una fruta que pronto empezaría a enmohecer a las demás y tenían claro que la única redención posible era volver a los orígenes.

Volver a las cavernas.

*

Luz recordaba haber acampado en aquel bosque siendo niña. Era la época en la que Daniel y Débora habían vivido juntos. Sin embargo, no sabía que Daniel tuviera un hijo al que había abandonado con su madre para estar con la madre de Luz.

De repente, le parecía que hacía mucho tiempo de todo.

—Esto es surrealista. Yo ya he estado aquí antes con tu padre...

—Ya. A mí también me traía antes de marcharse.

—Cuando eras pequeño, ¿sabías de mi existencia?

—Sí.

— Yo no. Cuando mi madre lo echó de casa, ¿volvió con vosotros?

—Lo intentó pero fui yo el que lo buscó cuando cumplí la mayoría de edad.

—Es que es tan extraño que el mismo hombre que ahora quiere darnos caza fuera el que nos enseñara a sobrevivir.

Gracias a él sabían que era importante hervir el agua antes de beberla. Ahora que estaban a merced de las capacidades naturales de su cuerpo, purificar el agua era crucial para no enfermar. ¿Quién lo hubiera dicho? Robarle un cazo a unos excursionistas era su primer gran reto. Lo único que realmente necesitaban para ir tirando.

*

Buscar refugio venía después. De encontrar el lugar adecuado dependía su vida o muerte.

Buscaban una cueva en la que guardecerse del frío y las inclemencias del tiempo. Que estuviera cerca de un arroyo pero, también, lo suficientemente lejos del resto de la humanidad como para vivir sin miedo a que alguien los sorprendiera.

Una tarea que habían descubierto igual de tediosa y complicada de lo que había sido buscar piso en la ciudad.

*

Se alimentaban exclusivamente de frutos silvestres e insectos asados a los que, antes de comer, les extraían las patas, la cabeza y las alas.

El día lo dedicaban a cazar y a recolectar comida. Ropa de abrigo descuidada. Madera.

Por la noche se acurrucaban junto al fuego e inventaban historias.

Allí, tumbados bajo la luz de las estrellas extintas y junto al fuego que les había costado encender tanto como a sus antepasados, se dejaban llevar por la imaginación y las emociones que el instinto de supervivencia reprimía durante el día.

*

—Creo que si, de repente, esta noche apareciera un presentador de la tele aquí en medio y nos dijera que todo ha sido una broma de cámara oculta y que nos van a llevar a un hotel de 12 estrellas, no querría ir.

—Yo creo que acabaría pasando del colchón y durmiendo en el suelo.

—Tengo que confesarte una cosa. Al principio, solo quería tirar la toalla. Entregarme. ¿Recuerdas la escena final de El Graduado? ¿La has visto?

—Creo que sí.

—Los protagonistas huyen de la boda y todos los familiares salen corriendo detrás de ellos. Por suerte, consiguen subir a un autobús que los saca de allí. Están eufóricos. Se sonríen pero, poco a poco, el gesto les va cambiando como si pensaran “bueno, ¿y ahora qué?" Pues así me sentía yo.

— o también tenía miedo pero es normal. El miedo es el primer mecanismo que activa la supervivencia. ¿No lo sabías?

—Ahora no me imagino otra forma de vida. Pensaba que esta sería la más difícil a la que podría enfrentarse el ser humano. Sin embargo, llegados a este punto, ¿no piensas que era peor toda aquella presión constante? Siempre estresados y decepcionados porque tanto esfuerzo y sacrificio a lo largo de la humanidad no nos había dado la felicidad.

—La verdad es que ahora mismo no hay nada que quisiera tener y no tenga. ¿Será esto la felicidad? Ya ni siquiera echo de menos la comida.

—¿Nada de nada? ¿Estás seguro? Porque tengo algo que decirte...

*

Habían decidido no ponerle nombre hasta que él mismo pudiera decidirlo por sí mismo. De momento sería solo su hijo. Su pollito.

El parto había sido el momento más terrorífico al que habían tenido que enfrentarse hasta la fecha. Luz había perdido mucha sangre y había estado tan débil que Thiago había estado a punto de mandarlo todo al garete y salir en busca de ayuda.

Si no lo había hecho era porque aún había cosas sobre Suora que Luz desconocía...

Pero ahora que eran responsables de otro ser humano, Thiago estaba nervioso. Por un lado, ¿quiénes eran ellos para imponerle a otra persona su peculiar estilo de vida?

¿Acaso es más peculiar uno en el que vivimos acorde con nuestra naturaleza animal que uno que nos ha llevado a comernos entre nosotros?

 Por otro lado, ahora también eran más vulnerables.

Si los bebés de los primeros Homo sapiens sobrevivieron, nosotros también. ¿Qué te pasa?

—Luz, es normal que me ponga alerta cada vez que el bebé llora, puede atraer a alimañas o... Excursionistas.

—¿Excursionistas? No hemos visto ni uno solo por esta zona en tres años. Te conozco, ¿qué pasa? ¿Tiene esto algo que ver con las cerillas que te he encontrado en el abrigo?

—¿Me has mirado en los bolsillos?

— Thiago, vivimos en comuna, yo también uso ese abrigo. No desvíes el tema. C reía que habíamos acordado depender del progreso lo menos posible. La ropa nos previene de morir de hipotermia, vale. Los cazos nos ayudan a cocinar y purificar el agua, vale. Pero el fuego lo podemos hacer nosotros mismos...

—Las cosas han cambiado. Ahora hay un bebé que depende de nosotros, no nos vendría mal ampliar nuestra limitaciones.

Así empezaron nuestros antepasados... Creía que creías en este estilo de vida.

—Y creo, pero estoy intentando protegernos. Tal vez sea imposible que una sociedad no evolucione, que se quede estancada y que eso no suponga su extinción.

—En serio, ¿protegernos de qué?

*

Pollito había empezado a balbucear sus primeras palabras y corría por el bosque como un cachorro de león inquieto. Tenían que tener los ojos siempre puestos en él.

Un día, mientras su padre lavaba la ropa en el río, el niño salió corriendo y, cuando Thiago se quiso dar cuenta, lo único que quedaba de él era el muñeco de paja con el que jugaba.

Se dividieron para buscarlo. Thiago se encargaba del sur, la parte más cercana a la civilización, y Luz del norte.

Luz notaba sus pupilas dilatadas para mejorar su visión, el corazón bombeando sangre como una maquina a máxima potencia. En ese momento se sentía capaz de correr hasta China sin cansarse o de levantar la roca más pesada con un solo brazo.

Entonces lo escuchó.

—¡Mamá! ¡Mamá!

Era pollito... Y estaba en brazos de unos extraños.— Vaya, gracias, estamos acampados por aquí y se nos ha escapado.

Luz intentaba sonreír para resultar convincente a pesar de los arapos que vestía y de su cara demacrada. Estaba muerta de miedo. Un miedo que se acrecentaban con cada segundo que aquellos extraños guardaban silencio.

—Pare ahí quieta. No somos inofensivos. Somos cazadores furtivos.

Acto seguido, el hombre que no sujetaba a Pollito entre sus brazos, sacó el arma que escondía colgada de su espalda y la alcanzó con un tiro de gracia.

Y, agonizando sobre la hierba fresca, escuchaba al niño que había salido de sus entrañas llamarla mientras una bandada de pájaros migratorios cruzaba el cielo en busca de un lugar mejor.

Capítulos anteriores:

Capítulo 1: Si tus hijos fuesen a morir desnutridos, ¿les darías carne humana?

Capítulo 2: Año 2040. Una historia de amor extremo en medio de un mundo caníbal

Capítulo 3: Año 2041. La supervivencia de la epecie se decide en un tribunal

Capítulo 5: El mismo infierno se escondía detrás de una simple puerta de madera

Capítulos siguientes: 

Capítulo 7: Su vida era perfecta hasta que descubrió que se basaba en una gran mentira

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