Ficciones

Jesucristo ha vuelto a la Tierra y es un pirómano

¿Es la civilización el mayor logro del hombre o es la pasión desmedida lo que realmente nos diferencia del resto de animales? Un hijo en busca de la verdad acabará encontrando su identidad solo al dejar aflorar sus instintos más primarios

Después de que occidente legalizara la antropofagia sin homicidio para sortear una hambruna, se fundaba Suora, la primera residencia de lujo para donantes de carne gourmet. Allí, Luz, la hija de la fundadora del partido que había conseguido legalizarla, se internó presa de la apatía vital. Pero conoció y se enamoró de Thiago, el carnicero del centro, con el que acabó huyendo de una muerte segura para vivir en el bosque como los primeros Homo sapiens. Apartados de la civilización tuvieron un hijo y vivieron varios años hasta que unos cazadores furtivos los encontraron. Sin embargo, esta es tan solo la versión oficial. Ahora, su hijo Prometeo, el candidato a próximo presidente del gobierno por el Partido de la Carne, descubrirá la verdad.

I

Cuando nació, casi parte a su madre en dos. Lo expulsó junto a aquel arroyo envuelto en un dolor salvaje. Según las descripciones que había encontrado en el viejo diario de su madre, aquel debía de ser el arroyo que le había dado de beber en sus primeros años de vida.

Ese día, Prometeo fue consciente de que, desde aquella época que ni siquiera recordaba, no había vuelto a pisar un pedazo de naturaleza auténtica como aquel.

En el pasado, conforme las condiciones de vida se habían ido endureciendo y, sobre todo, después de las restricciones a la agricultura y la prohibición de la ganadería, la civilización se había desarrollado casi exclusivamente en torno a las ciudades. Millones de personas se habían quedado sin su modo de vida de la noche a la mañana. La supervivencia en zonas rurales era extrema, lo que había provocado un gran éxodo urbano.

En la ciudad, la gente vivía hacinada, aunque la apariencia era la de un orden metódico y antiséptico.

Los contrastes eran contundentes. Por un lado, a pesar (o tal vez como consecuencia) de vivir en un mundo superpoblado, el contacto físico era algo que se daba exclusivamente en la más estricta intimidad. Los códigos bajo los que estaba socialmente aceptado establecer cualquier tipo de contacto físico entre dos personas eran cada vez más complejos y restrictivos. Un simple rozamiento accidental en un lugar concurrido se había convertido en una violenta invasión del espacio personal.

Algo que contrastaba con el hecho de que todo el mundo estuviera conectado intelectual y emocionalmente a través de la red. En el momento en el que la humanidad había empezado a concebirse a sí misma como plaga, digitalizarse, subirse a la nube, había sido un proceso intuitivo y paulatino sobre el que nadie había tomado una decisión consciente.

Por todo aquello, Prometeo se sentía muy extraño al estar, por primera vez, enfrentándose a todo aquello que el ser humano no podía controlar.

Corría la leyenda de que, siguiendo el ejemplo de sus padres, más personas renegadas habían adoptado su estilo de vida en lo más profundo de aquel bosque, llegando a formar una comunidad secreta.

Pero, ¿qué hacía Prometeo allí en medio faltando a sus compromisos sin avisar y sin dar señales de vida cuando, solo 24 horas antes, todo había estado en su sitio?

Tras la confesión de su abuela, la identidad de Prometeo se había derrumbado como un castillo de naipes. Todo en su vida se había basado en una gran mentira y, hasta su mismo nombre le hacía sentirse adoctrinado para cumplir un papel que ya no sabía si quería representar.

En la antigua Grecia, Prometeo había sido el amigo de los mortales. El que le había robado el fuego a los dioses para dárselo a los hombres, convirtiéndose así en el protector de la civilización humana. Con aquel nombre, sentía que alguien había decidido por él.

Con aquel nombre, alguien lo había elegido a él.

II

Llevaba consigo el diario de su madre. Aquellos folios encolados y aquella tinta azul que, en el momento de su escritura ya habían sido objetos completamente obsoletos, eran la única “tecnología” que Luz se había permitido usar en sus años de retiro.

Estaba escrito en segunda persona y cada palabra se dirigía directamente a él. Luz era consciente de lo frágil que era la vida a merced de la naturaleza y había empezado a escribirle mientras lo gestaba por si no sobrevivía al parto.

Aquella era la primera vez que Prometeo escuchaba la voz de su madre y le sorprendió conocer, a través de ella, a una mujer dulce y sensible como nunca había conocido. Una mujer diametralmente opuesta a la que la historia oficial había vendido.

Aquello hacía que Prometeo sintiera la ira quemándole en las entrañas como si, de repente, se hubiera encendido en él el fuego con el que tenía que llevar a cabo la misión que le había sido impuesta.

No sabía si era la sensación de desprotección que le había generado cruzar el umbral de su zona de confort pero, a pesar de la soledad que uno sentía en un espacio tan abierto y solitario como aquel, Prometeo se sentía observado.

De vez en cuando miraba alrededor preocupado de que algún animal pudiera estar acechándole y, en una de esas, vio unos arbustos moverse.

Prometeo se asustó pero permaneció quieto por miedo a que cualquier movimiento mal hecho pudiera ser interpretado como una amenaza por aquel animal.

Sin embargo, unos pasos se acercaban lentamente hacia él a su espalda. Prometeo intentaba mantener la calma preparándose para lo peor cuando sintió una mano posarse sobre su hombro.

Un hombre de mediana edad, pelo largo y barba abundante le miraba con curiosidad. Prometeo se levantó e intentó marcar distancias mostrándole las palmas de sus manos:

—¿Quién eres?

Pero el hombre no contestaba

—Vengo en son de paz.

Y el hombre lo rodeaba observando cada detalle de su cuerpo con curiosidad y tocando su ropa limpia.

—Me llamo Prometeo. ¿Y tú?

Ni siquiera estaba seguro de que estuviera escuchándole o de que pudiera entenderle. Prometeo se fijó que miraba el cuaderno de su madre e, instintivamente, lo cogió para protegerlo.

Entonces, el hombre hablo por primera y única vez:

—Ya sé lo que pone.

Y el hombre salió corriendo perdiéndose en el bosque con tal destreza que a Prometeo le fue imposible ver siquiera por dónde se había marchado.

Confundido y compungido dejó aquel lugar con la extraña sensación de haber encontrado la pieza perdida de un puzzle que había dado por incompleto. Tenía la sensación de haber conocido al hombre que le había regalado su carga genética.

Convencido de haber conocido a su padre.

III

Prometeo se dirigió directo en busca de Daniel. Intentó irrumpir en su despacho pero cuando los sensores en el cuerpo de látex y metal de su secretaria detectaron su humor, esta bloqueó automáticamente la puerta tras la que se encontraba el fundador de Suora.

Prometeo empezó a golpearla. Estaba fuera de sí, nunca se había sentido tan desbordado por sus instintos primarios como en aquel momento. Se sentía descongelado. Se sentía vivo.

—Abre la puerta o cometo una locura.

Daniel le dejó pasar a fin de esconder aquel escándalo. Con unas elecciones tan cercanas no podía arriesgarse a perjudicar la imagen del candidato al partido que debía proteger los intereses de su empresa desde el gobierno.

—¿Quién coño era mi padre?

—Me lo vas a decir ahora o te prendo fuego.

Y acorralándole contra la pared, le apuntó con un mechero.

— No te reconozco, Prometeo, tu abuela no te educó para ser un salvaje.

Será que soy hijo de mis padres. No te pienso volver a repetir la pregunta, tú sabrás lo que te conviene.

—No sé qué ganas con esto pero, si tanto lo deseas, te lo diré. Solo te pido que te comportes como una persona civilizada.

Prometeo se guardó el mechero y se sentó en el sofá.

—La verdad es que tu padre era mi hijo. No le conocía mucho porque los abandoné a su madre y a él cuando era un crío, aunque luego intentamos retomar la relación... Pero lo único que quería él era aprovecharse de mí.

—¿Y por qué a él lo dejaste vivo y a mi madre no?

—¿De qué hablas? A tu madre la mataron cazadores furtivos.

—Sí, mandados por ti. Aún te voy a tener que dar las gracias por dejarme con vida. Aunque, tranquilo, porque lo que me queda de ella la voy a emplear en hacer que te arrepientas de aquella decisión a cada segundo.

—Me parece que aquí, el que no sabe con quién se está metiendo, eres tú.

—No me das ningún miedo, solo eres un pringado venido a más. Un segundón que no supo aceptar su papel de gregario y se dejó corromper por las ansias de poder.

Prometeo se fue dejando a Daniel con la mueca helada y se dirigió a Suora. Fue hasta las grandes neveras en las que se almacenaba la carne y, rociándolas con gasolina, les prendió fuego hasta que todo se redujo a cenizas.

Continuará...

Capítulos anteriores:

Capítulo 1: Si tus hijos fuesen a morir desnutridos, ¿les darías carne humana?

Capítulo 2: Año 2040. Una historia de amor extremo en medio de un mundo caníbal

Capítulo 3: Año 2041. La supervivencia de la epecie se decide en un tribunal

Capítulo 4: Año 2060. La vida en el extraño balneario del que nadie sale con vida

Capítulo 5: El mismo infierno se escondía detrás de una simple puerta de madera

Capítulo 6: Lo dejaron todo para vivir como los primeros Homo sapiens en 2061

Capítulo 7: Su vida era perfecta hasta que descubrió que se basaba en una gran mentira

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