Ficciones

Las verdaderas razones por las que este hombre hizo esto en público

"Escribo para demostrar que no soy un tarado mental, sino alguien igual que tú"

Me llamo M.

El miércoles pasado me levanté con problemas digestivos. Pocas horas después, alguien subió a internet una foto mía cagando sin piedad ni vergüenza sobre las vías del tren.

Sí, ese soy yo. Sí, es lo que parece. Internet se descojonó y se escandalizó a partes iguales. Lo mismo que los testigos que lo vieron en directo.

Escribo esto para demostrar que no soy un tarado mental, sino alguien igual que tú. Y para decir que no me arrepiento. El destino lo dispuso todo para que yo terminara haciendo lo que hice, con rabia y orgullo.

Lee la historia de ese miércoles fatídico y dime si no habrías hecho lo mismo.

Primero me cagué en mi jefe, luego en los baños privatizados, después en todo el puto sistema y por último en la vía del tren

Me levanté mal. Llamé a mi jefe para decírselo, y cometí un gran error: no supe convencerle de la gravedad de la situación. La conversación fue algo así:

—Pacheco, hoy no me encuentro nada bien. No sé si podré ir a currar.

—¿Qué te pasa?

—Bueno, que estoy delicado del estómago... estoy indispuesto y tengo que ir bastante al baño.

—Ahá, en fin, prepárate un tupper de arroz y ven hacia la oficina.

Le dije que vale y colgué, pero me sentí un idiota. ¿Delicado del estómago? ¿Indispuesto? Los eufemismos no llevan a ninguna parte. Pacheco no se hacía cargo de la gravedad de la situación.

Me senté en el baño, pensé en mi jefe y luego salí de casa hacia la estación, intuyendo que no era buena idea.

Lo tenía todo bastante calculado pero, al llegar al andén, la situación empezó a torcerse. La megafonía tenía malas noticias para mí:

Debido a una avería, el servicio de trenes se encuentra temporalmente detenido.

Tic. Tac. Tic. Tac. Y el tren no aparece.

Cada vez había más gente en el andén. Pasados diez minutos, la megafonía se limitó a repetir el mismo mensaje de la avería.

No quedaba otra: enfilé el camino de los servicios de la estación con prisas, pero de mala gana. No me suele gustar sentarme en retretes públicos, y menos en el de una estación. Hay gente muy cerda.

Sé lo que estáis pensando. Que alguien que se termina cagando sobre la vía del tren no tiene derecho a llamar cerdo a nadie.

Pero yo no soy un cerdo. Lo mío fue un acto de rebeldía. Enseguida me vais a entender.

Todo el mundo hace caca pero no todos pueden pagar un baño privado, así que el mensaje está claro: dame la pasta o cágate encima

Llegué a los servicios, y ojalá me hubiera encontrado lo mismo de siempre. La misma puerta de madera gastada y, detrás de ella, el mismo retrete encharcado y maloliente. Me encontré todo lo contrario: ¡Habían privatizado los baños!

En la estación, mi estación de siempre, el clásico cartel de 'Servicios' ha cambiado por 'Sanifair', una empresa alemana que te cobra 50 céntimos por entrar al baño, y luego resulta que la taza del váter se limpia sola, que los grifos se activan solos, el secador te desinfecta las manos y la iluminación es perfecta y, en fin, que son unos usureros miserables y unos hijos de puta.

En la puerta del baño había una barrera que se activaba al meter los 50 céntimos. Todo el mundo hace caca pero no todo el mundo tiene ese dinero, así que el mensaje de Sanifair es claro: dame la pasta o háztelo encima.

Me encendí de pura rabia. No estaba dispuesto a hacérmelo en los pantalones. Habría saltado la barrera, pero el guardia de seguridad me vigilaba de cerca. Ponía cara de que no le importaba mi apretón. Y yo sabía que la mínima confrontación seguramente me habría aflojado el vientre.

Miré mi cartera: un billete de diez euros. "Bueno", me dije, "si el baño pijo cuesta 50 céntimos, estos diez euros me dan derecho a entrar lo menos veinte veces". Solo tenía que encontrar cambio. Entonces empezó la locura.

Me sentí como un vagabundo que solo quiere charlar, pero todos se giran para evitar que les pida dinero

No podía ir muy lejos. Solo me quedaba una opción: pedirle los 50 céntimos a la gente de la estación.

Vale que, para entonces, mi aspecto daba bastante pena, porque no me había duchado y estaba pálido de la gastroenteritis. También entiendo que la gente de la estación estaba enfadada por la avería del tren y que a nadie le quedaban ganas de ayudar al prójimo. Puedo admitir, incluso, que me costaba hablar y que algunos ni siquiera entendieron lo que les pedía.

Pero no admito que alguien me arrugue las cejas y gire la cara sin escucharme, solo por puro asco. Me sentí como debe de sentirse un vagabundo que solo quiere charlar un rato, pero todos se giran para evitar que les pida dinero.

Y yo no quería dinero. YO-SOLO-QUERÍA-USAR-EL-BAÑO.

Si antes me daba algo de reparo que esa gente me viera explotar, de repente se convirtió en una cuestión de Justicia. Era mi deber.

El acto me pareció placentero en lo intestinal y también en lo intelectual

Todos los días, miles de personas en todo el mundo se cagan en todo. En la madre de alguien, en las mañanas lluviosas, en su trabajo, en los trenes que se estropean, en el dinero, en los lavabos privados Sanifair...

Cagarse verbalmente en todo tiene algo de liberador. Pero aún más liberador es dejarse de palabras, bajarse los pantalones y expresar un NO rotundo contra la vida perra que te ha tocado.

En mi caso, comprenderéis que no me bastaban las metáforas... Así que el mito se hizo carne.

Sentí que ese era mi primer acto de rebeldía en muchos años

El guardia de seguridad no quiso ni acercarse. Los padres taparon los ojos a sus hijos. Los adolescentes soltaron carcajadas. Uno de ellos me sacó una foto y la subió a 9gag. Y, en la red, las reacciones fueron exactamente las mismas.

Pero yo no sentí vergüenza alguna, y hoy tampoco me arrepiento. Al contrario, me pareció mi primer acto de auténtica rebeldía en muchos años. Mis ideas y mis actos nunca habían estado tan cerca. Fue placentero en lo intestinal, pero también en lo intelectual.

Mientras lo hacía, pensé en Piero Manzoni, aquel loco que quiso protestar contra el arbitrario mercado del arte. Piero cagó en una latita y la etiquetó con su firma y el nombre Mierda de artista.

Lo mío también era un chorro con fuerza expresiva. Era la protesta contra mi jefe, contra la junta de accionistas de Sanifair, contra el guardia de seguridad y contra los insolidarios que me apartaban la cara.

Me sentí artista por primera vez en mi vida. Cagué arte.

La destrucción también es creación

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