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La noche que un juego estúpido me descubrió mi verdadera sexualidad

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Un grupo de amigos, una casa en la playa, una conexión inesperada

Jordi Berrocal

04 Mayo 2015 05:31

Teníamos 18 años y muchas ganas de probar cosas nuevas.

Yo llevaba un año y medio saliendo con Lucas. Suponía que estaba enamorada. Pero algo me decía que era imposible que el amor fuese tan aburrido.

Estábamos pasando unos días en la casa que los padres de mi amiga Raquel tenían en la playa. Éramos los de siempre. 7 chicos y 4 chicas. Estaba Lucas. También había venido Miriam, una amiga de Raquel que yo solo había conocido de noche.

Era verano. Todo eran risas y abrazos. El calor y el alcohol habían levantado una burbuja entre nuestras cabezas y la realidad. Parecíamos felices.

Llevábamos tres días seguidos saliendo y nos quedaba poco dinero. Esa noche la fiesta iba a ser en el salón.

Cenamos pizza. Bebimos y fumamos. Para cuando llegó la medianoche, ya estábamos bastante relajados. Algunos se quedaron dormidos en el sofá. Sara y Alberto se fueron a una de las habitaciones. Llevaban saliendo cuatro meses y esos días estaban siendo su primera luna de miel.


El calor y el alcohol habían levantado una burbuja entre nuestras cabezas y la realidad.



Siete de nosotros todavía estábamos muy despiertos. Pero el alcohol se había acabado.

Alguien propuso que jugásemos al juego de la botella. Éramos 3 chicas y 4 chicos. Lucas estaba entre ellos.

Me invadió una risa nerviosa. Siempre me había parecido un juego estúpido. En el instituto nunca había querido jugar. Pero de pronto me parecía una idea genial. Lo curioso es que no sabía por qué.

Nos liamos un porro. Nos lo fumamos. Y empezó el juego.

La marihuana hizo que mi cabeza se acelerara. No podía dejar de darle vueltas a algo que había sucedido la noche anterior. Habíamos vuelto a casa con hambre y Miriam se había sentado encima de mí mientras devoraba un paquete de galletas. Y yo había notado un cosquilleo extraño. Fue una emoción que no supe descodificar. Pero disgustó que se levantara.


Siempre me había parecido un juego estúpido. De pronto me parecía una idea genial. Lo curioso es que no sabía por qué.



La botella empezó a rodar. Y de pronto se convirtió en una brújula de mis recuerdos. Las imágenes se amontaban como diapositivas frenéticas.

Cuando se detuvo por primera vez, me asaltó una imagen de mi infancia. Mientras Patricia y Dani se daban un beso, me acordé de la vez que me pasé toda la fiesta de octavo cumpleaños de mi prima besando a una niña que se parecía a una muñeca que tenía. Al principio todos pensaron que era divertido. Pero cuando llevaba media hora enganchada a ella, la niña se quejó a su madre. Y la mía vino a decirme que me comportara como una persona normal.

La botella volvió a rodar y a Nico le tocó besar a Carla, que se sentaba justo a mi lado. Mientras Nico se levantaba recordé la primera vez que una compañera de clase trajo un ejemplar de la revista Bravo al colegio. Teníamos 11 años y yo no entendía por qué les parecía tan interesante mirar fotos de chicos sin camiseta. Luego llegó la pubertad... y seguí sin entenderlo.

Un estruendo de carcajadas me devolvió a ese salón que olía a humedad. A Fran le había tocado besar a otro chico. Dijo que pasaba. Le dijimos que no fuera tan muermo. “Vale pero solo un pico”. Aplaudimos. Y a mí me pareció bonito. Y me acordé de esa noche en que mi mejor amiga y yo nos habíamos enrollado delante del chico que le gustaba. Queríamos llamar su atención pero ni siquiera nos miró. Aunque la noche no acabó bien, tenía un buen recuerdo de la fiesta.


Yo no entendía por qué les parecía tan interesante mirar fotos de chicos sin camiseta. Luego llegó la pubertad... y seguí sin entenderlo



Le tocaba a Elena. La botella giró y se detuvo señalando a Lucas. Todas las miradas se volvieron hacía mí. Pero lo único que me salió fue una sonrisa de indulgencia. Quizá era la marihuana. O quizá era que me daba completamente igual. Nunca había sido celosa. Y lo que sentía en ese momento era absoluta indiferencia. Mientras mi amiga besaba a mi novio, yo solo podía a pensar en Miriam comiendo galletas en mi regazo. Sentí una punzada en el estomago. Y si hubiese sido un ruido nadie hubiese sabido de donde venía.

Llegó mi turno. Cerré los ojos para suspirar un deseo.

Hice rodar la botella con todas mis fuerzas. Mientras sus giros me hipnotizaban, los recuerdos me asaltaban cada vez más deprisa. Pensaba en el verano en el que mis amigas empezaron a hablar de chicos y yo solo quería seguir yendo en bici con ellas. En la vez que me obsesioné con Blair Waldorf y lo atribuí a mi fanatismo de Gossip Girl. En lo insulso que me había parecido perder la virginidad. En lo reconfortada que me sentí cuando hacía un año una amiga nos confesó que era bisexual. Y en lo confundida que todo ello me había dejado.

Y entonces la botella se detuvo. Y mi estómago estalló. Me tocaba besar a Miriam.

Fue un beso torpe. Fugaz. Pero sacudió todo mi cuerpo como una caída inesperada. Ciinco segundos nerviosos que me llenaron más que los últimos 18 meses de sexo con Lucas. De pronto sentí todas esas sensaciones que se suponía que te provocaba encontrar a alguien especial. Así que era eso de lo que hablaban las películas. Cuando nuestros labios se despegaron mi mente se detuvo. Por primera vez en mi vida, todo tenía sentido.

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