Ficciones

La noche que descubrí que mi padre era un cobarde

Yo no conocía a ese hombre

*Ilustraciones de Nicos Gyftakis.

Esa noche yo no debía haber llegado tan pronto.

Estaba de visita en casa de mis padres y había aprovechado para ir a cenar a casa de un amigo del colegio que acababa de tener un bebé. La idea era salir a tomar algo con él mientras su mujer se quedaba con el niño.   Pero el bebé no había parado de llorar durante toda la cena. Había tensión en sus miradas. Pensé que era mejor largarme cuanto antes.

Cuando llegué a casa vi luz en el despacho de mi padre. Normalmente a esa hora ya estaban los dos durmiendo. Llevaban años partiéndose un Orfidal cada noche.

La puerta estaba entreabierta. Supuse que se había olvidado de apagar el interruptor.

Pero cuando entré vi algo que me dejó helado. Mi padre, sin pantalones, mirando fijamente la pantalla, viendo porno. Mierda.

–Lo siento.

Su reacción me dejó todavía más descolocado.

–Tranquilo, no pasa nada, entra. Siéntate.

Mi padre, sin pantalones, mirando fijamente la pantalla, viendo porno

Ni siquiera cerró la pestaña del navegador. Puso el vídeo en pausa y se giró. Mis ojos se escabulleron hacia la pantalla durante unas décimas de segundo. Pude ver que era un vídeo de bondage o algo por el estilo. En el fotograma que había quedado congelado aparecía un tipo atado con cuerdas, con una de esas bolas rojas en la boca. Nada muy extremo. Pero suficiente para estremecerme.

Me ofreció una copa. Yo todavía notaba la cabeza entumecida por el vino de la cena, pero acepté.

–¿Te sorprende que vea porno?

–Haha. La verdad, nunca me lo había preguntado.

Claro que no me lo había preguntado. Como tantas otras cosas. Mi padre siempre había sido un tipo encerrado en sí mismo. No especialmente feliz, ni especialmente desgraciado. Un tipo tranquilo. Aburrido. Nunca se había interesado especialmente por mí. Y supongo que su desidia se me había contagiado hasta convertirse en algo recíproco. Que yo recordase, nunca habíamos tenido una conversación que trascendiera los límites de la convivencia.

–¿Tú sueles ver?

–Si te digo la verdad... cada vez menos.

–¿Y eso?

–No sé... Supongo que el sexo con Gabriela cada vez me llena más.

Me di cuenta de que estaba hablando demasiado. Gabriela, por cierto, es mi novia. Llevamos saliendo cinco años.

Que yo recordase, nunca habíamos tenido una conversación que trascendiera los límites de la convivencia

–Me alegro, me alegro...

–Sí...

–Pero creo que estás cometiendo un error.

–¿Cómo? ¿A qué te refieres?

–Creo que tener una relación tan larga a los veinte es un error.

–Bueno... entiendo lo que dices... pero creo que no es algo que se escoja... si encuentras a la persona...

En ese momento me di cuenta de que no tenía ni idea de cómo se habían conocido mis padres. No eran el tipo de conversaciones que teníamos en casa. Su repentino ataque de franqueza me había cogido desprevenido. Supongo que era el whisky. Pero no estaba preparado por todo lo que vendría después.

–¿Sabes una cosa? Yo nunca quise casarme con tu madre.

–Qué dices...

–No me casé enamorado. De hecho, creo que nunca lo estuve.

–Pero...

Yo le pedía respuestas con la mirada. Y cuando vi que se volvía a llenar el vaso entendí que me las iba a dar.

–Cuando conocí a tu madre yo acababa de romper con una chica que me volvía loco. Era italiana. Era guapísima. Y lo sabía todo. Pero era un espíritu libre. A veces salíamos juntos y de pronto me la encontraba besándose con otros tipos. Y cuando le preguntaba por qué lo hacía, siempre me respondía lo mismo: “Es que era muy simpático”. Pero cada una de sus locuras era una puñalada. En realidad siempre había creído que esa chica estaba fuera de mi alcance. No tanto por su belleza, sino porque jugaba en una liga emocional distinta. Nunca llegué a saber lo que realmente le pasaba por la cabeza...

–Creo que sé de lo que me hablas... Tengo alguna amiga así...

–Y entonces conocí a tu madre. Y era justo lo contrario. También era guapa, no me malinterpretes. Pero con ella no había incertidumbre. Me transmitía calma, confort. Si una era un volcán, la otra era el fuego de un hogar.

–Pero acabaste saliendo con mamá... ¿Cómo empezasteis?

Su repentino ataque de franqueza me había cogido desprevenido

 –Nos volvimos a encontrar por casualidad. Ella siempre iba con el mismo grupo de amigas. Y uno de mi grupo estaba medio liado con una de ellas. Una noche nos volvimos a ver en una discoteca. Yo ese día ni siquiera quería salir. Fui de rebote. La cuestión es que nos volvimos a ver y empezamos a hablar. Lo siguiente que sé es que ya llevábamos un año saliendo juntos.

–Pero, ¿y no estabas enamorado? ¿Ni siquiera entonces?

–Mira, una buena manera de medir lo enamorado que estás es imaginarte a la otra persona durmiendo con otro y medir cuánto te duele. Pues bien, a mí me seguía doliendo imaginarme a la italiana con otros. Pero cuando algún tío le hablaba a tu madre me quedaba igual.  

–¿Por qué seguiste con ella?

Veía ese hombre atado con cuerdas y mi cabeza se aceleraba. Sentía miedo, vértigo, asco. Ese era mi padre. Ese era yo.

–Por... cosas. La quería, claro que la quería, me lo pasaba bien con ella, no te creas que estaba mal. Pero nunca pensé que fuese la mujer de mi vida. Pensé que en algún momento lo dejaríamos, que yo encontraría a otra...

Empecé a pensar en mi relación con Gabriela. ¿A caso todo eso era una señal? ¿Estaría repitiendo el mismo error? Los ojos se me iban hacía la pantalla. Veía ese hombre atado con cuerdas y mi cabeza se aceleraba. Sentía miedo, vértigo, asco. Ese era mi padre. Ese era yo. Pero luego me imaginaba a Gabriela en brazos de otro. Y me dolía. Me dolía mucho.

–Nunca me atreví a hacerle daño. Una noche me fui de putas y ni siquiera se me levantó.

No supe qué contestar. Me quedé viendo cómo removía su copa. Y me di cuenta de que no conocía a ese hombre. Siempre le había visto como una persona ajena a las turbulencias emocionales. Nunca levantaba la voz. Nunca le había visto discutir con mi madre. Era como si me estuviese hablando de una persona distinta.

–Con tu madre todo era fácil. Bueno, ya la conoces. Tiene muy buen carácter. Todo le parece bien. Era cariñosa conmigo. Y a tu abuela le encantaba. Nunca les habían gustado mis novias. Eso fue como quitarme un peso de encima.

Quise decirle que me parecía justo lo contrario. Que el peso lo llevaba cargando los casi 30 años que había durado su matrimonio.

–Hubo un momento en que estuvimos cerca de dejarlo...

Otro whisky.

Estuve a punto de serle infiel. Primero con una del trabajo. Luego con una chica de la universidad que me reencontré por casualidad. Estuve viéndola durante un par de meses sin decirle que estaba en una relación. Pero procuraba no llegar nunca hasta el final... nunca llegué a acostarme con ella.

–Por mucho que digas... eso es porque querías a mamá...

–En realidad... nunca pensé en el daño que podría hacerle, sino en lo mal que me sentiría yo después de correrme. Es así de triste... puro egoísmo.

Te aviso. Esto va a cambiar para siempre la percepción que tienes de tus padres

Lo que más me sorprendía de todo eso que me estaba contando era que mi padre hubiese sido una persona tan social. Todo lo que me contaba implicaba ser una persona con una vida social muy activa. Con amigos. Que salía constantemente. Yo nunca había visto eso. No le conocía ningún amigo. A mi me madre le costaba horrores convencerlo para hacer cosas que no implicasen la misma rutina de siempre. Ella tampoco le forzaba mucho. Parecía satisfecha con su sola presencia.

–¿Pero, si no llegó a pasar nada por qué dices que estuvisteis a punto de dejarlo?

–Bueno, ella se dio cuenta de que yo no estaba bien. Más de una vez me preguntó directamente si me estaba viendo con otra persona. Siempre lo negué, claro. Yo no me atrevía a afrontar mis sentimientos y ella no tenía ningún problema en preguntarme a la cara si me acostaba con otras. Siempre ha sido mucho más valiente que yo.

–Se lo podrías haber confesado y acabar con todo

Me sentía como el fruto de la cobardía

–En una de estas charlas se lo dejé entrever. Ella se puso a llorar. Y a mí se me rompió el corazón. Pero estaba dispuesto a dar el paso. Sabía que lo contrario sería alargar la agonía. No quería hacérselo pasar peor todavía.

–Y terminaste casándote con ella...

Me sentía traicionado. Me sentía como el fruto de la cobardía. Yo nunca habría existido si mi padre hubiese sido valiente. De pronto sentía una sensación de vacío increíble. Tampoco entendía demasiado bien por qué me estaba contando todo eso. Le había pillado haciéndose una paja, tampoco era tan grave. Comparado con lo que me estaba contando no era nada.

–Hay algo que nunca te hemos contado. Supongo que deberías saberlo.

Le había cambiado la expresión. Supe que todo eso que me había contado era solo el principio. Volví a mirar la pantalla. Sentí nauseas. Maldije al bebé. Maldije a mi colega por haber tenido un hijo. Ahora debería estar emborrachándome con él, no con mi padre.

–Mi mejor amigo solía venir bastante a casa. Era un tipo muy extrovertido. Estaba un poco mal de la cabeza. Pero habíamos sido mejores amigos desde muy pequeños.

–¿Cómo se llama?

–Se llamaba Dani, pero no le conoces... La cuestión es que desde que le había presentado a tu madre siempre habían tonteado un poco. Él no podía evitarlo. Lo había hecho con todas mis novias. Yo ya ni siquiera se lo tenía en cuenta. Ya no me afectaba. Incluso a veces lo agradecía, así no me sentía tan mal. Era una manera de reconfortarme a mí mismo, pensar que yo no era el único que flirteaba con otras personas. Aunque sabía que en su caso era completamente inocente. De hecho, probablemente ella lo hacía por deferencia hacia mí, porque sabía que era mi amigo, por no hacerle un feo.

–Ya...

–Hasta que un día...

–¿Qué?

–Mira. Te aviso. No es agradable. Esto va a cambiar para siempre la percepción que tienes de tus padres.

Se me aceleró el corazón. Ya no sabía qué esperar. Mi percepción ya había cambiado con todo lo que me había contado. Me acababa de dar cuenta de que, en cierto modo, era un hijo no deseado. ¿Qué podía haber peor que esto?

Tenía la sensación de que todo lo que había ocurrido era mi castigo

–Por favor, quiero saberlo.

–Fue en una fiesta que se desmadró demasiado. Era en una casa de campo que tenía los padres de un amigo de un amigo. Iban a vender la casa y habían organizado una fiesta a modo de despedida. La típica fiesta de la que se habla durante semanas. La típica fiesta donde todo el mundo va demasiado revolucionado.

–Si ya sé...

–Todos nos pusimos muy borrachos. Tu madre también. Dani también. Y como siempre pasaba en las fiestas, a Dani le dio por empezar a flirtear con ella. Y como siempre pasaba, yo no le hice mucho caso. Cuando iba borracho todavía me importaba menos. Lo aprovechaba para flirtear con otras chicas. Hacer un poco el loco...

–¿Y qué pasó?

–De pronto me di cuenta de que hacía rato que no veía a tu madre. Me puse a buscarla. A preguntar a la gente. Me dijeron que la última vez que la habían visto estaba con Dani. Tuve un mal presentimiento...

Me acababa de dar cuenta de que, en cierto modo, era un hijo no deseado. ¿Qué podía haber peor que esto?

En ese momento ya me servía el whisky yo mismo.

–Subí a la parte de arr  iba. Y antes de que terminasen las escaleras la oí gritar. Se me nubló la vista. Empecé a abrir las puertas una tras otra. Y de repente ahí estaba. Gritando a Dani que la dejase en paz. Él tenía los pantalones bajados e intentaba besarla...

–¿¡Qué!?

–Me abalancé sobre él. Nunca me había peleado con nadie pero en ese momento quise matarle. Le lancé al suelo y empecé a darle patadas.  Tu madre lloraba en la cama. Le saqué de la habitación a patadas. Le seguí hasta el piso de abajo. Discutimos delante de todo el mundo. Me echó en cara muchas cosas. Me dijo que solo lo había hecho para que reaccionara... que nunca había valorado lo que tenía hasta ese momento.

–Estoy flipando...

–Tu madre se quedó fatal, claro. Tuvimos que dormir en la casa porque los dos estábamos demasiado borrachos para coger el coche. Se pasó toda la noche llorando. Yo me sentía totalmente impotente. Y culpable. Todo había pasado porque yo no le había hecho ni caso toda la fiesta. Bueno, porque llevaba años sin hacerle ni caso... Tenía la sensación de que ese era mi castigo. Y, encima, la peor parte se la había llevado ella...

Estaba en shock. Desorientado. Volvía a sentir nauseas.

Mi padre se levantó y salió de la habitación. Supongo que entendió que necesitaba un tiempo para digerir todo lo que me había contado. Pero rápidamente me di cuenta de que la conversación no era lo que más me había desconcertado. Sino el modo en que había surgido. Le había pillado con los pantalones bajados y había decidido desnudarse. Era una reacción desmedida.

Volví a mirar la pantalla. Y veía a mi padre. Y no le entendía. Se había pasado toda la vida siendo un muro y porque le había pillado viendo porno, había decidido contarme todos los secretos de su relación con mi madre. No tenía ningún sentido. Todo porque le había pillado haciéndose una paja...

Entonces me pareció encontrarle una explicación.

Se había pasado toda la vida siendo un muro y porque le había pillado viendo porno, había decidido contarme todos los secretos de su relación con mi madre

¿Podía ser que esa fuera su manera de desviar la atención? Quizá había aparentado mantener la dignidad pero se había se había sentido humillado. Y no quería que su hijo recordara como la noche que pilló a su padre viendo porno. Quizá prefería que la recordase como la noche en que su hijo descubrió que era el fruto de un cúmulo de despropósitos. ¿De verdad estaba contándome todo eso solo para escurrir el bulto?

Quise pensar que no. Quise pensar que la situación de indefensión en la que se había encontrado era lo que había propiciado su repentino ataque de sinceridad. Pero mientras yo hacía esfuerzos para alejarme de esa imagen que me estaba creando de él, mientras yo intentaba dejar de verle como un cobarde incapaz de enfrentarse a sus sentimientos, él mismo volvió a entrar en la habitación y me lo confirmó.

–¿Sabes lo peor de todo?

–¿Qué?

–Que esa fue la noche en que decidí que me casaría con ella.

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