Ficciones

Aquella decisión jodió nuestro amor

"Cariño, te lo mereces"

“Amor, ¡no sabes lo que ha pasado! Pero tranqui… es bueno. Esta noche cena rica y te cuento. Invito yo. Te quiero”.

Dejé el móvil lleno de sudor después de escribir ese WhatsApp. Somos un nosecuantos% de agua, doy fe: en ese momento, mis manos eran el puto océano Pacífico. Qué nervios.

Y qué notición. Voy a cobrar más.

Un ascenso. Estaba deseando verla y contárselo.

Ya, tendría que trabajar más. Claro. A más sueldo, más responsabilidad. Y ya sabemos que en el mundo de los adultos la responsabilidad significa una cosa: trabajo. Círculo cerrado. Todo bien.

Empecé a pensar en lo felices que seríamos. Por fin podríamos irnos de vacaciones donde quisiéramos, sin importar que no tuviéramos ningún amigo viviendo allí para ofrecernos una cama. Hoteles.

Seríamos más felices

Por fin podríamos irnos de ese piso del que, vale-sí-la-zona-nos-gustaba, pero no se podía decir que fuera el más nuevo ni el que estaba en las condiciones que creíamos merecer.

Os digo que aquella cena fue uno de nuestros mejores momentos juntos. “Cariño, te lo mereces”. En aquel momento, esas palabras fueron el mejor de los tequieros.

La primera semana fue como el título de aquella peli: "mejor imposible". Y desde luego que suena a peli americana eso de “uhhh, estreno despacho”. Pero, sí. Estrené despacho. Joder. .

Joder. Sí

Y la segunda semana. Y la tercera. Estaba entusiasmado. Trabajaba cada vez más. Salía cada vez más tarde.

Fuera, solo hablaba de trabajo. Sí, también con ella. Supongo que me fui haciendo previsible, monotemático, aburrido. Bueno, supongo que hay muchos adjetivos para definir a alguien con quien ya no es muy agradable estar.

En la oficina sentía que había traspasado una línea y que ese paso era irreversible. Nadie en su sano juicio quiere volver a cobrar menos, ¿no? ¡Pues claro que había hecho bien!

No sabéis lo mal que se siente uno cuando el cumpleaños de la persona que más quieres se convierte en un factor de estrés. No tenía tiempo de pensar qué quería regalarle. Bueno, regalarnos. Tenía la cabeza tan absorbida por el trabajo que me bloqueaba hasta con lo más preciado que tenía.

Cuidado. Relájate. Busca tiempo para ella. Pero tiempo de calidad. Silencia el móvil. Me repetía esto continuamente. Una y otra vez.

Busca tiempo de calidad

Todas las veces que lo intenté, o lo intenté mal, o simplemente no estaba en condiciones de ofrecer ese tiempo. Ese tiempo de calidad. Me costaba reaccionar ante casi todo. Me molestaban los detalles más tontos.

Y en la oficina… Pues en la oficina las cosas iban cada vez mejor. Todo iba cuadrando, todo en su sitio, los números que-todo-lo-deciden daban el visto bueno a mi trabajo. Show must go on.

Perfilar una cosa.

Reunión.

Acabar una cosa de ayer.

Skype con un cliente.

Entregar.

Mañana por la mañana.

Cielo, ve cenando tú, ¿vale?

Físicamente, estaba cansado. Muy cansadzzZzZzZZzzz…

El portátil en la cama. Por la mañana, entre ella y yo. Y no, no habíamos estado viendo series. Me había quedado dormido con el portátil en la cama, trabajando. Vale, en realidad miento si digo que el puto portátil estaba “entre ella y yo” porque ella ya no estaba. Me había dormido y ella ni siquiera me había despertado. Y por supuesto ni siquiera se había despedido con un beso.

Creo que esa noche nuestras pieles no estuvieron en contacto en ningún momento.

Esa noche nuestras pieles no estuvieron en contacto en ningún momento

Pero hay algo que creo que todavía que fue peor aquella mañana. Cogí el móvil y ¿adivináis a quién llamé primero?

Exacto. A la oficina. Que iba a llegar tarde. No pasa nada. Iba todo tan bien allí que por un día no pasaba nada. Además mi tono era inconfundiblemente el de alguien preocupado. Y debería haberlo estado no solo por llegar tarde, sino porque ni siquiera la pude llamar a ella.

No era capaz. Le mandé un WhatsApp. “Cariño, ¿todo bien?”.

Todo bien una mierda. Mi trabajo era ahora más importante que ella en mi vida. Y ella no era gilipollas, claro. ¿Y yo?

Todo bien una mierda

¿Me había convertido en un gilipollas?

O quizá ya era gilipollas de nacimiento y aceptar aquel ascenso en el trabajo fue solo la prueba concluyente.

Me puse a recordar aquella cena en la que se lo conté. Fue la última que hicimos fuera, los dos solos, tranquilos y sin hablar de trabajo más de lo necesario. Habían pasado ya 3 meses. Nuestra particular última cena. Como el cuadro ese, pero sin apóstoles, y con ilusión. Y sobre todo con una ceguera increíble. ¿Cómo podía imaginarme esto? Estábamos tan bien…

Me pregunto ahora a qué se refería ella con aquel “cariño, te lo mereces”.

Quizá a esto. A estar aquí solo. En nuestro piso. Que ya no es nuestro. Por lo visto ahora es mío.

No puedo seguir escribiendo esto.

Tengo que entregar un proyecto mañana. ¿Sabéis? Yo antes tenía uno para mi vida. Un proyecto, digo. Os dejo.

¿Me había convertido en un gilipollas o aquella era la prueba de que era gilipollas desde que nací?

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