Ficciones

El mundo está lleno de placeres ocultos

Dicen que Paula tiene una enfermedad, pero lo cierto es que a ella le encanta #trilogíadelhambre

-Imágenes de Aurel Schmidt

Paula tenía ese problema desde pequeña, aunque para ella no era exactamente “un problema”. Su madre sí lo pensaba así, y por eso desde que en casa se dieron cuenta de lo que le ocurría a la niña, trataron de poner todos los obstáculos posibles, todos los muros, todas las curas a su enfermedad.

A Paula le parecía divertido el empeño que sus padres ponían en ocultar todas las cosas de la casa que pudieran despertar esa pequeña electricidad que se producía en su mente y en su pequeño órgano sexual cada vez que veía una pieza de fruta, una tableta de chocolate o cualquier tipo de bollería industrial con una forma graciosa.

Ninguno de ellos sabía qué nombre ponerle a este fenómeno, e incluso el psicólogo al que contrataron se sintió confuso la primera vez que intentó determinar el nombre de tal parafilia. “Vaya, que a su hija le pone cachonda la comida”, determinó el psicólogo. “¡Eso ya lo sabíamos, su trabajo es solucionarlo!”, gritó la madre. “¡Qué quieren que haga yo, no soy exorcista!”, concluyó el doctor.

Dedicando mucho esfuerzo, la familia evitó los plátanos, las salchichas, las barras de pan y cualquier cosa que Paula pudiera asociar con un falo. No dejaban a la niña ir a comer a casa de sus amigas, porque temían que le pusieran de postre alguna papaya o mandarina, y que en medio de la comida la chiquilla tuviera un orgasmo.

Con el tiempo, fue la propia Paula quien aprendió a controlarse, y aunque aún veía tetas, chichis y penes por todos lados, se contenía para que nadie a su alrededor volviera a preocuparse. De hecho, cuando ya era una jovencita sus padres pensaban que el problema se habría solucionado.

Paula había cumplido los veinte años cuando logró independizarse gracias a una beca de estudios en el extranjero. Cuando puso los pies en su nuevo piso de estudiantes, lo primero que hizo fue ir corriendo a la nevera: le embriagó el olor a embutido, la cesta de frutas maduras, el color rojísimo de la ternera.

Se llevó un melocotón para ella sola, por fin, le pegó un mordisco a la fruta, sintió el líquido dulce recorriendo su barbilla y, por primera vez en toda su vida, sintió esa enorme descarga de placer que durante tantos años le había sido prohibida.

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