Ficciones

Los chicos guapos nunca salen con chicas feas

...pero mi triste historia demuestra lo contrario

—Lindsey Wixson por Terry Richardson

Si me limitara a contaros cómo descubrí que mi novio me estaba engañando con otra tía, esta historia no sería nada interesante.

Esa parte de los acontecimientos se parece demasiado a cualquier película de mala muerte en la que una mujer encuentra un cabello de color distinto al suyo enredado al casco de la moto de él, o un cigarrillo de otra marca a la que ella suele fumar en el cenicero de la terraza, o incluso un Whatsapp anónimo en la pantalla del iPhone de su pareja, en donde sólo se puede leer “Vale, nos vemos las 8”.

¿Con quién me estaba engañando?

De todo, aquel cabello rubio fue la gota que colmó el vaso.

Cuando lo vi, no dije nada, me limité a arrancarlo del casco y me lo guardé en el monedero para poder examinarlo con detenimiento más tarde.

Allí estaba. Largo. Ligeramente ondulado. Brillante.

Mi mente comenzó a elaborar retratos robot y fichas policiales de cada una de las rubias que mi novio podía conocer, estaba segura de que encontraría a esa tía, y de que encontraría el modo de vengarme de los dos.

Primero pensé en Naomí, su entrenadora en el gimnasio. Pero su rubio de bote era más falso que los bolsos ‘Luis Vutón’ que se venden en los mercadillos. Aquel cabello era de un rubio real. De un rubio elegante y misterioso.

Después pensé en Carla, una amiga común que no sabíamos muy bien a qué se dedicaba pero que siempre iba ligando con todos los chicos de nuestro grupo de colegas. Imaginármela moviendo su tetazas delante de la cara de él me ponía enferma. Desde luego parecía la primera candidata.

Estaba segura de que me ponía los cuernos con aquella diosa

Sólo se me ocurría una candidata mejor que Carla, y esa era Mirena. Una pija a lo Paris Hilton que trabaja en la oficina de mi chico y que podría definir como escuálidamente sexy y estúpidamente divertida. De todas sus conocidas, era la única con la que pasaba mucho tiempo, aunque, según él, fuera centrados en asuntos de la empresa.

Me decanté por la Hilton. De hecho, todo encajaba. Las llamadas, los horarios, los comentarios sobre ella…

Como una mujer despechada de una película de Hollywood, me metí en el Instagram de Mirena para conocerla mejor. Cada fotografía me traía a la mente cuatro o cinco insultos ingeniosos, que me repetía a mí misma para no llorar.

No hay peor sentimiento que el de darse cuenta de que la mujer con la que te están poniendo los cuernos es una verdadera diosa:

—Rubia

—Delgadísima

—Bien vestida

—Bien depilada

—Ojos enormes

—Tetas bien puestas

—Piernas largas

—Amigas guapas

—Vegetariana

—Va a todos los festivales

—No tiene novio

—Adora a los perritos

—Sus padres tienen una puta casa en la playa…

Si seguía mirando iba a deprimirme.

Odiaba a Mirena.

Odiaba a mi novio.

Odiaba la idea de estar en casa, tirada en el sofá, esperando a un hombre que en realidad estaría toqueteando con sus dedos largos una vagina distinta a la mía.

Me armé de valor y decidí ir a buscarle a la oficina.

Encontrarme con ella me dejó sin palabras

Cuando llegué al edificio, el portero me abrió en seguida porque ya me conocía de otras veces.

"¡Tu novio cada día se queda hasta más tarde, bonica! ¡A ver si le distraes un rato!".

Subí las escaleras y sigilosamente me dirigí a su despacho, guiándome por unos ruidos de besos y risillas que me dieron ganas de llorar.

Abrí la puerta.

Contemplé la escena.

Lo que vi me dejó muerta.

Al lado de mi novio, abrazándole con fuerza, había una rubia, sí, pero no era ni Naomí, ni Carla, ni Mirena. Se trataba de Cristina, una rubia fea tirando a muy fea que había entrado en la empresa como becaria.

Para que os hagáis una idea, si el Instagram de Mirena la elevaba a diosa, el de Cristina la reducía a hormiga. Y no lo digo por ser mala con ella… porque sólo hay que verla:

—Rubia, sí, pero con el pelo grasiento

—Ojos pequeños

—Dientes enormes

—Sin carisma

—Y a juzgar por las fotos a las que pone like, tiene la personalidad de un cortaúñas...

Después de varias peleas e insultos con mi pareja, lo cierto es que me sentí aliviada. Había algo extraño en esa sensación. Por un lado estaba dolida porque me habían engañado, pero por el otro me reconfortaba que su amante no fuera una tía más guapa y más molona que yo.

Aunque no entendía por qué él prefería a esa chica antes que a mí, que fuera tan fea no me hacía sentir triste, ni envidiosa, ni siquiera traicionada.

Sin embargo me sentía incómoda al pensar esto.

Me sentía mal por Cristina.

Estaba tan sorprendida con la situación que de pensarlo hasta me entraba la risa.

¡Con lo que me he esforzado toda la vida para ser la chica guapa de la que mi novio se sintiera orgulloso... y de pronto me deja por eso!

No entendía por qué me mentía con ella

Traté de recordar si en la Historia de la Humanidad y de las Relaciones Amorosas se había producido ya algo así. Y entonces se me ocurrieron millones de parejas de famosos en las que ella es preciosa y él un adefesio. Me vinieron a la mente tantísimos hombres viejos y mujeres jóvenes; hombres bizcos y mujeres esbeltas, hombres calvos y mujeres con melenas extraordinarias, hombres con cara de mono y mujeres vestidas de seda.

¿Los chicos guapos no salen nunca con chicas feas?

Tecleé esas palabras en Google para descubrir si había foros o artículos dedicados a explicar este fenómeno y encontré todo un universo de teorías.

Primero averigüé que para muchas mujeres aquello era un cuento chino. Después, me encontré algunos comentarios que reforzaban mis temores sobre qué se le habría pasado por la cabeza a mi novio para tirarse a Cristina.

"Fijaos en que ni un solo famoso guapo sale con una tía que no sea ni un poquitín más fea que él", leí por un lado.

"Pues yo he escuchado que a los guapos les gustan las feas porque son menos vanidosas, y porque así no están todo el rato mirándose al espejo", leí por otro.

"Lo hacen para poner celosas a las mujeres a las que realmente quieren conquistar", escribía una.

Pero el mejor comentario que encontré fue este: Un hombre guapo que se acuesta con una mujer fea lo hace para sentirse mejor persona, para pensar que de alguna manera está contribuyendo a la felicidad de ella, a los tíos les gusta hacerse los héroes, sobre todo utilizando la varita mágica que piensan que es su pene".

¿Qué dice de mí que no sienta celos de una chica fea?

Yo aún no sabía qué pensar de mi situación, todo había ocurrido demasiado rápido, y aquellos comentarios de Internet me parecían sexistas y terribles, y al tiempo bastantes graciosos.

Opté por reírme de él, de ella, de mí misma.

Tardé poco en convertir a "mi novio" en "mi ex novio".

Más tarde, con la ayuda de mis amigas, mis heridas cicatrizaron.

Cuando quedo con ellas y sale el tema de nuestras relaciones, suele aparecer el nombre de Cristina, y nos referimos a ella como la reencarnación de Serge Gainsburg o de Betty la fea.

Y después nos reímos.

Y después nos sentimos crueles.

Y después nos preguntamos por qué razón los corazones se curan antes cuando la tercera persona es alguien a quien no tienes nada que envidiar.

El corazón es extraño, la belleza da asco

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