Ficciones

Que seas el número uno no significa que tu vida no pueda ser una mierda

3 ficciones alrededor de las vidas de Miley Cyrus, Kimi Raikkonen y Daniel Radcliffe

(3 momentos ficcionados de la biografía de 3 celebridades

#NoQueremosSerlNúmeroUno)

UNO. EL PERRO MUERTO

Mi perro se ha muerto.

No sé qué decir ahora. Qué hacer ahora.

Mi perro, con el que he compartido más cosas que con cualquier otro ser vivo o humano, con el que he crecido y pasado los peores y mejores momentos de mi vida, ya no está aquí.

Bueno, su cuerpo sí lo está. Ahí tendido en el suelo como una almohada blanca o una maraña de plumas, o, qué sé yo, un montón de polvo y pelusa esperando a que alguien haga algo con él.

Pero mi perro, aunque esté, no está.

¿Qué se hace cuando tu mascota deja este mundo? ¿A quién se llama? ¿Dónde se lleva el cuerpo?

Eso que hay en el suelo ya no es él, sino la dulce y blandita cáscara que soportaba su alma.

¿Qué hay que hacer ahora?

¿A dónde me lo llevo?

¿A quién acudo para que me aconseje sobre cómo debería actuar?

Nunca me había parado a pensar en esto, pero nadie nos enseña nunca cómo actuar cuando un animal muere, ¿lo quemo en mi salón? ¿Lo llevo a una playa y preparo un ritual? ¿Llamo a una perrera para que lo hagan desaparecer?

¿No puedo quedarme con sus cenizas?

Mi perro se ha muerto.

Hace unos minutos he subido una foto con él, de cuando estaba vivo, a mis redes sociales.

Tengo más de 30 millones de seguidores en Instagram.

Nada más subir la foto, he recibido 2.000 likes y más de 500 comentarios dándome el pésame.

Me pregunto cuántos perros más habrán muerto hoy alrededor del mundo

Lo siento, Miley, lo siento mucho.

Larga vida a tu perro, Miley.

Miley, te queremos, sé fuerte.

Miley, la vida sigue, ánimo.

Eres fantástica, Miley, y tu perro también lo fue.

No estés triste Miley, somos muchos los que te apoyamos.

Mi perro se ha muerto.

Me pregunto cuántos perros más se habrán muerto hoy alrededor del mundo. 

Cuántas chicas como yo estarán llorando porque su Toby, su Pecas, su Fluffy o su Pecón han dejado de latir.

Mientras me seco las lágrimas, los likes van en aumento.

Cientos de jóvenes de todo el mundo se están solidarizando conmigo.

¿Por qué lo harán?

¿De qué les sirve a ellos y de qué me sirve a mí saber que miles de personas que no conozco de nada tienen un mensaje de apoyo que hacerme llegar?

Soy famosa.

Soy guapa.

Tengo dinero.

Muchos me odian y otros me quieren, todos me conocen.

En la pantalla, la esquizofrenia de etiquetas, corazones y mensajes siguen sucediéndose.

Soy famosa.

Soy guapa.

Todos se compadecen.

Pero mi perro se ha muerto.

Se ha ido para siempre.

Y yo no tengo ni puta idea de qué hacer.

DOS. EN TODA LA CARA

Es el hombre de hielo. Con esa seriedad, con esa belleza.

El hombre de hielo tiene los ojos clarísimos, de un azul que casi es transparente, que casi podría parecerse más a un día claro, o incluso a un copo de nieve, que a un iris nórdico.

Le llaman así, Iceman, porque nunca ha sonreído.

Porque incluso cuando sube a su podio estrellado, con la cara impregnada de pequeñas gotas de sudor y champán, sus labios permanecen rectos, su rostro inexpresivo, su belleza fría, muy fría, tanto que hace daño.

Impasible, el hombre de hielo conduce coches de diseño a una velocidad con la que la tensión paraliza su sangre hinchando las venas también de su cráneo.

Impecable, el hombre de hielo nunca ha tenido miedo de que su vehículo estallara en mil pedazos en una curva muy cerrada.

Imponente, su acento endiablado en las ruedas de prensa, resumiendo de manera esquemática cómo ha ido la carrera: “yo he salido a correr, yo he ganado”.

Lo llamaban Iceman, nunca había sonreído

E importante, su carne blanca junto a la carne blanca de decenas de modelos suaves, carnes blancas y rubias como las suyas, carnes abiertas para sus gotas de sudor, champán y éxito.

Pero aquí está ahora el hombre de hielo.

Aquí sentado está Raikko el bárbaro. 

Aquí, Kimi Raikkonen, ganador de Grandes Premios y de Grandes Mujeres, con el culo desnudo sobre un jacuzzi caliente.

“Qué vida de mierda”.

Se dice borracho y bajo una mueca extrañamente alegre y casi adolescente.

“Qué poco me importa”

Se lamenta cuando los huevos de un vikingo se le restriegan por la cara.

TRES. SÓLO ES MAGIA

—¿Te acuerdas cuando de pequeños jugábamos a desaparecer?

—Es la sensación de libertad más grande que he experimentado en toda mi vida.

—Allí abajo nadie nos veía.

—Podíamos ser nosotros mismos, claro, podíamos incluso dejar de serlo.

—Es muy triste que todo eso haya acabado.

—No ha acabado, tío, y lo sabes.

—Sí… ya… puede que no haya acabado para nosotros, pero para los demás sí.

Los años de magia fueron los más felices de su vida

—Pero qué dices, si están deseando que vuelvas, están deseando que salgas ahí y pongas una de tus caras o digas alguna de tus frases célebres.

—No depende de mí, no depende ni de ti ni de mí…

—Haz que dependa de ti, sal a la calle y muéstrales lo que sabes hacer.

—Ya lo intenté una vez y me llamaron loco.

—No te llamaron loco, pensaron que estabas gastándoles una broma.

—Por eso mismo, les parecía una locura que yo hablara de mis poderes, de mis poderes reales.

—Es que los tienes.

—Los tengo…

—Sí, los tienes.

—Sí. Los tengo, joder. Ya sé que los tengo.

—El único problema es que te utilizaron, y por eso tienes tantas dudas.

—No me utilizaron, yo sabía lo que estaba haciendo. Gracias a esas malditas películas tuve una infancia libre.

—Te utilizaron, reconócelo, te convirtieron en una estrella pero no por haber sido tú mismo, sino por haber representado a otro niño.

—Yo me sentía bien.

—Pero ahora mírate.

—Yo era feliz.

—Ahora no lo eres.

—No lo serás tú…

—Y si yo no soy feliz, tú tampoco lo eres, recuérdalo. Además, la fama de la infancia ya hace tiempo que se pasó. Si quieres sentirte libre, tienes que confiar, salir ahí fuera y dejarles a todos deslumbrados con tu verdad.

¿Por qué nadie me cree si digo que tengo poderes?

—Me van a llamar loco. Puede ser mi fin.

—O tu renacer.

—No estoy nada seguro…

—Venga, vamos, que al fin y al cabo eres un gran actor.

—Ni siquiera lo soy. Sólo es magia.

Daniel Radcliffe coge una toalla, y tapa con ella el espejo del cuarto del baño con el que lleva más de una hora hablando.

En un rato tiene un encuentro con fans de Harry Potter en un club de Londres.

Sólo con ellos puede hablar de lo que siempre ha sido: un mago.

Todos pensarán que es ficción, aunque él sepa que no.

Sale de casa.

En el espejo del ascensor su reflejo le vuelve a mirar con rostro de desaprobación.

Daniel Radcliffe entiende esos ojos.

Baja la mirada.

Se siente derrotado.

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