Ficciones

Tuvimos que acostarnos para poder seguir siendo amigos

¿Puede el sexo salvar una amistad?

*Fotografías interiores de David Johnson.

1.

Era mi mejor amiga pero, de pronto, sentía una necesidad irrefrenable de acostarme con ella. Y lo peor es que a ella le pasaba lo mismo. No entendía muy bien cómo había ocurrido. Hacía más de diez años que nos conocíamos, y nunca hubo indicios de que lo nuestro pudiera ir más allá de la amistad. Nos queríamos, claro. Pero nuestro amor siempre había sido platónico. Éramos casi como hermanos. Hasta ahora. No, no es que me hubiese enamorado de ella. Aunque, ¿qué es el amor, sino amistad más sexo?

2.

Sucedió en la fiesta de cumpleaños de un amigo en común. Yo acababa de volver de París, donde había vivido una temporada. Hacía más de un año que no nos veíamos. Nos moríamos de ganas de vernos y darnos un abrazo. Fraternal, claro. O eso pensábamos. Recuerdo el momento exacto en el que pasó. Estaba siendo una noche de mojitos y carcajadas. La típica noche de verano en la que la humedad reblandece las corazas. Habíamos estado haciendo bromas sobre nuestra recién estrenada soltería durante toda la noche. Nos entró hambre y fuimos a la cocina a la caza de sobras. Nos pusimos a hacer el tonto con la comida y de repente dejó de ser una broma. Nos descubrimos mirándonos el uno al otro de una manera en la que no lo habíamos hecho nunca.

3.

Nunca hubiese imaginado que nos pudiera pasar algo así. Nos habíamos conocido el primer año de carrera y desde entonces habíamos sido inseparables. Sabíamos pasarlo bien juntos. Compartíamos amigos, recuerdos y confesiones. Siempre habíamos estado ahí cuando nos habíamos necesitado. Le había aconsejado sobre regalos para su novio en Navidad y le había chivado qué tenía que hacerle para volverle loco en la cama. Ella me había aguantado cada vez que una chica me había hecho llorar y siempre me había ayudado a hacer cajas cada vez que me mudaba. Éramos esa clase de amigos.

4.

La mañana después de la fiesta me desperté con un WhatsApp suyo. Estuvimos hablando más de una hora. Se me durmieron los dedos de tanto escribir. Os voy a resumir la conversación: ambos nos habíamos dado cuenta de lo que había pasado, y ambos estábamos de acuerdo que era una locura plantearse que podía pasar algo entre nosotros. Dijimos que “sería demasiado raro”, que “tenemos demasiados amigos en común”, que “acabaríamos por joder nuestra amistad”, que “probablemente solo fuera la ilusión de volvernos a ver”, que “estábamos borrachos”. Esta clase de cosas.

5.

La tensión sexual es como un globo de helio que se hincha sin parar, hasta que llega el momento en que tienes que soltarlo o correr el riesgo de salir volando. Y eso es lo que nos pasó a lo largo de las siguientes semanas. Era verano y cada fin de semana había un plan. Y en todos coincidíamos. Habernos evitado habría levantado sospechas entre nuestros amigos. Hacíamos esfuerzos por contenernos, pero cada vez nos resultaba más complicado. Especialmente cuando ya llevábamos alguna copa de más.

6.

Además estaba Alex. Su ex-novio. Uno de mis mejores amigos. Yo fui quien los presenté. Habían salido durante cinco años. Pero dejó de funcionar y hacía medio año que se habían separado. Pero Alex seguía formando parte de nuestro grupo de amigos y, evidentemente, si pasaba algo entre nosotros se iba a dar cuenta. Y nunca nos lo perdonaría. Sí, todos los argumentos sobre que íbamos a joder nuestra amistad en realidad eran una manera de enmascarar el verdadero problema. Ninguno de los dos quería joderle la vida a Alex.

7.

Pero la burbuja seguía hinchándose. Y corría el riesgo de estallar. Entonces decidimos que debía ser una detonación controlada. Llegamos a la conclusión de que teníamos que acostarnos. Al fin y al cabo, la única manera de librarse de la tensión sexual es ceder ante ella. Teníamos que follar para poder seguir siendo amigos. Oscar Wilde hubiera estado orgulloso. El problema es que cabía la posibilidad de que, después de acostarnos, todavía nos sintiéramos más atraídos.

Entonces tuve LA IDEA: teníamos que hacer todo lo posible para que el sexo fuera horrible. Un polvo tan chungo que hiciera que se nos pasase la atracción que sentíamos de forma instantánea. Un polvo aburrido, feo e incómodo. Un polvo totalmente olvidable. El peor polvo de la historia.

8.

Fijamos una fecha y empezamos con los preparativos. Decidimos darnos tres semanas para ir matando la libido poco a poco. Tenían que ser los juegos previos más anticlimáticos posibles. Ella se dejó de depilar y me mandaba fotos de sus piernas peludas. Yo le contestaba con selfies sacando barriga. Ella me mandaba fotos comiendo con la boca abierta, y yo de mi montaña de calzoncillos sucios. De pronto, nuestro archivo de imágenes compartidas en WhatsApp parecía un capítulo de Obsesivos Compulsivos.

Dejé de masturbarme con la esperanza de, al llegar el momento, pudiese pasar por eyaculador precoz y, para rematarlo, empezamos a hacernos confesiones embarazosas. Creedme, cuando dos personas que siempre se lo han contado todo todavía tienen secretos embarazosos es que son muy embarazosos. No entraré en detalles pero digamos que se mencionaron problemas intestinales, hongos y granos muy inoportunos. Si para ligar solemos mostrar una versión maquillada de nosotros mismos, nosotros nos estábamos haciendo una mala operación de estética.

9.

Llegó el día de la verdad. No me duché. Olvidé ponerme desodorante y comí con alioli. Esperé que ella hiciese algo parecido. Quedamos para cenar y decidimos que la mejor opción era un kebab con mucha salsa picante. Tras la cena fuimos a tomar una copa para calmar nuestros nervios. Y ahí empezó a torcerse el plan. Deberíamos haber mantenido la cabeza fría. Deberíamos haber llegado sobrios a mi casa para que fuese lo más incómodo posible. Pero el alcohol volvió a encendernos. Nos temíamos lo peor.

10.

Habíamos empezado bien, ella pidió apagar cualquier resquicio de luz y se tumbó en la cama inerte. Yo olía a sudado y tenía un aliento venenoso. Pero cuando nuestros cuerpos se tocaron todo se fue al garete. De pronto ya no importaban sus piernas peludas ni mis uñas renegridas. Se nos fue la cabeza y nos olvidamos de cualquier rubor. Muy a nuestro pesar, fue un polvo memorable. Maldita química.

11.

Si algo aprendimos de todo ello es que, en el sexo, cuanto más poderoso es el deseo más secundario se vuelve todo lo demás. También descubrimos que no se pueden engañar a dos cuerpos que se buscan. Nosotros habíamos intentado engañar a nuestra pasión. Y esta se había vengado con todas las de la ley. Quizá podíamos sacar una lección de todo ello. Quizá nuestros cuerpos nos estaban diciendo que había llegado el momento de dejar de preocuparse de todo lo que nos rodea y aceptar que nos queremos.

Engañar a la pasión nunca es una buena idea

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