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El youtuber más guarro puede salvar a la humanidad

H

 

Palabra de psiquiatra

Alba Muñoz

06 Mayo 2015 06:00

Como psiquiatra sé que no debería decir esto, pero ahí va: señor H., está usted como una puta cabra. Es el diagnóstico más preciso que puedo hacer.

No voy a recetarle antidepresivos, tampoco tranquilizantes. No voy a recomendar que una institución psiquiátrica se encargue de usted.

Lo he meditado mucho y he llegado una conclusión: sus impulsos destructivos son terapia para la sociedad. Su locura íntima nos hace bien a los demás.

Me explicaré.

¿Recuerda cuando le recomendé que a la vuelta de la oficina intentara cocinar? A mucha gente le relaja.

Era Halloween, y usted preparó una tarta.

Tras ver el resultado le sugerí que intentara cocinar vegetales, que evitara los ingredientes grasientos que tanta ira le provocaban.

¿Qué tal un wok de verduras? Un toque oriental siempre es algo zen.

Señor H., lleva usted 15 años trabajando en la misma empresa. Sus jefes no tienen queja alguna, no tiene antecendentes, sus vecinos le describen como una persona afable e inofensiva.

Su problema es de índole privado, diría que casero: cuando llega a su hogar se convierte en una especie de Hulk obsesionado con los huevos, en un demonio de tazmania metido a chef.

¿Qué demonios es lo que le pone tan nervioso? Cómo no, usted me contestó con un vídeo.

Mark Zuckerberg era una buena excusa, pero había que buscar el origen de ese odio descomunal.

Entonces me habló de máquinas recreativas. Las detestaba cuando era niño.

Desenvolver un caramelo también le ponía del los nervios. ¿Y a quién no?

Se supone que los psiquiatras partimos de un un hecho evidente: el mundo está plagado de elementos que nos desestabilizan, por eso debemos aprender a gestionar nuestra emotividad.

Usted me demostró que hay cosas que están pensadas para desestabilizarnos, que el mundo también es una provocación.




Sus vídeos empezaron a gustarme. Usted se comportaba como un orangután rabioso, pero sus marranadas resultaban tremendamente liberadoras.

Hice la prueba con mis pacientes más violentos: sólo con pulsar el play, se iban a casa tranquilos, como si hubieran entrado una pastelería con un bate de béisbol.

Señor H: usted destruye la armonía, malgasta alimentos, los mezcla con sus propios fluidos, une de la forma más grosera la comida y el sexo. 

Amasa el mundo hasta convertirlo en un puré de basura, en su propio vómito. Usted devuelve las cosas a su estado auténtico: el caos. Y lo hace sin atentar contra el sistema ni contra la seguridad de los demás.

Le doy las gracias. Sus ataques de ira sun una bendición, un maravilloso contenedor de paz, un remedio casero para nuestras almas.


El caos traerá la paz









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