Ficciones

"Vendo leche materna a hombres desesperados, ¿soy una mala madre?"

Una confesión ficticia sobre el apasionante y complicado mundo de la lactancia materna

I

Una gota salió de mi pezón y me asusté.

Era de un color amarillento, casi naranja, y espeso.  

No sé qué cara de horror debí poner cuando aquella gotita comenzó a descenderme por el pecho, pero en ese momento una de las enfermeras que me había atendido en el parto se acercó a mí para consolarme.

—Eso se llama calostro, me dijo.

—¿Calostro?, pregunté extrañada ante un nombre tan sonoro.

—Sí, se trata de la primera leche que una mamá produce para su recién nacido. Está llena de propiedades que le harán estar sano. Es lo mejor que una madre le puede dar a su hijo. Aquí decimos que es puro oro.

—Qué pena que algo tan bonito tenga un nombre así de feo.

La enfermera me miró desconcertada, como si pensara que no había escuchado sus palabras.

Lo cierto es que durante mi embarazo apenas escuché los consejos de los médicos y matronas. Tenía la impresión de que siempre utilizaban términos cursis, o de que siempre nos trataban de convencer de todas las cosas hermosas que había en el sacrificio de la maternidad.

Sin embargo, las palabras de esta enfermera se me quedaron grabadas en la mente.

De hecho, el día del nacimiento de mi hija, mi vida cambió para siempre.

Pero no por la razón que cualquier otra madre daría —que si milagro, que si momento único e irrepetible, que si ternura desbordante, que si amor infinito—, sino más bien por aquel secreto que la enfermera me acababa de descubrir.

El oro.

El oro de la leche materna.

II

Yo todavía no lo sabía, pero aquello que empezaba a llenar mis tetas, a volvérmelas el doble de pesadas, a salir disparado como un chorro de la Fontana de Trevi, a ponerlo todo perdido cuando mi hija me succionaba con su boca recién hecha, o a empaparme los pijamas y las camisetas si me olvidaba de cubrirme los pezones con protectores, se iba a convertir en mi pequeño tesoro.

En mi modo de vida.

Hay muchas historias raras alrededor de la lactancia.

Lo cierto es que jamás me había interesado por ella, y cuando supe que estaba embarazada ni siquiera sabía si iba dar el pecho a mi bebé.

Después del parto y de los primeros días en casa, comencé a hablar con otras madres, a buscar en foros, en redes sociales, en revistas para padres primerizos, y todo lo que encontré sobre lactancia fueron datos confusos, opiniones muy dispares y mucho odio.

Mujeres que daban pecho odiando a mujeres que no lo daban.

Mujeres que no daban pecho odiando a mujeres que lo daban.

Aquello que debería ser asunto sólo de una madre y su hijo parecía una guerra pública, algo de lo que todo el mundo sabía más que tú.

La presión de esas personas de mi entorno que opinaban sobre mi fábrica de leche sin mi permiso, sumada al estrés que la propia lactancia me producía, me llevaron muchas veces a querer desistir, a abandonar.

Sin embargo, durante aquellas primeras semanas de maternidad, había algo que se repetía en mi cabeza, como un mantra:

—Tu leche es oro puro. Tu leche es oro puro. Tu leche es oro puro.

Mujeres que daban el pecho odiando a mujeres que no lo daban. Mujeres que no daban pecho odiando a mujeres que lo daban. Aquello que debería ser asunto sólo de una madre y su hijo parecía una guerra pública, algo de lo que todo el mundo sabía más que tú.

III

Puede que muchas madres se tomen esas palabras de las matronas como un incentivo para recrearse en su perfecta y natural maternidad.

Yo, en cambio, preferí tomármelo al pie de la letra.

Con un sacaleches en la mano y un pecho en la otra, el día en que mi hija cumplió los 2 meses decidí que era el momento de montar mi pequeño imperio.

Mi idea era tan sencilla que me sorprendía que a nadie se le hubiera ocurrido antes.

Si lo que producían mis tetas era oro, ¿no habría un montón de madres dispuestas a comprarlo?

Los foros de maternidad estaban plagados de mujeres que no podían dar su leche a sus hijos, o que no producían la suficiente como para alimentarlos correctamente.

En mi caso, Dios había decidido bendecirme con litros y litros del codiciado alimento, ¿no debería ser generosa y repartirlo entre los que lo necesitaban?

Sería como un banco de leche, pero a domicilio.

¿Que tu bebé necesita un buen biberón maternal y no quieres darle esos que dan prefabricados en la farmacia?

Pues aquí lo tienes, calentito y rico, recién exprimido de una mamá no fumadora y sana, madre de una niña regordeta.

Abrí entonces mi web, un poco secreta, un poco anónima.

Obviamente yo no quería que nadie pusiera cara a esa leche, y no puedo negar que me daba mucho miedo que ciertos conocidos se enteraran de que mi casa se había convertido en una verdadera fábrica: sacar leche, congelar, sacar leche, congelar, sacar leche, congelar, y así.

Cuanto más sacaba, más producía mi cuerpo, y más copiosos eran los festivales lácteos que se daba mi hija.

Mis tetas apenas descansaban: si no era la boca de mi hija, era el sacaleches.

Y por las noches tenía que cambiarme varias veces de protector; se me ponía todo perdido.

Así fueron las dos primeras semanas, muy productivas en casa, pero cero rentables en la realidad.

Nadie llamaba a mi puerta.

Nadie quería mi leche.

Me enfadaba pensar los motivos por los que otras madres no querrían dar a sus hijos lo que salía de mí.

Empecé a pensar que las mamás son demasiado orgullosas, que no quieren que nadie de más placer y más amor a sus hijos que ellas mismas.

Con las tetas llenas como globos, decidí no darme por vencida, y escribí mensajes anónimos en algunas cuentas de Instagram y blogs para mamis promocionando sutilmente mi web.

Fue entonces cuando llegó el primer mensaje, y con él, mi gran sorpresa.

Las mamás son demasiado orgullosas, no quieren que nadie de más placer y más amor a sus hijos que ellas mismas

IV

“Buenas tardes Mami Lechera. Soy un hombre de 40 años que vive en Madrid. No tengo hijos, no estoy casado, no me interesan los niños. Sin embargo sí me interesa tu leche. Me gustaría comprar 150ml para este fin de semana. Y si no es demasiado pedir, ¿podrías hacerme llegar en el pedido una foto de tus pechos? Muchas gracias.”

Vale, muy bien, en el mundo hay gente para todo.

Sabía que existían los frikis de las bragas usadas, los que se pajean con compresas y ropa sucia de jovencitas, pero no tenía ni idea de que ahí fuera la leche materna pudiera ser algo sexual.

Al principio sentí rechazo.

Después me iluminé.

Mi congelador estaba lleno de botecitos que si no usaba yo, no usaría nadie.

Mi hija estaba completamente saciada.

Mi leche había sido rechazada por la comunidad de mamis de mi ciudad.

¿Qué había de malo, entonces, en vender mi oro puro a un puñado de salidos?

—Tu leche es oro puro. Tu leche es oro puro. Tu leche es oro puro.

V

En Internet hay madres que suben fotos de sus hijos todos los días violando su privacidad y tentando a los pedófilos.

En Internet hay madres que se rinden ante las marcas de ropa o cosméticos infantiles y utilizan a sus bebés para promocionarlos.

En Internet hay madres que graban sus partos y su día a día familiar para ganar miles de seguidores.

En Internet hay madres que se denominan a sí mismas mamis, y dejan de ser personas, para convertirse en una pieza más del engranaje que es esa comunidad enfermiza de gente que sólo saben hablar de tetas, colecho, patucos y pañales.

Internet no es de los gatos, ni de los vídeos de desastres naturales, ni tampoco de las modelos.

Internet es de las madres, y ahora, Internet también es mío, aunque no por mucho tiempo.

Durante cuatro años mandé neveritas por mensajería rápida a hombres de todos los puntos del país y del continente a los que les excita beberse, verterse u olisquear mi leche.

Durante cuatro años recibí también críticas de profesionales de la salud, de asociaciones de padres, de usuarias cabreadas.

Pero hasta los grandes imperios acaban hundiéndose en ceniza, y como ocurre con las minas de oro puro, la leche también se agota.

Ahora que mi hija no quiere más pecho, el negocio se desmorona.

Hemos aguantado mucho.

Mi cuerpo ha dado de sí durante demasiados años.

Qué dulce supo el calostro.

Qué blanco el preciado líquido.

Y aunque a algunos les molestara que yo hiciera montañas de dinero con mi cuerpo a costa de mi niña, lo cierto es que lo he guardado todo para ella.

¿Para qué si no hacer lo que hice?

¿Para quién si no?

‬En Internet hay madres que suben fotos de sus hijos todos los días violando su privacidad y tentando a los pedófilos. En Internet hay madres que se rinden ante las marcas de ropa o cosméticos infantiles y utilizan a sus bebés para promocionarlos. En Internet hay madres que graban sus partos y su día a día familiar para ganar miles de seguidores.‪

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