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Lit

Por qué ir al baño en la primera cita quizás no sea una buena idea

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Hay veces que la realidad supera a la ficción. Así es como acabé con una caca dentro del bolso

silvia laboreo

23 Marzo 2016 19:38

Imagen de Remi Riordan

No nos engañemos. Cuando empezamos con alguien mentimos, engañamos, mostramos nuestra mejor cara y no somos del todo nosotros. Somos como la versión mejorada de nuestro yo real. La versión sin legañas. En los primeros momentos de una relación nadie come un kebab chorreante, nadie duerme en pijama, nadie tiene defectos, nadie se tira pedos, nadie tiene resaca y el sexo es maravilloso. Y nadie, NADIE va nunca al baño.

Cuando comenzamos con alguien, esa persona es como una especie de peluche o de esfinge cuyas funciones vitales se reducen a lo mínimo. Porque ¿quién quiere pensar en que nuestra pareja también necesita soltar lastre?  Yo siempre había tenido ese pensamiento —prejuicioso, lo reconozco— hasta que el pasado fin de semana... algo pasó.



Era la primera vez que mi nuevo novio me invitaba a cenar a su casa. Llevábamos un mes y era todo maravilloso. DEMASIADO maravilloso.

Sus compañeros de piso se habían ido de viaje y teníamos la casa para nosotros solos. Ese día había trabajado hasta muy tarde, por lo que me encontraba bastante cansada. Me metí dentro de un bar de mala muerte cerca de su casa y me pedí un café solo, con hielo. De un trago el café bajó por mi esófago y no tardó en hacer efecto. Me sentía renovada, activa, dispuesta a pasar la mejor noche posible con el chico que me gustaba.

Nada podía ir mal.

Llegué a su casa —un quinto piso sin ascensor, no me digáis que no es amor verdadero subir cinco plantas andando— y él me abrió la puerta.

Había preparado la mesa con el toque romántico cursi necesario para una primera cita: las velas, las servilletas dobladas en forma de grulla de origami, el tenedor y el cuchillo bien colocados y un nido de pasta humeante en el plato. Carbonara, sin nata. Punto extra, pensé para mis adentros.

Todo iba bien. DEMASIADO bien.  La conversación crecía conforme el vino bajaba, hasta que... el café hizo su efecto.

Perdona, ¿el aseo?

—Justo al final del pasillo —me dijo con una sonrisa radiante. La sonrisa de la ignorancia, de aquel que no sabe lo que está a punto de suceder. Del que no se imagina que la tragedia estaba a punto de golpear ese quinto piso sin ascensor.



La cosa había ido tan bien, sentía que lo conocía de toda la vida, era todo tan perfecto que me sentí fuerte para hacer mis necesidades en su baño. Sí, me atreví a cagar. Y fue un completo y absoluto error.

La cisterna del váter no funcionaba.  

¿QUÉ?

El pánico se apoderó de mí mientras veía como un trocito de mierda seguía girando solitario en el agua del retrete. Pulsé una y mil veces el botón de la cisterna esperando que sucediera el milagro que hiciera que ESO desapareciera del baño de mi ligue. Llevaba diez minutos con la cabeza metida dentro del retrete, inspeccionando el lugar del crimen. Mi novio debía estar preguntándose si me había dado un ictus en el baño e imaginaba que pronto tiraría la puerta abajo. De repente, tuve una revelación. Y supe exactamente qué es lo que tenía que hacer.

Cogí un trozo de papel, me envolví la mano con él y decidí pescar el excremento. Una vez que lo tuve en mis manos, me di cuenta de que el plan es que no había plan. Recapacité. Me encontraba en casa de mi novio, llevaba diez minutos en el maldito baño y ahora mismo tenía un trozo de mi propia mierda en la mano. 

Bravo.

Después de evaluar las posibilidades del terreno, caí en la cuenta que la única opción posible era una. No me juzguéis, sé que vosotros también lo habríais hecho.



Cogí cientos de metros de papel y embalsamé mi excremento con cuidado.

Y lo metí al bolso.

Salí del baño con mi bolso sorpresa, lo dejé en el sofá y la cena continuó como si nada. Cuando acabamos la carbonara, nos trasladamos al sofá para tomar una copa. Empezamos a besarnos pero yo no podía dejar de pensar en el contenido de mi bolso. Había una caca dentro. Is this real life? is this just fantasy? O una jodida pesadilla, Freddie.

—Eres maravillosa, me di cuenta desde el primer momento en el que te vi —me dijo mirándome a los ojos.

Oh, eso ha sido muy amable —respondí yo.

En verdad, lo que quería era gritar que tenía un pedazo de mierda en el bolso y que POR FAVOR avisara a un fontanero.

Llegó un punto en el que, presa de la desesperación, escribí a mi hermana en busca de consejo.



Después de un par de horas, mi novio fue al baño. Joder, ya era hora. Agudicé el oído y, tras unos minutos, escuché sonar la cadena. MENOS MAL. Quizás eran todo imaginaciones mías pero ahora tenía una mínima posibilidad de recuperar la dignidad perdida.

Corrí al baño, desenvolví el paquete fatídico, recé a todos los dioses posibles y lo dejé caer. A cámara lenta, casi con nostalgia. Si hubiera sido una película romántica ahora se escucharía música de violines y la escena se ralentizaría. Acerqué mi dedo al pulsador de la cisterna y... desapareció.

Era libre, estaba limpia, podía ir en paz.

Amén.

Chicos, esa es mi historia. Mientras un hombre me confesaba que era la mujer de su vida, un metro más allá, oculta en el bolso, se encontraba un pequeño pedacito de mi caca. Escatología romántica.

De esta anécdota aprendí una valiosa y simple lección.


NUNCA, NUNCA TOMES CAFÉ ANTES DE UNA CITA. ES MEJOR TENER MUCHO SUEÑO QUE UNA CACA DENTRO DEL BOLSO.


*Muchas veces, la realidad supera con creces a la ficción. Esta historia le ocurrió de manera real a la usuaria de twitter @__blotty y lo contó en esta red social. Sus tuits fueron RT por miles de personas y la historia se hizo viral. Nosotros simplemente nos hemos limitado a recrear aquellos momentos de pánico que vivió la protagonista.

Todo comenzó con un simple...


Y por supuesto, no podía ser una mala historia.





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