Ficciones

Tengo 15 años y odio Internet

Hay vida más allá de lo que pasa en Facebook, pero vosotros no queréis verla

¿Sabéis lo que es una mierda?

Una mierda es tener que pasarte toda la infancia jugando al Angry Birds en el móvil de tus padres cuando les dices que te aburres o que no puedes dormir.

Y no lo digo porque el Angry Birds esté absolutamente pasado de moda, sino porque pienso que durante años mis padres se han creído que yo no tenía sentimientos, o que esos juegos estúpidos estaban hechos para no tener que volver a hacerme caso.

En parte, llevan razón, nosotros nos entretenemos con cualquier cosa.

Dicen que pertenezco a una generación que puede destruir el planeta

Es fácil que guardemos silencio si nos dejan gastar un par de euros en más vidas del Candy Crush, o si ponen en nuestras manos una tablet con buena conexión.

Acabo de cumplir 15 años, y por lo que leo en la prensa soy parte de una generación “nativa de Internet”.

Esa misma que según unos está destinada a destruir el planeta con su carácter asocial y su continua depresión, y esa misma, también, en la que tantos han depositado su confianza porque técnicamente “vamos a estar más capacitados que otros para afrontar la realidad”.

Todo el mundo nos está mirando.

Nos miran porque creen que somos libres, que hemos nacido con “las cosas ya hechas”, y que nuestra manera de manejarnos en la red será la clave para desenvolvernos en el mundo.

A mí me gustaría que todo eso fuera verdad, pero lo que veo a mi alrededor me lleva a pensar todo lo contrario.

Hace unos meses, sin ir más lejos, suspendí un examen de lectura en clase de Lengua, porque la profesora se había enterado de que el libro que teníamos que comentar lo leí en PDF y no en la edición de Cátedra que ella había recomendado.

Yo no soy una inútil sin Internet

En otra ocasión, un profesor de Inglés escribió una nota a los padres de toda mi clase para prohibirnos usar Internet mientras hacíamos los deberes, porque se notaba que muchos de nosotros habíamos utilizado traductores online en los ejercicios.

Parece como si esa herramienta que el mundo nos concedía para ser los salvadores de la galaxia fuera en realidad nuestro peor enemigo, un demonio, una droga a la que nos querían hacer adictos para luego quitárnosla y demostrar lo inútiles que somos sin ella.

Pues no.

Yo no soy una inútil sin Internet.

Y para demostrarlo me he quitado de todas las redes sociales en las que se supone que tengo que estar.

No voy a retransmitir mi verano en Instagram.

No voy a contaros mi vida sentimental por Facebook.

No voy a copiar frases pastosas o ingeniosas o intensas en Twitter.

No voy a crear un grupo de WhatsApp para saber a cada minuto cómo están mis amigos.

Me niego a hacer lo que todo el mundo hace, y lo que al mismo tiempo todo el mundo critica de los demás.

Me niego a pasar por ahí, porque yo lo que quiero es ser libre.

Hacer lo que me gusta.

Estar tranquila.

No odio Internet, pero sí detesto el modo en el que la sociedad me ha invitado (o incluso obligado) a usarlo.

Quizá lo que a mi generación le toca, en realidad, es otra cosa: algo más real y tangible, algo más nuestro y menos impuesto, algo que nosotros creemos desde cero y no el cumplimiento de un sueño futurista, que es solo vuestro.

El futuro lo decidiremos nosotros

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