Ficciones

La tarde que Nicolas Cage descubrió que se había convertido en un meme

Nicolas Cage cuenta cómo pasó de ganar un Oscar a ser el meme favorito de internet

— ¿Se puede saber qué cojones es un meme?

El camerino huele a paja de boy scout. Al fondo, sentados sobre una nevera de carga superior, dos técnicos del programa en el que me entrevistan hoy se han parapetado a beber cerveza. Ríen, mientras sus ojos juegan un partido de ping pong que, parece ser, tiene lugar entre sus estúpidos teléfono móviles y mi cara.

No sé si existe el infierno; pero, si existe, debe parecerse bastante al camerino de El Hormiguero.

Ralph, mi agente, en lugar de responder a la pregunta que le acabo de hacer, consulta su tablet como si ésta fuera una de esas bolas que utilizaría un vidente.

 — Ralph: ¿Vas a decirme qué diablos es un meme?

Los técnicos, antes de marcharse del camerino, dedican a sus botellines de cerveza uno de esos tragos que levantan narices y joden columnas. El portazo que dan al salir se sincroniza perfectamente con el último ‘tap tap’ de Ralph en su tablet. La gira hacia mí.

— Quieren que hagas esto, Nic.

time show all talk has

 Supongo que eso es un meme.

— Me han pedido que hagas la misma entrada que hiciste en el programa de Wogan, Nic

Y eso, esa patada kung fu, también debe ser un meme.

— El productor ejecutivo del programa dice que una entrada así ayudaría a que la entrevista funcionase mejor en redes sociales. ¿Puedes con ello, verdad, Nic?

Yo mismo, 27 años más joven, consigo causarme un efecto hipnótico gracias al bucle de volteretas y patadas. Sin despegar los ojos de la tablet, la tomo de las manos de Ralph.

— Necesito estar solo unos minutos, Ralph.

— La grabación empieza dentro de diez. ¿Cuento con las volteretas, Nic?

— Estaré en diez, Ralph. Ahora déjame solo, por favor.

Cinco segundos después, Ralph cierra la puerta tras de sí. Treinta más tarde —tablet en mano, navegando por Internet, escribiendo mi nombre en el buscador— caigo hipnotizado, una vez más, conmigo mismo.

Sí: sé cómo funciona una tablet, ¿por quién me tomas? Me enseñó Chloë Grace Moretz durante el rodaje de Kick-Ass (2010, Matthew Vaughn); incluso, para que me entretuviese leyendo en los descansos, entre toma y toma, me descargó unos cómics en PDF —me chiflan los cómics, no me da ninguna vergüenza admitirlo. Lo que no me enseño Chloë fue esto.

Estos putos memes. Dios bendito: habrá unos mil.

¿Será por esta basura que el teléfono ha dejado de sonar? ¿Es por culpa de esto que sólo me llaman para doblar The Croods (2013, Chris Sanders, Kirk DeMicco)? Cómo odio The Croods, Jesús Bendito.

Nota mental: despedir a Ralph. No, mejor: buscar a un nuevo agente y, luego, despedir a Ralph; no soy de esos tipos a los que les gusta quedarse con el culo al aire, ¿sabes lo que quiero decir? Claro que lo sabes. Y también sabes que Ralph se va a ir a la puta calle.

Ralph “el-cine-de-animación-dará-un-nuevo-rumbo-a-tu-carrera”; Ralph “la-segunda-parte-del-motorista-fantasma-será-la-buena”; Ralph “nada-puede-salir-mal-si-el-guionista-es-el-mismo-que-el-de-taxi-driver”. Por eso Como Perros Salvajes (2016, Paul Schrader) llega ahora a España, un año después de estrenarse en Estados Unidos: porque nada puede salir mal, ¿verdad, Ralph?

Por eso estoy en el camerino de El Hormiguero, oliendo a paja de boy scout, y mentalizándome de que, en menos de diez minutos, tendré que estar dando volteretas para que mi entrevista “funcione mejor en redes sociales”. Para que la gente, mediante vídeos que se reproducen en bucle, pueda seguir destripando mi maldita vida.

¿Cómo han podido torcerse tanto las cosas?

Tú quizás no lo sepas, pero yo, con solo 19 años, ya estaba trabajando con Coppola en La Ley de la Calle (1983, Francis Ford Coppola). Vale, de acuerdo: Francis es mi tío; pero, seamos francos: ¿Quién puede acusarme de utilizar mi apellido para conseguir un papel? Si incluso cambié el ‘Coppola’ por, ya sabes, ‘Cage’, en honor al superhéroe Marvel Luke Cage —como te dije, los cómics me chiflan.

¿Qué has hecho tú antes de los 25? ¿Un vídeo de seis segundos con mi cara reproduciéndose de forma ininterrumpida? Yo, a tu edad, ya me había llevado a la cama a Cher ( Hechizo de luna) y tenía postrados a mis pies a los Hermanos Coen ( Arizona Baby) —llevarte a la cama a Cher y tener postrados a tus pies a los Hermanos Coen era algo de lo que uno, hace un par o tres de décadas, todavía podía alardear.

En la tablet, toda una cosmogonía de gifs me sirve de recordatorio: no había nadie mejor que yo en los noventa; no había nadie más prometedor que yo en los noventa. El niño bonito de David Lynch ( Corazón Salvaje); de Brian de Palma ( Snake Eyes); de Martin Scorsese ( Al Límite).

La Academia me dio un Oscar por Leaving Las Vegas (1995, Mike Figgis).

Vosotros me disteis esto.

— Le necesitamos en plató dentro de cinco minutos, señor Cage —me grita una voz desconocida, en un inglés espantoso, desde detrás de la puerta del camerino.

Cristo, ¿qué estoy haciendo aquí? Elijah Wood, cuando grabamos esa sosería de Policías Corruptos (2016, Benjamin Brewer, Alex Brewer), me dijo claramente lo estúpido que le hicieron sentir en este jodido programa.

— Yo de ti no iría, Nic —me insistía Elijah, por teléfono, hace unos días—. Es algo así como un programa infantil para adultos: te tratarán como a un imbécil, te harán hablar con marionetas, y te obligarán a hacer juegos científicos. Puedes pagarte un viaje a España por ti mismo cuando quieras, tío; pero por lo que más quieras: no vayas al Hormiguero.

Puede soportar que me traten como a un imbécil; lo de las marionetas; lo de los juegos científicos. Pero no puedo asegurar que mi espalda soporte esto.

Mierda, ¿te acordabas tú de lo de los billetes? Yo tampoco, la verdad.

Ni de los billetes, ni de esto.

En cualquier caso: estábamos hablando de mi espalda, ¿recuerdas? Sé lo que estás pensando: “Cómo va a tener problemas de espalda el mismo Nicolas Cage que parecía poder con todo en La Roca (1996, Michael Bay) o en Con Air (1997, Simon West)”, ¿cierto? Piensas: “Vamos, Nic: si incluso Burton te escogió a ti para hacer de Superman; corta el rollo”.

Y tienes razón. Pero mi espalda no era la misma en la nunca estrenada Superman Lives (1998, Tim Burton) que en El Motorista Fantasma 2 (2012, Mark Steven Johnson) —Mark, por cierto, fue muy comprensivo cuando me dio el lumbago grabando aquellos planos de persecuciones.

Pero, ¿qué coño estoy diciendo? El problema no es mi espalda. El problema es esto.

Te lo concedo: en Cara a cara (1997, John Woo) estuve un poco histriónico; pero, ¿justifica eso el asedio al que mi imagen está siendo sometida?

— Un minuto, señor Cage —me dicen, de nuevo, con un acento salido del mismísimo averno.

No: el problema no es mi espalda. El problema es el número de espectadores de La Búsqueda 2 (2007, Jon Turteltaub) es residual, si lo comparamos con el de la cantidad de gente que ha visto, compartido y faveado, bueno, ya sabes, esto. 

— ¿Señor Cage?

Y esto.

— ¿Todo bien, señor?

Y esto otro.

— ¿Puede oírme, señor Cage?

Todo esto, en un camerino español, desfilando ante mis ojos.

Anne Horel pizza nicolas cage annehorel 

— ¿Señor?

El acento del pobre diablo sigue siendo igual de estúpido. Pero ya no lo escucho.

Porque ya no estoy allí.

No me puedo creer que el taxi también huela a paja de boy scout, pero vaya si lo hace. Camino al aeropuerto, mi móvil no deja de vibrar: cada nueva llamada de Ralph se encadena de forma desesperada con la anterior.

La tablet, en reposo, con su pantalla negra, me devuelve —esta vez sin estridencias— el reflejo de mi cara; la de verdad. En la radio, un punteo que conozco muy bien se despereza antes de que entre el charles. Si miras el retrovisor delantero, ahí me tienes: sonriendo, como un completo idiota. Ojalá esto fuese un gif, pero no: sé que esta euforia terminará en menos de tres minutos. Y quizás sea mejor así.

Me incorporo hasta invadir la parte delantera del taxi. Subo el volumen.

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