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El funeral de Lolita

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Parte III: Las lolitas nunca mueren (una ficción de adolescencia)

Luna Miguel

22 Diciembre 2015 06:00

Fotografías de Marta Bevacqua

I.

No importa la cantidad de funerales a los que hayas asistido a lo largo de tu vida.

La impresión que produce contemplar el rostro de una persona a la que tantas veces has visto respirar, y que ahora está pálida, demacrada y ausente, siempre resulta espeluznante.

Hay algo falso en las facciones de los muertos.

Algo increíblemente brillante —ese barniz, ese maquillaje previo a la incineración o al agujero— que convierte al cadáver en una especie de estatua con la piel más fría que el mismo mármol.

Eso es lo que más me ha sorprendido siempre de ellos: su frialdad.

Recuerdo perfectamente cuando mi madre murió. Yo aún era muy pequeña, tendría siete u ocho años, pero insistí a mi padre que me dejara ver el cuerpo de mamá por última vez.



Cuando mis tíos me llevaron a un tanatorio de la periferia de Madrid, entré muy decidida en la sala donde descansaba su cuerpo.

Llevaba en las manos un dibujo que había hecho. Mi padre contó que podía dejarlo en su ataúd para que más tarde ardiera con ella, y así mis trazos de Plastidecor se fundieran entre su carne, humo con humo, ceniza con ceniza.

Antes de dejar el dibujo sobre su pecho, me apoyé sobre su torso y por primera vez en la vida sentí la ola gélida de la muerte sobre mí. Traté de no llorar, y lo cierto es que no lo hice.

Sin embargo, en adelante me costó mucho recordar a mi madre de otra manera. Siempre que la veía en un recuerdo, aunque este fuera muy feliz, mi mente se tornaba gris y su rostro cadavérico se me aparecía sin remedio.

No sé si lo que me ocurre a mí le pasa a todo el mundo, pero desde entonces cada funeral es un ritual extraño y difícil de asumir.

Por eso, cuando hace apenas unas horas recibí un mensaje de Facebook de Rocío, una antigua compañera de instituto, advirtiéndome de que Roberto había fallecido, no pude evitar pensar en el daño que su rostro brillante y frío podría producirme.

“Sé que él era muy especial para ti, y por eso, aunque sé que vives lejos, he decidido avisarte. El acto será mañana a mediodía y ya he contactado con casi todos sus antiguos alumnos para hacer acto de presencia y darle el pésame a la familia. Te dejo los datos más abajo. Sería estupendo darte un abrazo allí, Helena”.



II.

Son las cuatro de la mañana y estoy en la Rue de Saint-Georges cogiendo un taxi que me lleve de mi casa al aeropuerto Charles de Gaulle para subir al primer vuelo.

Sólo el viaje en coche me va a costar más de 50 euros, y el avión de ida y vuelta que compré ayer por la noche, tras leer el mensaje en mi bandeja de Facebook, me ha costado otros 300.

Cuando en la cena le conté a Silvain que me tenía que ir urgentemente a Madrid a un funeral, me miró preocupadísimo y me preguntó que si se trataba de un familiar cercano.

Preferí no dar demasiadas explicaciones y dije que sí, aun sabiendo que quizá más adelante, si nuestra relación iba hacia algún lado, tendría que contarle que el hombre al que iba a ver en una caja de madera al día siguiente no tenía ningún vínculo de sangre conmigo.

Si le hubiera dicho que Roberto sólo era un profesor de instituto que acababa de morir por culpa de un fulminante cáncer de pulmón me habría empezado a hacer las mismas preguntas que yo me estaba haciendo en ese instante, mientras cruzaba París de madrugada en un taxi renqueante.

¿De verdad vas a perder un día de trabajo por un profesor que te dio clase hace casi 15 años?

¿De verdad te vas a gastar ese pastón en un viaje de ida y vuelta para contemplar el cadáver de alguien con quien no hablas desde entonces?

Sí. De verdad.

En el aeropuerto algunas tiendas ya han abierto y decido comprar una caja de bombones para regalarle a mi padre en el caso de que, después del funeral, me de tiempo a darle una sorpresa y pasar por su casa de Alcobendas.

A las 7 en punto de la mañana subo al avión y me siento muy nerviosa.

Por un lado es como si estuviera abrochándome el cinturón de seguridad de una máquina del tiempo que me llevaría a la adolescencia.

Por el otro, sé que en realidad estoy viajando a la muerte.



III.

En Madrid ya ha salido el sol, y aunque una nube gris y espesa cubre los edificios, me da la impresión de que aquí el cielo es mucho más azul que en París.

Hacía tres años que no pisaba este aeropuerto, porque desde que la cadena de televisión me contrató no he tenido ni un solo día libre, y por eso siempre era mi padre el que acababa viniendo a visitarme en Navidad o en verano, aunque tuviera que acabar durmiendo en el diminuto sofá de mi buhardilla en Sait-Georges.

Al salir de Barajas cojo otro taxi y le digo la dirección del tanatorio que tengo apuntada en mi cuaderno.

El taxista quiere entablar conversación conmigo, pero tengo demasiado sueño como para fingir que me importa lo más mínimo lo que me está contando.

Además, en mi cabeza sólo se repite la imagen de cuando, a los ocho años, también crucé la capital en búsqueda de otra vida a la que acababa de perder.

En esta ocasión yo no llevaba ningún dibujo en la mano y nada de mí ardería en la piel de Roberto, nada de mí sería humo con humo o ceniza con ceniza. En realidad, ¿qué sentido habría tenido eso?

Una vez en el tanatorio empiezo a encontrar rostros conocidos. Eran todos antiguos profesores de mi instituto, alumnos que hace más de 10 años eran jóvenes y que ahora, a sus casi 30 años, estaban empezando a quedarse calvos.



Prefiero no detenerme, y buscar directamente a mi antiguo grupo de amigos. Estoy segura de que no tardaré en encontrarme a Rocío. Al fin y al cabo fue ella la que me envió el mensaje de Facebook y la que me convocó en este lugar.

Pregunto por la sala asignada a Roberto Martín, y me dirijo nerviosa hacia la puerta.

—¡Helena! ¡Has venido!

Reconozco enseguida la voz de Rocío, que me da un fuerte abrazo y me mira muy fijamente a los ojos.

—¡Estás todavía más guapa que en la tele!

Al decir eso, algunas de las personas que estaban por allí me miran perplejas. Creo que muchos ex compañeros y profesores me han reconocido, y saben que la enviada especial de TV6 a París ya ha llegado al funeral.

Agarro del brazo a Rocío, y juntas entramos en silencio a la sala donde familiares, amigos y alumnos de Roberto están llorando su pérdida.

—Ha venido muchísima gente, la verdad es que era un profesor estupendo me dice Rocío.

—Desde luego contesto. Sin él jamás me habría atrevido a estudiar en Francia y es posible que ahora mi vida fuera muy distinta.

—Lo sé, y por eso sé que es tan especial para ti.

Rocío empieza a llorar muy flojito, y yo le doy unos kleenex que llevo en el bolsillo.



IV.

La mañana avanza lenta. Saludo a un montón de gente que me felicita por mi trabajo en televisión y que me pregunta cómo viví los atentados de París de hace unos meses.

Yo hablo, sonrío, mantengo el tipo, pero aún no me he atrevido a acercarme al rincón donde descansa el cuerpo de mi antiguo profesor de francés.

En un momento me quedo sola y decido que es el momento para mirar en el abismo de su ataúd, no ya porque me apetezca ver su cuerpo, sino porque de alguna manera necesito despedirme de él.

Camino hacia la caja algo mareada, y cuando estoy justo al lado, un escalofrío recorre todo mi cuerpo.

Allí está Roberto, a sus casi 65 años, absolutamente demacrado, ya no sé si por la edad o por el cáncer que le quitó la vida. Miro su rostro pálido e inexpresivo, y me pregunto si de alguna manera él podrá saber que yo, Helena, estoy allí a su lado.

Por un momento, imagino que la habitación se queda vacía, y que mi boca puede pronunciar todas las cosas que me están pasando por la cabeza en ese instante. “Roberto”, me digo.

“Roberto”, suena en mis adentros.

“Roberto, ¿puedes verme?, susurro para mí.

“La última vez que te vi también estabas tumbado, pero la habitación no olía a ambientadores sino al sudor de nuestro sexo. Yo tenía 14 años y ahora tengo 28. ¿Puedes verme ahora? ¿Ves cómo he cambiado? ¿Ves todo lo que he hecho para ser una mujer diferente a aquella niñata a la que llamabas 'tu nínfula'?”

Las lágrimas empiezan a salir de mis ojos, cuando una mano se posa sobre mis hombros y me atrae con fuerza hacia sí.

Me doy la vuelta y mis ojos húmedos se encuentran de lleno con los ojos húmedos de una mujer mayor.

—¿Helena?

—Sí… soy yo.

—Helena, soy Laura, la mujer de Roberto.

Siento un pinchazo en el pecho y no puedo responder.

—Helena, no sé cómo te has atrevido a venir hoy aquí. No quiero armar ningún espectáculo. Pero me gustaría que te fueras ahora mismo.

Asiento sin pronunciar palabra.

El cuerpo de Roberto está detrás de mí y sé que si no miro hacia atrás, nunca más volveré a verlo.



Camino hacia la mesa donde he dejado mi bolso y mi chaqueta y salgo lo más rápido que puedo del tanatorio.

Paro a un taxi y le pido que me lleve al aeropuerto, pero cuando estamos saliendo ya de Madrid mi móvil vibra y veo que tengo un mensaje.

“Helena. Soy Laura. Una compañera tuya me ha dado tu número. Si piensas quedarte unos días en Madrid me gustaría que vinieras a mi casa. Quiero hablar”.

Cuando llego a Barajas voy directa a la ventanilla de la aerolínea y alargo mi estancia en la capital española dos días más sin pensar en lo que Silvain o mi jefe puedan decirme.

“De acuerdo, Laura, dime una hora y allí estaré”.

Le doy a enviar y me encierro en unos servicios públicos.

No sé qué quiere esa mujer de mí, ni tampoco sé exactamente qué conoce de mi pasado con Roberto.

Las lágrimas vuelven a emerger de mis ojos y, por primera vez en mi vida, cuando pienso en un ser querido que se ha marchado, a mi mente no viene su rostro frío y demacrado, sino su imagen viva,

muy viva,

tan viva y hermosa como cuando yo lo amaba.


…CONTINUARÁ

Parte I: El origen mágico de las nínfulas

Parte II: Cómo ser lolita después de Dolores Haze


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