Ficciones

Esta es la mágica y triste verdad sobre las sirenas

Una breve historia de magia, inspirada por las fotografías de Lara Zankoul

Todas las historias empiezan con un "érase una vez", sin embargo hay algunas, como la mía, que tiene que contarse del revés.

Al final, es decir, cuando morí, yo era una mujer sencilla, con pecas en la cara, una familia bonita y la piel muy pálida.

Lo que no sabía entonces es que mi fin sería en realidad un nuevo comienzo.

Así que allí estaba yo otra vez, en gran la piscina azul y salada donde mis seres queridos me habían dejado: aturdida primero por la inmensidad.

Ilusionada, después, por poder nadar de nuevo.

Nadé y nadé hasta la orilla, y entonces me di cuenta de que ya no podía andar.

Aunque aquel nuevo cuerpo me gustaba, estaba condenada a quedarme para siempre en el agua.

En la arena, era como si nadie más pudiera verme, pero yo estaba allí, claro que estaba.

Existía entre corales y peces, entre barquitas pesqueras y algas.

Era invierno, y aunque me acercaba cada mañana a la orilla, la playa estaba solitaria, fría, triste.

Yo intentaba jugar con la marea, saltar las olas, acariciar a los náufragos, curiosear el fondo de este mar inmenso.

Conforme los días de frío pasaban, la arena se iba llenando de niños, y fue entonces cuando la sonrisa volvió a mi cara.

Un día, ocurrió aquello por lo que yo llevaba meses rezando: tumbados en la arena, los que fueron mis hijos tomaban el sol.

El que fue mi marido se ponía crema en sus preciosos brazos.

La que fue mi familia brillaba bajo el sol del verano, y por fin supe que, de un modo u otro, estaría para siempre con ellos.

Cuando uno de mis hijos entró en el agua y pasó por mi lado, me miró fijamente durante unos segundos.

Después, esbozó una sonrisa, y empezó a chapotear dulcemente, como si en verdad no hubiera pasado nada.

Érase una vez, una mamá que se que convirtió en sirena

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