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Incluso los secretos mejor guardados acaban saliendo a la luz

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Parte IV: ¿De verdad que las lolitas nunca mueren? (otra ficción de adolescencia)

Luna Miguel

23 Diciembre 2015 06:00

Fotografías de Magdalena Lutek


V

15-03-2016

“El sur me tenía preso, y Lolita”

               —Heinz von Lichberg

Todos los años se sucedían iguales: leíamos 'Le Petit Prince' durante el primer trimestre, después 'La gloire de mon père' y por último 'L’étranger' de Albert Camus, para cerrar el curso con algo más de emoción y de buena literatura.

Sin embargo, el curso 2000-2001 trajo consigo no sólo a la primera generación de estudiantes del nuevo siglo, sino también una clase muy especial, o mejor dicho, una alumna muy especial con la que acabaría obsesionándome.

Al principio, Helena me parecía como el resto. Una chica cuidadosa con las notas, demasiado listilla cuando levantaba la mano, e infinitamente inteligente cuando tenía que elaborar una redacción libre en los exámenes mensuales.

Un día, al final del primer trimestre y justo antes de que la navidad tiñera las paredes del instituto, Helena me entregó una redacción diferente, en la que no me contaba su vida o sus planes de vacaciones como el resto de alumnos habían hecho, sino que hablaba con cariño de un libro que acababa de terminar: 'El libro de Monelle'.



Encontrar ese nombre, Monelle, escrito con el trazo de una niña de apenas 14 años me revolvió por dentro. Por un momento me emocioné, me levanté de la mesa y fui a la estantería de mi habitación para recuperar mi versión francesa de aquel libro.

Cuando lo tuve en las manos, se me ocurrió que quizá a mi alumna le hiciera ilusión tenerlo, ya que era una edición muy antigua e inencontrable en todo Madrid.

Sin embargo, al meter el ejemplar en mi cartera del trabajo, el miedo recorrió mi cuerpo, y pensé que quizá sería mejor ocultar cualquier signo de cariño. ¿Cómo iba a regalarle un libro de tales características a una chica que apenas conocía?

¿Y si se asustaba?

¿Y si le decía a sus padres que un profesor cincuentón acababa de regalarle una novela sobre una prostituta adolescente?

Preferí dejar Le livre de Monelle sobre mi escritorio, poner un 10 a esa redacción magnífica y dejar pasar la euforia y la extrañeza que me recorría las venas.

Al día siguiente, sin embargo, cuando repartí las notas y sonó el timbre de última hora, Helena se acercó hasta la pizarra, me sonrió y me pidió si podríamos hablar unos minutos.

—Conoce usted El libro de Monelle, me dijo.

—Sí… Aprecio mucho la obra de Marcel Schwob, es uno de los autores más desconocidos de la literatura francesa, y al mismo tiempo, el más interesante.

Estaba nervioso. Estaba mucho más nervioso que Helena, a quien veía confiada, quizá demasiado para estar hablando con un hombre al que no conocía de nada.

—Cuando escribí esa redacción me acordé de usted por alguna razón. No se lo tome a mal, pero al ser un autor francés y al ser usted mi profesor de francés… bueno, me lo imaginé amando a su pequeña prostituta con su mismo acento.

No sabía qué decir, y los exámenes se me cayeron de las manos. Helena se rió y pidió disculpas, y los dos nos agachamos para recoger los folios desparramados por el suelo. Notaba la mirada de la niña sobre mí, y no fui capaz de devolvérsela.

Ese día, cuando nos despedimos, me di cuenta de que se nos había hecho muy tarde y de que el centro estaba prácticamente vacío. Salí corriendo para llegar a casa lo antes posible y no hacer esperar más a mi mujer.

Sin embargo ese día, también, sería el primero de muchos en los que llegaría tarde a casa, durante el año en que Helena y yo nos enamoramos.

 




VI

La letra de Roberto parecía en estas líneas más temblorosa de lo que la recordaba.

Su cuaderno Moleskine negro, presidido por una pegatina en la que podía leerse El funeral de Lolita, prometía guardar más de 200 páginas entre tachones de tinta y secretos que yo ya apenas recordaba.

—Cuando le detectaron cáncer, Roberto empezó a escribir este cuaderno. Estaba obsesionado con terminarlo, pero no me dejó leer ni una sola página. Unos días después de empezarlo, le perdí la pista, pero un día antes de su muerte, lo encontré limpiando entre sus libros.

Laura habla sin mirarme a los ojos. No le tiembla la voz, pero se nota que está nerviosa y conteniendo las lágrimas.

—Leí algunas páginas sueltas y al principio pensé que se trataría de un delirio de viejo verde, o de alguna locura de su cabeza provocada por las altas dosis de morfina que el médico le suministraba.

Laura hace una pausa, y traga saliva.

—Sin embargo —prosigue— conforme iba leyendo iba viendo más claro que la niña de la que estaba hablando no podía ser otra más que tú. Roberto siempre se había mostrado encantado contigo, y todos los días encendía TV6 para verte.

Laura señala a la televisión de la sala de estar y se seca una lágrima.

—Supe que aquello que narraba era real, pero ya era demasiado tarde para preguntárselo, porque en nuestro dormitorio su cuerpo descansaba inconsciente, terminal, casi tan pálido como el Roberto que tú misma viste hace dos días en el tanatorio.

No puedo decir nada.

Me quedo en silencio mirando el cuaderno negro que aún sostengo en mis manos. Laura sale del despacho y se dirige a la cocina de la pequeña casa donde compartió cuarenta años de vida con Roberto.

—¿Quieres un café? —me grita.

—Eh… sí, por favor, un café solo —contesto yo mientras me fijo detenidamente en una estantería de la biblioteca Roberto que está llena de libros que me suenan familiares.


 




Una edición francesa y otra inglesa de Lolita, de Vladimir Nabokov. Algunas novelas más del autor que no conocía. Ensayos que según sus lomos tratan sobre la nínfula en la literatura. Alicia en el país de las maravillas. Libros de colores cálidos que parecen abordar la misma temática y cuyos títulos me hacen sentir culpable.

Entre todos aquellos volúmenes me encuentro con un libro diminuto y viejo que no puedo evitar curiosear. Se trata de un ejemplar antiguo de Le livre de Monelle que estaba repleto de notas y de comentarios.

En su primera página, de hecho, había una dedicatoria escrita en bolígrafo rojo, ese mismo que él utilizaba para corregir nuestros exámenes, donde podía leerse “para Helena, que me encontró en la llanura”.

—Puedes llevarte todos los que quieras. Yo los voy a tirar.

La mujer de Roberto deja una bandeja con dos tazas de café sobre el escritorio de su marido y me invita a coger la mía.

Por un momento, se me ocurre que Laura va a envenenarme. No entiendo cómo está siendo tan generosa después de todo. O cómo no se ha atrevido aún a hacerme alguna pregunta sobre todo lo que está ocurriendo.

—En comparación con lo que hablas en la televisión, aquí estás muy callada —me increpa— pero lo entiendo, yo también lo estaría. Sólo quiero hacerte una pregunta. Es lo único que necesito saber antes de que te vayas de aquí. ¿Has mantenido el contacto con él? ¿Os habéis visto más en todo este tiempo?

—No. La última vez que le vi fue al acabar el curso en el verano de 2001. El septiembre siguiente me trasladé de instituto porque mi padre y yo nos mudamos a las afueras de Madrid.

—¿Así que nunca volviste a verle?

—No, nunca.



—¿Y nunca estuvisteis en contacto?

—Eso ya es más de una pregunta.

—Insisto, Helena, ¿nunca estuvisteis en contacto?

—No, lo único que sabía de él era por lo que me contaba mi amiga Rocío, que siguió siendo su alumna dos años más.

—Muy bien.

Laura deja la taza de café otra vez sobre el escritorio y saca una bolsa de papel del primer cajón.

—Puedes poner aquí los libros que desees llevarte. También quiero que te quedes con ese cuaderno, yo no quiero saber nada.

Meto el cuaderno en la bolsa, y también, en un exceso de confianza, la edición antigua de Le livre de Monelle. Dejo mi taza vacía en la mesa, y estrecho la mano de Laura, que tiene las manos muy frías y arrugadas.

Cuando salgo del edificio la cabeza me da vueltas.

Busco la parada de metro más cercana y voy directa al hotel en el que me he estado quedando esos días para evitar tener que decirle a mi padre que estaba allí y por qué.

En el móvil, sin embargo, los mensajes se me acumulan, muchos amigos están preocupados porque llevan toda la semana sin verme en televisión. Silvain no para de llamarme. Mi jefe me reclama un justificante por todas las ausencias.

Preparo mis cosas, guardo el libro y el cuaderno en mi mochila y salgo para el aeropuerto. El vuelo de vuelta a Charles de Gaulle sale dentro de casi cinco horas, pero no me importa esperar.

Una vez en la sala de espera, me siento en uno de los bancos, tomo aire y abro el cuaderno de Roberto con la esperanza de encontrar una respuesta, o un final, o algo que me haga sentir menos miserable.

 




VII

“Voy a enseñarte las mejores sensaciones que nunca hayas tenido. Tú vas a acordarte de mí, siempre, y siempre me amarás. Porque el primer chico que te haga esto, cariño, será el que te vuelva loca para siempre”

           —Lisa Dierbeck

Lo primero que me sorprendió de su coño fue la cantidad de vello negro que lo recubría. Desde luego, no era el sexo de una niña pequeña, y en cierto sentido eso me reconfortaba porque me hacía pensar menos en que la mujer a la que estaba desnudando no tenía sólo 14 años.

Acostumbrado a una vida entera con mi mujer, que desde joven se lo afeitaba y recortaba con regularidad, aquella imagen del coño de Helena era como volver a una especie de adolescencia. Y no sé qué cara debí poner al pensar eso, pero a mi alumna le asustó tanto que cerró las piernas de golpe.

Le dije que no se asustara. Que era precioso. Que me parecía lo más bonito y salvaje que había visto nunca. Y era cierto.

Cuando empezamos a tocarnos, los dos estábamos callados, y de hecho, daba la sensación de que ninguno de los dos estaba disfrutando verdaderamente de aquello. Poco después no podíamos parar de gemir, el aire que desprendía su boca era casi tan dulce y caliente como el líquido que desprendía del centro de sus piernas.

Estábamos eufóricos, y al mismo tiempo estábamos tristes.

Mientras metía mis dedos en su vagina apretada, en mi cabeza no dejaban de repetirse miles de preguntas y de dudas. Empecé a meter y sacar los dedos con tanta fuerza que sus ojos se abrieron muchísimo.

Cuando más pensaba en lo que estábamos haciendo después de tantos meses de tira y afloja, de reuniones secretas y de besos fugaces, más furioso me ponía. Saqué la polla del pantalón y aprecié cómo Helena la miraba con temor.

¿Le estará dando asco?

¿De verdad que disfruta de este momento?

¿Y si sólo lo hace para complacerme, porque cree que eso es lo correcto? 




Mientras la masturbaba, Helena me apartó la mano, me agarró del pelo y me susurró algo al oído.

—Tienes que desvirgarme para que te recuerde siempre.

La adolescente se dio la vuelta entonces y se puso a cuatro patas en el suelo, mostrándome su coño abierto y su pequeño ano rosa, también brillante y mojado.

En ese momento, noté como mi erección bajaba, y caí derrotado al suelo.

Helena vino hacia mí y me preguntó si todo iba bien.

Mientras me acariciaba el cuello yo sólo podía mirar la luz intermitente del techo del despacho del departamento de francés.

—No puedo —musité.

—¿Pero qué dices, por qué no puedes?

—Esto tienes que hacerlo con alguien de tu edad, alguien especial.

—Tú eres el más especial —me dijo ella con lágrimas en los ojos.

—Helena, se ha acabado.

—Llevaba soñando con esto desde principio de curso.

—Helena, vístete y vete a casa.

Mi alumna me obedeció y yo me quedé tumbado desnudo en el suelo del departamento hasta que sentí que me entraba el sueño. Ya eran las nueve de la noche y el conserje no tardaría en revisar todas las aulas y despachos, así que me vestí y me marché con la certeza de que jamás volvería a estar allí a solas con Helena.

A los pocos días llegó la entrega de notas.

Después, las vacaciones de verano.

Por otro profesor que daba clase a su grupo supe que el curso próximo ella se mudaría de instituto.

Me pareció lo mejor que podría ocurrirle, y me la imaginé a las afueras de la ciudad, conociendo a otros chicos, yendo a la universidad, viajando y viviendo su vida lejos de mí y lejos de nuestra aventura.

 




Con los años, encontré algunos artículos suyos en el periódico, y me enteré de que era periodista.

Después, una noche, cenando con mi mujer Laura, escuché su voz en la televisión y la vi como enviada especial de TV6 a la capital de Francia. Había cambiado mucho. Tenía un acento perfecto y parecía segura de sí misma.

Aún era muy joven, ni siquiera habría cumplido los 30.

—¡Hombre! ¡Pero si esa Helena fue alumna mía hace muchos años! —le dije a Laura.

—Fíjate, cariño, la huella que dejas a tus estudiantes, ¡seguro que se ha ido a París por tu influencia en clase! —contestó ella emocionada.

—No creo… sólo la tuve un año… me alegro por ella.

Mientras veíamos la tele, vino a mi mente la imagen de su coño peludo, y me imaginé a la reportera de TV6 en la ducha de su apartamento parisino pasándose la cuchilla por sus zonas íntimas antes de salir a cenar con un chico.

A los pocos meses de verla en la tele, un dolor agudo me llevó al médico.

Me dijeron que tenía cáncer y que no me quedaba mucho tiempo.

Compré un puñado de libros, me encerré en casa, empecé a escribir este cuaderno y ahora, sentado en esta mesa, lo único que espero es la muerte.

Muchos dicen que me voy a ir demasiado joven, me pregunto si los que se lamentan así saben lo que es la verdadera juventud.

Yo conocí la juventud una vez hace mucho, pero lo que es más importante: conocí la juventud de nuevo una vez cumplidos los 50, y gracias a esa niña.

Ahora que me voy, la Helena que amé hace 15 años se viene conmigo.

Y Monelle nos deja.

Y Alicia desaparece.

Y Lolita me abraza, al fin, muere conmigo.


 




Parte I: El origen mágico de las nínfulas

Parte II: Cómo ser lolita después de Dolores Haze

Parte III: El funeral de Lolita




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