Ficciones

Otro día de mierda en la vida de Barron Trump, el niño más poderoso del mundo

Así vivió la toma de posesión el hijo preadolescente de Donald Trump, según su chófer

Probablemente era el día más importante de sus vidas, pero no toda la familia parecía opinar lo mismo. El pequeño Barron Trump llegó al coche oficial con prisa y sacudiéndose dentro de la americana, justo detrás de su madre.

—Acuérdate, hijo —dijo Melania cuando arranqué el coche—. Sonríe siempre. Y no bosteces. No digas nada si nadie te pregunta. Y si te preguntan, intenta ser amable. No mires al suelo. Tampoco mires a los ojos de la gente. Mírales a la barbilla, eso estará bien.

Cada vez que Barron se montaba en el coche para asistir a algún evento ocurría lo mismo. Siempre le hacían las mismas advertencias, las mismas instrucciones, la misma y odiosa comparación con las hijas de Barack Obama.

—¿Has visto cómo hacen Shasha y Malia Ann? ¿Has visto cómo se comportan cuando están con su padre? ¿Por qué no puedes hacer tú lo mismo?

Barron asentía mirando a través de la ventana.

Podía verlo en el retrovisor, la sombra de los árboles proyectándose en su cara blanca y seria. Estaba absorto, como con la mente en blanco.

Por un momento me lo imaginé, con ese gesto en la cara, frente al bol de cereales aquella misma mañana. Roscos azucarados de colores dando vueltas en la taza, decolorándose, tiñendo la leche, hundiéndose como yates de juguete en un mar blanco. Un niño de diez años alargando los minutos del desayuno hasta el último momento, por toda la eternidad si fuera posible. A su alrededor, todo cubierto por el lujo y el paisaje de esa ciudad inmensa vista desde el cielo.

Es algo que desde hace meses me pregunto: ¿reconocerá lo que es el lujo un niño como él? ¿Sabrá lo que significa tener el poder?

—Y recuerda —dijo Melania—, las manos fuera de los bolsillos. ¿Llevas algo en los bolsillos? Dámelo. Que no te vea haciendo el tonto. Hoy no es día para jugar. ¿Me has entendido?

Pero el preadolescente no parecía comprenderlo.

Cuando le decían: «No comas chicle», Barron masticaba un chicle imaginario.

Cuando le decían: «No hagas el tonto», Barron trataba de tocarse la punta de la nariz con la lengua.

En el momento de acercamos a la iglesia de Saint John, el chico rompió su silencio para simular el ruido de una sirena y Melania le reprendió. Barron apartó su mano y le dijo algo no muy grave entre dientes: «tonta», «pesada». Le dijo:

—Mamá, ¿por qué no me preguntas si estoy bien? ¿Por qué no me preguntas si quiero estar aquí, si me gusta todo esto, los flashes, las pancartas, los apretones de manos, la gente que me mira y me sonríe como si fuera una mascota?

Esto no se lo dijo, pero ¿sabes? Me hubiera gustado que se lo hubiera dicho. Me gustaría que alguien lo hiciese alguna vez.

Te lo juro, a veces siento una pena terrible por el chico.

Pasó la mañana y Barron iba desobedeciendo una a una todas las advertencias que le habían hecho. Se dirigía a todo el mundo. Jugaba con todo lo que encontraba. Se soltaba la corbata y la camisa. Bostezaba. Miraba siempre para otro lado.

Y ya quedaba poco para que terminase la jornada cuando le vi alejarse distraído del tumulto, mirar fijamente una piedra y tomarla con la mano.

«Barron», pensé, «no lo hagas».

Pero sin pensárselo dos veces cogió carrerilla y lanzó la piedra con fuerza hacia el estanque. Los patos volaron en bandada llamando la atención de todos los asistentes y desapareciendo al poco rato tras los árboles. Barron me miró, como si supiera que lo observaba desde el parking, y sonrió por primera vez en todo el día.

Después aparecieron varios hombres trajeados. Se lo llevaron rápidamente de allí.

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