PlayGround utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de navegación. Si sigues navegando entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

C
left
left

Lit

Doné óvulos para seguir comiendo pizza

H

 

Basado en hechos reales

María Yuste

17 Abril 2015 06:00

Imagen de Miriam Marlene Waldner

La respuesta llegó como una jarra de agua fría en forma de email institucional. Me habían denegado la beca del ministerio por pasarme unos euros de la renta mínima y me quedaba abandonada en mi piso de estudiantes, sin compasión, a mi suerte.

Al fin y al cabo, para el Estado solo soy un número. Y los números ni comen ni van a la universidad.

Mis padres no lo saben. Ellos no pueden ayudarme y, de todos modos, son del club carca que piensa que estudiar bellas artes es tirar el poco dinero que tenemos a la basura.

No sabía qué hacer pero sí sabía que dejarlo todo para volver al pueblo no entraba en mis planes. Aunque necesitaba dinero y lo necesitaba ya.


Para el Estado solo soy un número. Y los números ni comen ni van a la universidad



Por suerte, el azar siempre te guarda un as en la manga y, a los pocos días, mientras esperaba a que empezara la clase de escultura, escuché a dos compañeras hablando. Una de ellas había donado óvulos y comentaba lo contenta que estaba. Solo lamentaba no haberlo hecho antes. De hecho, hasta parecía morirse por repetir.

Luego entendería que se llevaba comisión por llevar a amigas. Ella misma me concertó una cita para esa semana.

Yo no sabía mucho sobre la donación de óvulos más allá de que era un rollo así que al llegar a casa le pregunté a Google. Descubrí que podía ganar más de 5.000 euros si donaba el máximo de seis veces que permite la ley. Sin embargo, en la mayoría de webs de clínicas que consultaba no se especificaba la compensación económica que ofrecían.


Descubrí que podía ganar más de 5.000 euros si donaba el máximo de seis veces que permite la ley



En la mayoría de las páginas me recibieron eslóganes cursis del tipo: “Dona la oportunidad de ser madre”. En otra, me mostraban varias fotos de piernas de mujer acompañadas del lema “tú no me ves, pero no te imaginas mi cara de felicidad”. Si las piernas de aquella modelo pertenecían a la mujer con problemas para quedarse embarazada o a la joven donante en apuros, no quedaba claro. Aunque en este último caso, dudo que fuera porque le acabaran de meter una aguja gigante por la vagina.

En la clínica todo era tan blanco, moderno y antiséptico como me había imaginado. Pero eramos tantas las chicas que esperábamos para ser entrevistadas que tuvimos que ir pasando a los despachos de dos en dos. A mí me tocó de pareja una choni cuya única duda sobre el proceso era si se pondría gorda o le saldrían granos.

La mujer que nos estaba atendiendo se esforzaba por mostrarse lo más simpática y agradable que fuera posible para que no saliéramos corriendo. Se le daba bien disimular que simplemente repetía de forma automática el mismo discurso de siempre y que hasta sus respuestas a mis preguntas habían sido diseñadas por otra persona.


¿Era ético poner en riesgo mi salud por dinero? Cada vez que pensaba que estaba a punto de vender algo procedente de mi cuerpo, me daba asco a mí misma



Así me enteré de que estaría sedada durante la extracción, y que tendría que pincharme yo misma todos los días en el vientre durante dos semanas. Pero lo peor fue descubrir que existía riesgo de acabar siendo intervenida por una posible complicación.

Tenía dos días para pensármelo y me estaba arrepintiendo. ¿Era ético poner en riesgo mi salud por dinero? Además, cada vez que pensaba que estaba a punto de vender algo procedente de mi cuerpo, me daba a asco a mí misma. ¿Por qué no podía ser yo como la chica de las piernas? ¿Por qué no me ayudaba pensar que estaba ayudando a otra persona?

Lo pensé bien pero no tenía otra opción, así que acepté. El mismo día que llevé el consentimiento a la clínica, me hicieron todas las pruebas.


Intenté concentrarme en la oportunidad de ver mis ovarios en directo. De repente, no podía sacarme de la cabeza la imagen de unos pavos rellenos en el expositor de una carnicería



Me tumbé en una camilla y me abrí de piernas para dejar que me metieran una cámara por la vagina. Intenté concentrarme en la oportunidad única de ver mis propios ovarios en directo. Sin embargo, de repente, no podía sacarme de la cabeza la imagen de unos pavos rellenos en el expositor de una carnicería. Luego vinieron los interrogatorios sobre mis antecedentes personales y familiares y las pruebas genéticas.

Había pasado de ser un número a convertirme en una carga genética.

El día de la extracción estaba nerviosa pero la verdad es que no me enteré de nada. Cuando desperté me sentí aliviada pero no estaba contenta. ¿Por qué no estaba contenta si todo había terminado por fin?

Ahora lo entiendo. Ahora entiendo el porqué de las paredes blancas y rosa. Por qué el falso olor a limpio y las sonrisas blanqueadas. No hay nada bonito en una clínica de fertilidad. No hay nada que no sea triste y feo en los motivos que llevan a ambas partes a encontrarse. Y lo único que sé que va a hacer feliz a alguien es poder pedirme pizza para cenar.


Las clínicas de fertilidad son bonitas por fuera porque por dentro son sórdidas.



share