Ficciones

Me llamo Cristóbal Colón y os digo que Latinoamérica no se merece esta mierda

De cómo Colón se opuso a que el verde y el azul del nuevo continente fueran arrasados por el amarillo del oro y el rojo de la sangre

Antes que nada, lo admito: no tenía ni puta idea.

Esto no eran las Indias, pero me da igual.

Con esa mierda de mapas que se manejan, quién iba a saberlo.

De lo que sí estoy seguro es de esta tierra. Cuando llegué aquí no podía creer lo que veía.

Este verde y este azul, esta cantidad de comida en los árboles. Estos colores de piel tan saludables. Hay tanto contraste con las infectas vías de Aragón y Castilla, la podredumbre, el hambre y la enfermedad.  

En esas bajezas sí somos superiores. En eso y, por supuesto, en las armas. Fue con las armas y con el engaño que mis entonces compañeros quisieron imponerse a quienes aquí vivían.

En el nombre de un falso Dios. Un Dios-excusa. Porque era el oro.

El puto oro. Los putos impuestos y la puta Corona de dos desgraciados como Isabel y Fernando. Eso es lo único que había en los ojos de mis hasta entonces compañeros. Yo ya no estaba con ellos. Yo no quería matar ni volver a España.

Yo quería vivir.

Y para vivir, había que escapar de nuestro campamento de cruces de la muerte. Escabullirse entre toda esta frondosa vegetación que amé en cuanto vi. Romper y quitarse esta ropa de imbécil por el camino, hasta encontrar un poblado al que los españoles no habíamos, no habían, mejor dicho, llegado.

Solo en este poblado, solo los días que aquí he pasado, he sido feliz en toda mi vida.

Pero los españoles avanzaban destruyéndolo todo a su paso. Y llegaron aquí.

El ruido de las armaduras paralizó a los indígenas. No sabían qué era. Era mejor así: yo, que sí sabía lo que significaba aquello, más que paralizarme me aterroricé.

Miedo. Ahora que estaba del otro lado, lo vi claro. Eso es lo que éramos los presuntos civilizadores. Miedo y nada más que miedo. Ese miedo que es tan básico en la cristiandad, con la que se pretendía amargar la existencia a unas personas que vivían sin sentirse observados por un Dios tan omnipotente como cabrón.

Los españoles llevaban en sus ojos el rojo de la sangre y el amarillo del oro. Y ya habían perdido la paciencia.

Su trato era cambiar las tierras más ricas que jamás vieron estos ojos por una Biblia amarillenta y un crucifijo mohoso.

Menudo trato, ¿eh?

Vi a mujeres violadas. Vi manos y orejas en el suelo. Vi a niños obligados a ver cómo a sus padres dejaban de ser sus padres. Vi el progreso.

Traté de coger una espada que se le habría caído a alguno de estos conquistadores. Pero, antes de que pudiera vengar tanto sufrimiento indígena, fui descubierto.

Ahora estoy preso en esta choza. Custodiado por quienes antes estaban a mi lado. Me llevarán de vuelta a España.

Allí, por traición y quién sabe qué mierdas más, me mandarán matar. Lo sé.

Y lo espero. No vivir aquí libre ya no es vivir.

Tenía que haber quemado la Pinta, la Niña y la Santa María. Solo han traído sufrimiento a bordo. Y más que traerán.

No hemos descubierto a nadie. En todo caso, y con lo perdidos que estábamos en el océano, ellos nos han descubierto a nosotros.

Así que sí. Lo siento. Nunca debí hacer este viaje.

Pero yo sé que esta tierra tan hermosa siempre estará en pie contra la injusticia.

La inmigración ilegal comenzó en 1492

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