Ficciones

Alguien hackeó mi Instagram, y de pronto tenía la vida que siempre había soñado

David se acostó con 264 seguidores... y se despertó con 27.000

1.

Lo primero que hice al despertarme el día de mi 27 cumpleaños fue mirar Instagram.

Era lo que siempre hacía. Pero esta vez había algo extraño: tenía 1.839 nuevos likes y 721 nuevos seguidores. Me había acostado teniendo 264 seguidores, ¿a qué venían esas cifras que mostraba el recuadro naranja?

La respuesta a esa pregunta me intrigó todavía más. Alguien había sustituido todas mis fotos de Instagram. En ellas seguía apareciendo yo, pero viviendo una vida muy distinta a la mía.

París, Londres, Los Ángeles, Nueva York, Milán... Desfiles, fiestas, piscinas, hoteles... siempre rodeado de gente con miradas seguras y sonrisas autosuficientes. La clase de gente que no sabes exactamente a qué dedican su vida pero que sigues simplemente porque son una ventana a una vida inalcanzable.

Me había acostado con 264 seguidores y me desperté con 27.000

Aparentemente, ahora era uno de ellos. Tenía 27.000 seguidores y centenares de fotos maravillosas.

Cerré la aplicación y volví a entrar para comprobar si me habían cambiado la contraseña. Pero no. Mi nombre de usuario seguía siendo el mismo. Qué demonios, si era yo el que salía en las fotos. Sabía reconocerme.

Llamé a mi mejor amigo y le pedí que entrara mi perfil.

—¿De qué hablas? Yo veo las mismas fotos que siempre, me dijo.

Mientras me lo decía, yo me veía en una imagen de fiesta con Cara Delevingne.

2.

Esa noche celebraba mi cumpleaños. Fue en mi restaurante de tapas favorito, con mis cuatro amigos de siempre. No era una escena demasiado apasionante, pero les hice una foto para Instagram.

Al subirla, la imagen que se colgó era muy distinta. Estaba etiquetada en Los Ángeles, y salía rodeado de botellas y gente disfrazada. Al cabo de cinco minutos ya tenía 600 likes.

Le pedí el móvil a uno de mis amigos. En su Instagram mi perfil seguía siendo el de siempre, incluida la foto de los cinco que acababa de colgar con sus míseros 4 likes.

A ojos de los demás, mi perfil seguía siendo el mismo de siempre

Al enseñarles el mío se pensaron que les estaba vacilando. O no entendían lo que les decía, o no querían entenderlo.

¿Y si de verdad me estaba volviendo loco?

¿Y si Georgina tenía razón al decirme que pasarme tanto tiempo enganchado a Internet me estaba deformando el cerebro?

Georgina, por cierto, era mi ex. Me había dejado tres meses antes porque, en sus palabras, en mi vida “no había espacio para nadie”.

3.

Pasaron dos semanas y mi Instagram seguía sin volver a la normalidad.

Cada vez que una nueva foto inundaba mi pantalla de likes me hacía las mismas preguntas.

¿De dónde sacaban mis fotos para los montajes?

¿Quién podría estar interesado en darme una nueva vida en Instagram?

¿Y si detrás de todo ello hubiese un acosador?

Empecé a disfrutar con mi vida paralela en Instagram: por primera vez me sentía envidiado

Pero mis dudas se fueron diluyendo en la complacencia: empezaba a disfrutar de mi nueva vida online.

Colgaba fotos absurdas constantemente para que apareciesen nuevas imágenes. Entonces me quedaba mirándolas, imaginándome viviendo esa vida paralela. Leía todos los comentarios que me dejaban. Por primera vez en mi vida me sentía envidiado.

El problema es que salir con mis amigos se volvió muy aburrido. Todo me sabía a poco.

Llevaba los últimos años de mi vida escuchando a gente que me pedía que dejara de mirar el móvil y les prestase atención.

Siempre lo había hecho por introversión. Pero ahora tenía un buen motivo para ello.

Empecé a faltar al trabajo. Podía pasar días sin salir de casa.

Mis amigos me visitaban y me preguntaban si estaba deprimido.

Quería descubrir quién había detrás de todo aquello, pero no para que terminara, sino todo lo contrario

—¿Cómo podemos ayudarte?, insistían una y otra vez.

Me hubiese gustado pedirles ayuda. Pero no me habrían entendido. Mi único deseo era descubrir quién o qué se escondía detrás de eso. No para terminar con ello. Sino porque quería irme a vivir allí.

4.

Lo intenté todo.

Busqué la información EXIF de las fotos. Pero entonces recordé que Instagram la eliminaba por defecto.

Intenté pedir ayuda en foros de Internet. Pero nadie parecía entender exactamente cuál era mi problema.

Empecé a comentar en mis propias fotos como un náufrago que manda mensajes en una botella. Pero las palabras que aparecían en la pantalla no eran las que había tecleado.

Estaba atrapado en una frontera extraña, sin poder salir de un mundo ficticio al que tampoco me dejaban pertenecer.

Entonces, le vi.

Volvía a casa en metro cuando observé una cara que me resultaba familiar. Estaba convencido de que le conocía. Tardé unos cinco segundos en saber de qué: era uno de los tipos que siempre salía en mis fotos.

Me topé cara a cara con uno de los tipos que siempre salían en mis fotos

Estaba tan nervioso que no me di cuenta de que me bajé en la misma parada que él y empecé a seguirle.

A pesar de que habíamos cruzado miradas y él no parecía haberme reconocido, le seguí con cautela.

Si se daba cuenta de que le seguía, probablemente se esfumarían mis posibilidades de descubrir alguna pista.

Cuatro calles después entró en un edificio.

Cuando me aseguré de que ya no estaba en el rellano, me acerqué al portal. No pude fijarme en el piso al que había llamado.

Mientras dudaba si llamar a todos los pisos a la vez por si alguien me abría o me marchaba a casa, sonó una voz en el interfono:

—Hola David, ya puedes pasar, te estábamos esperado. Es el sexto.

El susto me paralizó durante unos segundos antes de empujar la puerta. Subí al ascensor sin saber si aquello iba a ser lo último que haría.

5.

Al llegar al sexto piso vi que una de las puertas estaba entreabierta. Supuse que ahí era donde me esperaban. Al entrar me envolvió la oscuridad. No oía nada. No veía nada.

—¿Hola? —dije con timidez.

En ese momento se encendieron las luces y decenas de personas gritaron como si celebrasen un gol.

—¡¡SORPRESAAA!!.

Cuando mis ojos volvieron a enfocarse no podía creer lo que veía. Delante de mí estaban todas las personas que habían venido apareciendo en mi Instagram las últimas semanas. Pero esa sala insípida no se parecía en nada a los lugares que solían compartir en las fotos.

Uno de ellos tomó la voz cantante. Llevaba una bata blanca.

Cuando mis ojos volvieron a enfocarse no podía creer lo que veía. Delante mío estaban todas las personas que habían venido apareciendo en mi Instagram las últimas semanas.

—En nombre de todos quiero decirte que estamos encantados de haber formado parte de tu vida este último mes. Esperamos que te haya gustado la experiencia —dijo con voz de doblador de anuncios—, ahora te damos un paseo por las oficinas y te explicamos cómo funciona todo, pero, antes, un aplauso para la persona que lo ha hecho todo posible....

Mientras intentaba entender qué estaba pasando, vi a mi hermano entrando por la puerta con una botella de champán.

Intentó a abrazarme pero le aparté con rabia.

—¿Qué es esto? ¿Una imitación de The Game o qué? ¿Qué está pasando? —le dije con voz ahogada.

—¿Qué? ¿A que mola ser tan popular en las redes? —me dijo sonriendo.

Sentí como la rabia se apoderó de mi. Me abalancé sobre él y empecé a pegarle.

El resto corrieron a separarnos.

—¿Pero qué haces? ¿Estás loco? —me gritó mi hermano.

Mi hermano entró por la puerta... y la rabia se apoderó de mi

Me derrumbé en el suelo.

—No podéis hacerme esto... no podéis... —dije sollozando— no podéis hacerme creer que tengo otra vida y luego quitármela de este modo.

Mi hermano miró al hombre de la bata blanca.

—Pero David, esto es exactamente lo que te había hecho tu adicción a Internet —dijo el hombre intentando sonar balsámico—. Y es por esto por lo que tendrás que quedarte aquí con nosotros un tiempo.

6.

Ahora llevo dos semanas encerrado y todavía me queda una para salir.

Todo aquello había sido parte de una terapia experimental para tratar la adicción a Internet.

Mi hermano lo había organizado todo preocupado por mi creciente apatía.

En teoría debería estar curado dentro de siete días.

Lo que no saben es que hace dos días conseguí que alguien me pasase un teléfono móvil para poder contaros todo esto.

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