Ficciones

Año 2041. La supervivencia de la especie se decide en un tribunal

La desobediencia civil tiene un precio y Débora tendrá que asumirlo a riesgo de que la separen de su hija

Foto: Helmut Newton

En 2025, el gobierno chino aprobó el consumo de carne humana para acabar con la hambruna que atravesaba el país. 15 años después, los mismos problemas han llegado a occidente. Débora, embarazada, se ha comido a su marido tras su muerte en un accidente. Los dos habían fundado, junto a su amigo Daniel, un importante grupo activista que proponía el consumo de carne como alternativa al hambre en un mundo superpoblado y sobreexplotado. Ahora, sin embargo, Débora tendrá que enfrentarse a las consecuencias de sus ideales.

Capítulo 1: Si tus hijos fuesen a morir desnutridos, ¿les darías carne humana?

Capítulo 2: Año 2040. Una historia de amor extremo en medio de un mundo caníbal

Se declara abierta la sesión. Débora Rey, Póngase en pie. Se le acusa de un delito contra la libertad de conciencia, los sentimientos religiosos y el respeto a los difuntos. ¿Cómo se declara?

Inocente, su señoría.

I

Débora era consciente de las consecuencias que comer la carne de su marido tenía y las aceptaba. Aquello no había sido ningún arrebato de locura. Tampoco había sido únicamente un acto de amor extremo sino una protesta política. 

David había muerto atropellado por una ambulancia, no había homicidio de por medio y Débora sabía que no podía enfrentarse a una pena de cárcel mayor de un año.

Solo había una cosa que no la dejaba dormir por las noches: la posibilidad de tener que abandonar a su hija durante sus primeros meses de vida si, finalmente, era juzgada culpable.

Aquel era el único atisbo de remordimiento de conciencia que pesaba sobre ella. No podía traer al mundo a una criatura tan pequeña para abandonarla. No lo merecía y no podía evitar preguntarse qué había pesado más en su decisión, si el amor o los ideales. Ambos estaban tan enredados en su vida que desconocía la respuesta.

Un comité de psicólogos y psiquiatras la había examinado y la había declarado completamente cuerda. Mientras tanto, en la calle, la opinión pública se dividía entre los que la consideraban una madre coraje y una viuda negra.

Para muchos era inconcebible que no fuera más que una simple caníbal. Para otros se había convertido en la Antígona del siglo XXI. Un símbolo de desobediencia civil en pro de lo que se cree justo en un mundo intolerante.

La mayoría de los detractores de Débora le echaban en cara haber comido carne humana con la excusa de la necesidad cuando ella podía permitirse un filete de pechuga de pollo.

Sin embargo, aquello era precisamente lo que Débora no quería. ¿Qué sentido habría tenido luchar por el futuro participando de lo que lo estaba dejando en ruinas?

Ella había tomado la alternativa por todas las embarazadas y niños en su misma situación que sí que no podían permitírselo. Un problema que era evidente que los gobiernos ya no sabían cómo afrontar y los ciudadanos no podían quedarse esperando a que vinieran a salvarlos porque el hambre no espera.

Los últimos informes mostraban que la clase media ya solo podía permitirse consumir carne una vez a la semana y, las más bajas, una al mes. Algo que, sumado al efecto que la sequía creciente estaba teniendo sobre las cosechas, había hecho que la malnutrición empezara a afectar a familias con ingresos estables.

En otras palabras, trabajar ya no era suficiente para comer.

***

— Antes de contestar, le recuerdo que se encuentra usted bajo juramento y ha prometido decir la verdad bajo pena de falso testimonio. ¿Se comió usted el cadáver de David Guerrero?

Sí, me lo comí y, como ya saben, eso en sí no constituye ningún delito. Lo que yo sí que no he hecho es profanar su cuerpo. Ambos somos donantes de carne y, aunque el documento que así lo acredita no está reconocido legalmente por la legislación vigente, prueba que ambos queríamos ser comidos tras nuestra muerte. No arder hasta quedar reducidos a cenizas ni pudrirnos bajo tierra como un trozo de queso pasado.

Sin embargo, sus padres aquí presentes no opinan lo mismo y querían enterrarlo en el panteón familiar...

Y yo soy su mujer y quería comérmelo.

II

De adolescente, Débora odiaba el concepto reloj biológico”. Cada vez que lo escuchaba, le recorría el mismo escalofrío de asco por el cuerpo que si escuchara a alguien arrastrar las uñas por una pizarra. Le parecía que igualaba a la humanidad con una plaga de cucarachas o de roedores.

En aquella época, había pensado en la humanidad como en una plaga porque, ¿para que servía realmente la inteligencia humana si, a la hora de perpetuar la especie, lo hacía por instinto como los conejos?

Consideraba que no había nada que el hombre hiciera con su inteligencia que mejorara el mundo. Todo lo que era capaz de hacer solo podía ser apreciado por otro ser humano y, como mucho, ser sufrido por el resto de seres vivos.

En aquella época, Débora habría puesto la mano en el fuego a que nunca tendría hijos.

Sin embargo, allí estaba tumbada con David, pensando que le gustaría tener un hijo que se pareciera a él. Alguien a quien cuidar, guiar y hacerlo crecer con su amor. Alguien que tuviera la oportunidad de hacer mejor las cosas.

Nueve meses después nacía Luz, una preciosa niña mezcla de sus genes y nutrientes.

***

—Su señoría, lo que no me gustaría es que nadie en esta sala pensase que, para mí, comerme a mi marido, fue fácil. Por un lado, es lo más difícil y repugnante que he hecho jamás. Lloraba mientras lo masticaba, despreciaba y maldecía mi naturaleza de animal omnívoro.

Sin embargo, ¿no es cierto que con sus ingresos podría haberse permitido comprar la carne animal suficiente para que su embarazo llegara a buen término?

—Por supuesto, pero creo que no es necesario volver a explicar mis motivos éticos. Solo me gustaría matizar que, al mismo tiempo, fue también un acto bello. Mi esposo y el padre de mi hija forma ahora parte de nuestro organismo y nos acompaña allí donde vamos. Considero más macabro ingerir un animal al que se le ha negado la vida desde su nacimiento. Un pollo o una vaca que hayan sido concebidos expresamente para ser asesinados y servir de alimento.

III

Débora no era la única que se sentaba en el banquillo de los acusados. A su lado se encontraban Daniel, los dos empleados de la funeraria que habían ayudado a robar el cuerpo y el carnicero que lo había despiezado.

Todos habían declarado ya. Débora era la última y, aunque fuera declarada culpable, solo deseaba que aquella pesadilla terminara de una vez.

Lo que más le costaba era enfrentarse todos los días a la mirada triste de la madre de David en el banquillo de la acusación. Se parecía tanto a su hijo y entendía tanto su dolor que le apenaba especialmente saberse juzgada por ella como una criminal.

Sin embargo, la comprendía. ¿Cómo no hacerlo?

Lo único que la asustaba era la idea de que pudiera solicitar la custodia de Luz si ella salía culpable y no la dejara volverla a ver. En ese caso, ¿podría perdonarle algún día su hija lo que había hecho?

Lo único que Débora tenía a su favor ante una moral herida eran los datos apocalípticos, el precedente chino y la seguridad de que en aquel tribunal se decidía mucho más que su libertad.

Se decidía el futuro de la humanidad entera.

***

—Pónganse en pie los acusados. ¿Tienen ustedes algo más que decir?

—Yo sí, Daniel era mi hermano. No me importa que no corriera la misma sangre por nuestras venas. Estaba más unido a él que a su mujer y no me importa lo que pueda decir la sentencia porque yo sé que no hay nada a lo que le tenga más respeto que a la memoria de mi amigo. Yo no he venido a este mundo a odiar sino a amar.

—Bien, por la autoridad que me otorga la constitución y de acuerdo con las disposiciones legales voy a emitir la sentencia en este momento. Así, declaro que en el juicio ha quedado probado que, aún habiendo robado y descuartizado el cadáver del señor David Guerrero, Débora Rey y el resto de los acusados no obraron contra los sentimientos religiosos ni el respeto del difunto y los absuelvo de los hechos objetos de este juicio.

Sigue leyendo:

Capítulo 4: Año 2060. La vida en el extraño balneario del que nadie sale con vida

Capítulo 5: El mismo infierno se escondía detrás de una simple puerta de madera

Capítulo 6: Lo dejaron todo para vivir como los primeros Homo sapiens en 2061

Capítulo 7: Su vida era perfecta hasta que descubrió que se basaba en una gran mentira

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