lunes 11 de mayo de 2009
Implantes de silicona
Música electrónica en vena mes a mes
1. Vuelven los noventa. Lo está diciendo todo el mundo, a pleno pulmón, con la cara más roja que los comentaristas de fútbol cantando los tantos de Tití Henry, con la vena del cuello del grosor del rotulador de un bingo. Nos empiezan a taladrar con la muletilla de marras, y cuanto más lo hacen, aquí tenemos la coyuntura inesperada e inexplicable del arranque de la primavera: lo que ha vuelto es el electroclash, la generación de 2001-2002, aquella quinta de horteras emplumadas con rimelón, lesbianas de percha equina, calvos con mechas y góticas con un tatuaje en el sobaco. Coinciden en las tiendas los regresos simultáneos de DJ Hell –“Teufelswerk”, doble CD bastante solvente, con una primera parte ácida y technoide en la que gorgoritean invitados como P.Diddy y Bryan Ferry; una segunda más krautrock a lo Gavin Russom, con más chicha que morralla–, de Fischerspooner –“Entertainment”, bastante feo, se suele dar al botón de stop no más allá del quinto tema–, de Crossover –“Space Death”; cuando tenga un día Tolkien quizá me lo escuche, hoy por hoy me concentro en la autobiografía de J. J. Santos–, de Peaches –el disco de momento está precintado; acaba de llegar–, de Miss Kittin & The Hacker –“Two” no está del todo mal, especialmente cuando se ponen en plan Sandwell District en “PPPO”, y tiene una versión de Elvis con mucha patilla–, y también el disco de Tiga. Vamos a hablar de Tiga, va.
Pero no vamos a hablar del disco de Tiga aún, sino de él y de su vida. En este punto de la columna, el texto se vuelve rosa como las tiras de una fregona Vileda y lo escribe un aspirante a redactor de ‘Cuore’, lectura de cabecera en el tigre, el dentista y el bus. Del mismo modo en que Jesús Mariñas se repan/tiga en su poltrona de ‘DEC’, arrellanado como un marqués, medio descalzando una babucha del queso, retorciendo la punta de su bigote y mostrando su pechopalomo sexagenario, les voy a dar un scoop cardiaco: Tiga va a ser papá. Y no estamos hablando de “Ciao!” (Different / Pias, 2009), su segundo álbum en largo, sino de descendencia de carne y hueso, engendrada en el uterino receptáculo de su novia –no sabemos si a pelo o en frasquito, a lo Roger Federer, eso nos da igual–, y que le va a tener apartado de las cabinas en las primeras semanas del verano, razón por la que el canadiense ha estado adelantando trabajo y teniendo una presencia masiva de aquí hasta junio, fecha en la que debería nacer el retoño. Esos planes son: gira intensa de presentación de “Ciao!”, la misma publicación del disco y el lanzamiento de un sampler de su sello, “Turbo Omni-Dance” (Turbo / Popstock!, 2009), en el que entre flatulencias electrohouse se cuelan temas de Moby, Chromeo, los primos Dahlbäck, Brodinsky y el que es el mejor alias del año, Rainer Werner Bassfinder. De todos modos, esto no es lo importante de todo el asunto. Lo importante es que entre pitos y flautas parece que, una vez más, vuelve el acid.
Nótese que todo el primer párrafo sobre el electroclash era una introducción por contraste. El electroclash no vuelve; lo que vuelve por accidente es una generación de productores a los que se les pasó el arroz. Aunque bien pensado, al acid también. Lo de ‘que vuelve el acid’, lógicamente, es como aquel cuento de Pedro y el lobo: el día que de verdad vuelva no nos lo vamos a creer, y acabaremos devorados engullidos por una bassline dentuda con mayor capacidad de absorción que el ojete de Camilo José Cela.
De hecho, vuelve el acid pero a un nivel testimonial: son como los Últimos de Filipinas, ajenos a una actualidad que ha pasado página. “Ciao!” es un disco de pop y house con el acid maximizado, implementado, reforzado con líneas gruesas y lisérgicas como sogas de marinero que hacen blup-blup. Un consejo: ante este disco es prudente alejarse de prejuicios y no ver en él al Tiga amanerado de la gorra y la línea de ojos que pincha sonidazo comercial para canis y posturetas: entre el hardcore old school de “Mind Dimension 2”, el homenaje al “Voodoo Ray” de A Guy Called Gerald en “Overtime”, la balada cósmico-moroderiana de “Love Don’t Dance Here Anymore” y los muchos brochazos de acid, como “Shoes”, que impregnan el disco –producido todo por James Murphy, Jesper Dahlbäck, Soulwax y Gonzales–, estamos ante un trabajo fuerte aunque imperfecto, que le da buena imagen al ‘electro’ for the masses.
Decíamos acid: hay más acid en el regreso de otro veterano, Abe Duque, uno de los tres Duques que importan –los otros dos son el de Feria y el de Sin Tetas–, ese homo erectus del house que, tras haber celebrado años atrás sus días de champán y sus noches de cocaína cuando el hype le vino de cara, ahora se refuerza atrás, como el Chelsea en el Camp Nou, y salta a la actualidad con “Don’t Be So Mean” (Process Recordings, 2009), LP combativo y feroz, en el que el productor de origen ecuatoriano sale en la portada con una metralleta en las manos, y en el interior retorciendo émbolos para impregnar de 303 un manifiesto rabioso de supervivencia alcantarillesca. El anterior disco se titulaba “So Underground It Hurts”: pues este ya no es que duela, es que mata entre tanto chorro cítrico.
| Pág. siguiente » | 1 - 2 - 3 - 4 |
Comentarios
11
11
kodrinskylunes 11 de mayo de 2009
Regiomartes 12 de mayo de 2009
nantesmartes 12 de mayo de 2009
Ericmartes 12 de mayo de 2009
jamesmiércoles 13 de mayo de 2009
Pedritomiércoles 13 de mayo de 2009
Babadabamiércoles 13 de mayo de 2009
Menudo genio, oigan
Juliajueves 14 de mayo de 2009
Lusojueves 14 de mayo de 2009
Garçonjueves 14 de mayo de 2009
Fernanda Morunodomingo 31 de mayo de 2009
Buscador

Contactar | ¿Quiénes somos? | PlayGround ® y © PlayGround Comunicación S.L., 2008
Enviar a un amigo
Imprimir














