viernes 04 de julio de 2008

Mis paraísos artificiales

Mis paraísos artificiales Javier Blánquez

Javier Blánquez

Baja fidelidad chori

Ahora mismo no me hagan recordar con exactitud cuándo fue la primera vez en que un chori con siemens tuneado reggeatonizó el interior de un vagón de metro –con servidor dentro–, pero sería hace unos meses, volviendo del extrarradio o quizá yendo a él, o puede que sendos viajes en dos ocasiones consecutivas. En definitiva, que fue un shock harto profundo, no sólo por la molestia que supone que una persona enchufe el móvil, le dé al botón del emepetrés y con su altavoz raquítico nos ponga a los viajeros un feo hilo musical que, cual muzak chilikuatrero o de los cuarenta, según, nos obsequia con lo último de Conchita, el brother dominicano de turno o un viejo éxito de Camela, sino que sobre todo fue un shock, decía, por lo cutre de la conducta, pues aparentemente quiere ser un signo de distinción a mejor –lo que se podría definir, sociológicamente, llamada de atención de estatus de gang, o así– y no deja de ser un reflejo de esta tendencia hacia el consumo en precario de lo que ahí fuera se consigue gratis y a quintales. Me explico, no sin antes incidir en la costumbre chori de ir con música por los lugares con el móvil de última generación como único reproductor –de mierda, añadiría.

Desconozco a quién se le ocurrió primero la costumbre, pero es en sí misma absurda. A menos, claro, que la música en sí sea sólo una excusa para molestar –que lo es– y que lo que suene sea accesorio, sólo para recabar una atención que, en el caso de las jubiladas, suele ser con ojos inyectados en sangre y malos pensamientos. Ocurre que ciertos tipos humanos de las grandes urbes, y lo sabrán bien si viven en ellas y deben transportarse por ellas como el lumpen, o sea, como servidor, en vagones de metro y autobuses; estos tipos, digo, no saben ir por ahí si no es con el nokia a todo trapo. El especimen humano del que tratamos es imposible generalizarlo, pues hay desde latin kings a calés, desde el bakala musculitos –o mazas– a la choni que curra de cajera en el Condis de 2 de mayo con Sicilia, desde la niñata de catorce que va a comenzar el BUP –o como coño se le llame ahora al BUP– a su novio de dieciséis que le escribe en egipcio –tq mx mry– y que sólo piensa en calzársela en el coche de su primo el Cal-los, que ya tiene dieciocho y también se ha comprado una Rieju descargando butano por Almeda de Cornellá.

La música que suele escupir el tipo humano antes descrito –y no olvidemos el tanga asomando de entre los tejanos bajos, que suelen dejar estrías en las caderas, ni tampoco las perforaciones en los labios, para ellas y ellos, rematadas con bola blanca– va en consonancia con la especie concreta de chori, y la cosa está entre flamenquito guapo, reggaetón de carpa veraniega, lo uacute;ltimo de El Canto –que es un pedazo de grupo, oyes– y en este plan, como remataría el maestro Umbral.

La pregunta, creo, sólo puede ser ésta: ¿dónde está la gracia de escuchar música que suena como el culo y en un teléfono que a los cuatro días habrá que jubilar –hay que estar a la última, nen, que este nuevo tiene blutuz y se puede chatear– o te lo jubilará uno de la misma ralea de un tirón o en un descuido en el bar? Estamos entrando en un momento en el que el consumo cultural sólo se concibe si es en precario. A mí que me registren, pero la miniaturización y la gratuidad, en lugar de estimular el disfrute de todo aquello que a las masas pobres –o rácanas, que de todo hay– se les sirven en bandeja de download, está viniendo acompañado de una reproducción y goce de puta pena, lo que da a entender que para un alto grueso de la población la cultura ya no sólo ha perdido su valor económico, sino su valor absoluto: es gratis, mana como el agua en Noruega, sobra y sigue saliendo más, así que no hay motivo para obsesionarse, se malgasta y a otra cosa, que normalmente suele ser –dichosa juventud– enviar mensajes a los shows del corazón en la tele o escribirle en jeroglífico a la parienta, a la que ya le hablamos como los gays y le llamamos ‘chocho’.

Las pautas de consumo que se observan mirando por ahí han mutado, no a peor, si no a horror. Si así es como va a ser en el futuro, o sea, yo me quedo aquí y me anticuo voluntariamente, y si es de menester me momifico, me emboino y pido plaza, con paletilla de Guijuelo de regalo y dos sartenes, en el primer autocar del IMSERSO que pase por delante. El ejemplo del móvil, por mucho que tenga poco que ver con el disfrute de la música –tiene más que ver con un acto de distinción e inclusión de clan, como quien lleva ciertos tatuajes o se viste de gótico; el problema es que el clan al que pertenecen es al de la edad de pavo, que no se cura con reggaetón, sino con un par de hostias y un polvo bien pegado–, nos sirve para sacar a colación otros peores.

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Comentarios 2
sophrosyne_martes 08 de julio de 2008
Estoy completamente de acuerdo con Javier Blánquez. De hecho, yo no soy de las que siendo adolescente compraba vinilo (soy de la generación del cd), pero ahora, con tanta información a mano, me he decantado por este soporte. Me obligo a comprar pocos y escucharlos mucho, hasta aprendérmelos, como hacía antes. Bajarme las discografías completas de los artistas ya he dejado de parecerme algo genial para parecerme lo que J.Blánquez expone: fast food musical.
Lo de ver pelis mal grabadas del cine, con malos subtítulos y tal.... eso no lo he aguantado en la vida.
¡Aboguemos por una buena educación cultural empezando por el respeto al mismo!
pepuntosábado 21 de febrero de 2009
Me: debes un trankimazin por las ansiedades: ¡Dios mio, me consideraba ALGO MAS PARA TI que un vecino audiofílico!.
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