viernes 10 de octubre
Mis paraísos artificiales
Javier Blánquez
Hace unas pocas semanas se ha publicado un libro que, bajo el ‘ostentóreo’ título –antes de que me tiren el diccionario de la RAE por la cabeza, informo de que ‘ostentóreo’ era como mal pronunciaba ‘ostentoso’ el difunto Jesús Gil– de “Odio Barcelona” (Melusina, 2008), parece ser que está haciendo mucho ruido por los sitios y creando una vaga polémica entre toda esa gente que se deja provocar a las primeras de cambio. Un libro que dibuja una Barcelona catasfrófica, apalancada, sucia, inhabitable, para pijos, bla bla bla, ya saben, lo de siempre, ese deporte tan nuestro de quejarse –algunos– y rajar –los menos–.
Sin entrar a valorar el contenido del libro, sobre el que me mantendré
prudentemente neutral por no ser misión apropiada para un servidor, –al final de todo les explico el porqué–, y del que por ahora sólo recomiendo encarecidísimamente la aportación de Philipp Engel, un hombre del que admiro mucho su trabajo y, sobre todo, su persona, sólo diré que la Barcelona odiosa que refleja el libro en su conjunto es una Barcelona inexistente. De hecho, es mucho peor. Este criticar –resumo– la Barcelona de postal, la frivolidad y el elitismo para turistas acaudalados que parece emanar la ciudad condal, en perjuicio de una Barcelona más (ejem) auténtica, para la gente, más libre y tal, es equivocarse por completo sobre el estado de la cuestión. Ojalá Barcelona fuera realmente pija, elitista y más europea –europea por nórdica– que mediterránea, con lo que eso implicaría de orden, civismo, limpieza, educación y oferta. Se dice que Barcelona se vuelca en atraer turismo para hacer caja, pero con el tipo de gente que viene –guiris cerveceros, básicamente–, mejor que se quedaran en casa. Pero no, ese alto standing generalizado ni se huele. La realidad es infinitamente cutrérrima.
El problema de Barcelona es que da asco a muchos niveles, no sólo por lo sucia que está en según qué tramos, especialmente en el Gótico, mítico siempre por su olor a ‘pixum’ en Escudellers –o sea, los meados que dejan los forasteros, los borrachos y transeuntes varios como perro que marca su territorio sobre las vetustas piedas del medioevo–, sino por lo provinciana –aquí voy a decirla gorda, va– que resulta a casi todos los niveles. Con todos mis respetos para Cuenca, Barcelona está más cerca de Cuenca que de París, Londres o Berlín –por mucho que les pese a los culturetas–, y lo está porque nos han encolomado una ciudad de tercera con precios de primera. A mí, la verdad, no me importaría pagar lo mucho que se paga en Barcelona por todo si la ciudad lo mereciera, pero un lugar en el que te lo cierran todo en domingo, en la que el cine cuesta ya casi siete euros la peli –y son casi todas una mierda–, en la que el metro tiene unos horarios africanos y en la que cuesta dios y ayuda encontrar museos sin relleno, tiendas bien abastecidas de lo último y lo bueno de aquí y de allá, espacios públicos apañados y tal, pues qué quieren que les diga: no. Y por eso cabe criticar a la ciudad, porque presume de lo que no tiene o, si tiene, lo tiene poco o mal. gt;
Se está fustigando bastante también estos días la nueva película de Woody Allen, esa “Vicky Cristina Barcelona” a la que se le reprocha ser demasiado postal y representativa de una Barcelona ‘que no es real’. Dicen que no es real porque es demasiado idílica. ¡Joder, pues entonces la Barcelona real debe ser un infierno! Y ahí está la dislocación, allí donde algunos no encontramos el lugar mental: “Odio Barcelona”, el libro, reclama ese infierno en vez de demandar una ciudad de primer nivel internacional. En vez de reclamar una Olimpus mediterránea –para la cita a Olimpus, remito a “Appleseed”, el manga de Masamune Shirow–, se reclama una bohemia parisina del siglo XIX, con sus terracitas, su pausa, su laxitud, su falta de disciplina y orden, algo con lo que servidor no comulga. Para ir a peor mejor nos mudamos todos a otro lado (no diré donde, pero se lo pueden imaginar).
Comentarios
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Edulunes 13 de octubre
Ahora bien, no quisiera yo abandonarla a su merced. Creo que merece hacer cierto esfuerzo, oponer una fuerza contraria en un vector doloroso, como el que propones aquí y no en el libro. Te pido a ti y en general a la gente que tiene algo que ofrecer que no os rindáis, que yo quiero que mi ciudad huela bien y no quiero poner cara de gato cuando viene un forastero y me dice que Barcelona es la mejor ciudad del mundo.
Juanlunes 13 de octubre
palazzolunes 13 de octubre
Irenemartes 14 de octubre
Carmencitamartes 14 de octubre
Iñigomiércoles 15 de octubre
Isismiércoles 15 de octubre
Isisviernes 17 de octubre
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