martes 23 de septiembre de 2008
Todas las canciones hablan de mí:
Jesús Llorente
La primera vez que escuché este disco yo tenía… quince años, creo. Todaví;a conservo un minucioso y detalladísimo diario de aquella edad barely legal. En él me muestro tan egoísta, tan cabezota, tan presuntuoso, que asusta leerlo. Una vez pasado el susto inicial, como en “Los Chicos del Maíz I”, el resto resulta entre hilarante y patético, con humor negro, blanco, gris, un humor que jamás pretendió serlo, como cuando nos reímos de alguien que se tropieza en plena calle, o que pisa una mierda, o que pierde su empresa en uno de esos vaivenes de Wall Street.
Por entonces me gustaban todas las chicas, especialmente Elena, Cristina, Bárbara, Mari Carmen, Ana, Manuela y Yolanda. Pero cuando volvía a casa con las manos vacías (o no) siempre ponía este disco. Con él me dieron ganas de escribir, de componer, componerme, recomponerme. “Armarios y camas” fue el rey de mi mundo de casetes, y como no tenía las letras me dediqué a trascribirlas durante una semana de septiembre de 1988. Desarrollé una especie de intuición juvenil que me decía que aquello era una combinación de vida y de arte que no debía ignorar. Había decenas de frases que deseaba haber escrito yo, y un modo de pronunciarlas que resultaba intrigante. Tirando del hilo de los versos de Nacho F. Goberna se puede hallar una rueca siempre agradecida.
Creo que La Dama se esconde son uno de esos grupos que siempre terminan siendo una buena influencia. Su estilo, sus canciones, sus textos, no asfixian ni acotan el territorio. No levantan puentes levadizos. No hay dragones ni mazmorras. No te hacen pagar peaje al entrar en el laberinto. En realidad abren otras vías, son catalizadores de talento, la mano en el hombro para el que no necesita muletas. Un ejemplo de artista de mérito que suele ser una mala influencia es Nick Cave. O grupos como Radiohead. También The Smiths. Por el contrario, bandas como The Cure o The Go Betweens suelen tener buenos acólitos, luego excelentes monaguillos y finalmente una decena de artistas que merecen dicha influencia. Es una teoría con fisuras, lo sé. Y tampoco me explico demasiado bien. Ni siquiera lo tengo claro respecto a Joy Division.
El caso es que después de pasar aquellas letras a limpio, comencé a corregirlas, a alterar el sentido de muchas palabras. Un párrafo ajeno daba lugar a uno más o menos propio. Luego traduje un par de canciones al inglés, para luego volcarlas de nuevo al castellano, a las bravas, como esperando algo. Los resultados me parecieron alentadores (obviamente, ahora mismo da pudor leerlos). Se trata de un proceso en el que intervienen un espíritu aventurero, mucha cara dura y ganas de dejar un legado gracias a una herencia ajena que, con el tiempo, no dé vergüenza ajena. Pero de repente “Armarios y camas”, o mejor dicho, una versión del mismo elepé adaptada a mi mundo, me pertenecía por completo.
Resulta que yo veía sentido a cada canción de este disco, como si cada tema constituyese una historia que enlaza con otra, en plan obra conceptual, decálogo de seres y estares (siento la referencia), sentidos y sentimientos que me hacían sentir y asentir, y no siempre por este orden. No es un trabajo unitario, pero para mí contenía todas las piezas de mi puzzle adolescente. Podía perfectamente aplicar diversos episodios de mi vida a “Somos tres”, “El corazón que late”, “Amenazas”, y decirlo así, sin tapujos, en mi diario, ese cuaderno azul en el que mi vida era un yo-yo permanente y sin vértigo. ¡¡¡Y me consideraba tan rebelde!!! Bastaba decirle a mis padres que no pensaba cenar o tomar postre como represalia a su autoridad, para sentirme hinchado, henchido y satisfecho, dispuesto a afinar la pluma y escribir que estaba sometido a una especie de Guantánamo existencial. ¡¡¡Un Guantazo era lo que merecía!!! De existir una máquina del tiempo escogería volver a 1988, colérico fantasma del futuro, y hablaría conmigo mismo para quitarme toda esa tontería trufada de demasiados verbos intransitivos.
En aquel dichoso diario escribí muchas veces que odiaba a mis padres. Lo decía sinvergüenza, por activa, pero sobre todo por pasivo. Las razones eran totalmente peregrinas y sin redención posible: me hacían cortar leña los domingos, no me dejaban viajar solo a Cartagena, coño, a mi edad… me obligaban a ir a la comunión de un primo al que detestaba, jamás me preguntaban por mis notas, o querían que volviera a casa antes de las doce para poder dormir con la conciencia bien tranquila. Aquello bastaba para convertirme en un demonio, alguien con demasiado vocabulario, conocimiento del medio y tiempo libre para pensar en sí mismo. Tanto como para nublar mi juicio y pensarme ajeno a ellos, adoptado, en una incubadora con cristales tintados. Ahora me arrepiento, y espero que no sea demasiado tarde.
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Comentarios
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yolimiércoles 24 de septiembre de 2008
isradomingo 28 de septiembre de 2008
lorenaviernes 03 de octubre de 2008
claudiajueves 09 de octubre de 2008
http://es.wikipedia.org/wiki/La_Dama_se_Esconde
saludos
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