lunes 15 de septiembre de 2008

Mis paraísos artificiales

Mis paraísos artificiales Javier Blánquez

Javier Blánquez

¿La cosita está muy mala? Hace unas semanas Philip Sherburne –periodista, productor , DJ y, por encima de todo, amigo, aunque haga meses que no se le vea el pelo– la lió bastante parda en su columna mensual en Pitchfork haciéndose eco, y hasta cierto punto sumergiéndose en ella cual surfista principiante, de la ola de negativismo que parece estar inundando los círculos críticos de la música electrónica –y de la otra también. Venía a decir, y casi por extensión a afirmar, que por ahí fuera se decía que la cosa estaba muy mala. Que no sale apenas nada bueno, que no hay una corriente que arrastre el entusiasmo general como hace unos años lo tuvo el primer minimal alemán, el dubstep de los meses de madurez o cualquier género que nos distraiga un rato del mogollón (hoy sería el techno-dub, por ejemplo). Que ante la sobreabundancia de música y la multiplicación de los maxis y los mp3eses a lo milagro del Evangelio ya quedó atrás la etapa de excitación y bulimia y estamos, al fin, en la de la apatía y el vómito. Que ya no hay un rasero con el que medir lo que sale, y por tanto seleccionar y disfrutar sin tener que tragarse antes, con embudo y a la fuerza, un par de sacos de estiércol. Como ocurre esto, se infería, la gente empieza a pensar en una sombría hecatombe y se imagina el fin del mundo musical tras un ataque kamikaze de bostezos, y se pierde la fe en el poder regenerativo –propio y ajeno– de la música. Al menos de la de club y de la que se hace con máquinas.

Y tenía razón Philip en otra cosa, porque este pequeño fenómeno no es exclusivo ni de los líderes de opinión hipsters de Nueva York ni de los primeros clubbers quemadísimos del actual ritmo de fiesta babilónica que se gasta en Berlín: a cualquier foro al que vayas a leer para pasar el rato –tengo la teoría de que de los foros raramente se aprende, descontando algunos consejos que se pueden cazar por ahí, pero de eso igual hablamos otro día–, o con cualquier clubber con el que hables, e incluso interrogándote en tu interior de manera honesta –es algo que suele ocurrir cuando vas a una tienda con la idea de pillar buena mierda y sales con las manos en los bolsillos jurando en hebreo–, se percibe que el negativismo, como el milenarismo que pronosticó Fernando Arrabal todo taja, va a venir. Si no es que ya está aquí.

La pregunta que se extrae, pues, del pitote que montó Philip –pitote porque al cabo de días muchos colegas de profesión, bloggers y opinadores con criterio bastante apañado entraron a debatir la cuestión y, una vez más, la mayoría confirmaron que esa sombría negatividad existe o está al acecho, y que se requieren unos nervios de acero o tener las ideas muy claras para no sucumbir–, es si realmente hay para tanto y estamos atravesando una crisis en lo musical semejante a la económica que ya nos tiene cogidos por el testiculamen. Sobre lo segundo habría que dejarle los análisis al eminente Xavier Sala i Martin, que seguro que hace un diagnóstico brillante y lo relaciona con la subida del precio de los cereales, así que aquí nos ocuparemos en la medida de nuestras posibilidades de lo primero. La música se estanca. No sucede nada desde hace tiempo. Todo es volver una y otra vez sobre lo mismo. Ya no hay originalidad. Todo es fútil y vacío. Todo esto lo hemos oído alguna vez, y últimamente lo escuchamos con mayor frecuencia. ¿Hay para tanto?

Para empezar, tiremos de refranero: cuando el río suena, agua lleva. Y aunque hay que admitir que algunos refranes son discutibles –ahora se me ocurre aquel de ‘teta que mano no cubre no es teta, es ubre’–, en este caso el del río, el agua y el ruido viene bastante bien al caso. Admito que más de una vez he pensado en escupir sapos por la boca y poner a parirlo todo en general. Nadie parece inmune a esta tendencia, sobre todo si tienes un mal día –y ya que toda esta columna parece dominada por el espíritu invisible de Chiquito de la Calzada, rematemos como homenaje a los fans de verdad con un ‘una mala tarde la tiene cualquiera’–, y lo mínimo que esperas un mal día es que, a falta de nada mejor –huríes, un boleto del euromillón premiado, una cena en Shibui–, la música venga a salvártelo. Pero una de dos: o la originalidad es un valor a la baja o la experiencia, o las muchas horas previas escuchando, o la sobreabundancia de material, que mata cualquier sorpresa, nos ha atrofiado la capacidad de asombrarnos, o es que el mundo no está en sintonía con la música que se hace.

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Comentarios 7
palazzolunes 15 de septiembre de 2008
dos cojones diría yo, aunque quizá por ello resulte tan excitante. Jefes aparte, la música volverá a brillar no por esa trillada razón de que todo vuelve, sino porque nada se detiene...angustia para todos...pero es que sólo lo mutable permanece...así que acomodemonos y piquemos de aquí y de allá que esto sólo ha hecho más que empezar.

Viva el eurotrance!
Danmiércoles 24 de septiembre de 2008
Ibas muy bien pero que muy bien hasta lo de Kate Ryan. Es ironía ¿No? Porque o si no, la conclusión es que te drogas demasiado, y con drogas de las malas.

Pero la columna fantástica!
Fermiércoles 24 de septiembre de 2008
Pues a mi me parece que la tipa está buena. Jacona jacona.
Susmiércoles 24 de septiembre de 2008
Ere lo ma grande!!
applejuxmiércoles 04 de febrero de 2009
juer, ya empezaba a pensar que el problema era mio...
Ejivaljueves 30 de abril de 2009
Creo que lo único que relfeja es que la música basada en el ritmo 4/4 ha envejecido y que ese entusiasmo por un género en partícular se ve opacado por la sobreoferta de música. Que bueno que las cosas no siguen dictadas desde Berlín y que cada quien es su propio nicho.
Tupelosábado 04 de julio de 2009
Se puede decir mas alto,pero no mas claro.
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