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Por qué un paro femenino es sencillamente imposible

Hoy, 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, una convocatoria pide que las mujeres dejemos de hacer cosas. Sabina Urraca no cree que eso sea posible.

Leo sobre el paro de mujeres del 8 de marzo y me entra una tristeza profundísima.

Porque sé que un paro femenino es sencillamente imposible.

He visto a lo largo de toda mi vida a mis abuelas, a mis tías, a mi madre, no pudiendo contenerse para hacer las cosas que había que hacer, para procurar que la comida o la mesa o las camas o ese postre estuviesen a tiempo, bien, perfectos. Las he visto ser prácticamente infalibles.

He visto que era imposible que no se levantasen de la mesa en las comidas. Esa energía invertida en que todo estuviese perfecto, en que nadie se quedase con hambre, en que todo el mundo tuviese ese botón cosido, esa mancha quitada, era superior a ellas, como una fuerza demoníaca a la par que celestial que hubiese tomado sus cuerpos.

Siempre había pensado que yo estaba a salvo de este mal. Había vivido relaciones bastante libres, con hombres y mujeres con los que los cuidados eran recíprocos y no había una convivencia continuada.

"Siempre había pensado que yo estaba a salvo de este mal. Había vivido relaciones bastante libres, con hombres y mujeres con los que los cuidados eran recíprocos y no había una convivencia continuada"

Sin embargo, cuando estuve dentro de una relación más duradera con un hombre, me vi siendo mi madre, mi abuela y mis tías. Preocupada por las sábanas limpias, por tender la lavadora, por que las cosas de la nevera no se pusiesen malas.

Me vi viviendo con una persona para la que los cuidados eran algo anecdótico, que los recibía sin darse cuenta, como algo natural. No sabía dónde estaban las sábanas limpias. No se le ocurría poner una lavadora. Si se le ocurría, después se le olvidaba tenderla.

La compra se hacía por arte de magia. Todo así. Había, oh sí, un día especial en el que él hacía su plato estrella, y entonces todo quedaba oculto bajo el orgullo de "oh, estoy con un hombre que sabe cocinar". Sus esporádicos valían mil veces más que mis sopas y mis lentejas del día a día, que mis guisos inventados para que no se pusiesen malas las cosas de la nevera.

Recuerdo un día en especial. Teníamos invitados. No había nada de desayunar. Yo sabía que teníamos pan congelado. Yo misma lo había cortado en rebanadas y lo había congelado para evitar que se echara a perder. Pero decidí ser fuerte, no decir nada, esperar a ver qué hacía él cuando viese que no había nada de desayunar. Me planté, no hice nada, jugué al despiste. Hasta que vi cierta incomodidad en la cara de nuestro invitado. No se le estaba ofreciendo nada.

Yo sabía que teníamos pan congelado, pero sabía que él no lo sabía. Al ver lo extraño de la situación, al sentir que estaba siendo mala anfitriona, no pude más. Dejé de resistirme. Bajé a la nevera, cogí el pan, lo descongelé. Lo hice maldiciendo, porque sabía que estaba uniéndome a las filas de esas mujeres que velan por que todo esté perfecto. Y eso me jodía profundamente. Sentía este afán por cuidar como un veneno dentro de mí. Un veneno que me quería sacar como fuese. Un electroshock para eliminar la herencia cultural.

"A veces, en momentos como este, he deseado no ser mujer, quitarme de encima toda la carga cultural"

A veces, en momentos como este, he deseado no ser mujer, quitarme de encima toda la carga cultural. A veces me he odiado cada vez que me veía haciendo algo para que la casa estuviese bien. Atención al esquema, tan atávicamente femenino: Tus cuidados son desdeñados, no recibes nada a cambio, y, en lugar de enfadarte con la persona que no responde a tus cuidados, te enfadas contigo misma.

Por ese nervio resolutivo, cocinador y limpiador que habita en casi todas nosotras, ese nervio implacable e irreductible, creo que el paro de mujeres del 8 de marzo es absolutamente imposible. El motor de los cuidados, tristemente, no se puede parar. Lo llevamos inyectado demasiado adentro.

Este texto se publicó en redes sociales días antes del paro del 8 de marzo. Entre las mujeres que se mostraban de acuerdo, se alzaban dos frentes más o menos diferenciados: Uno sostenía que había que hacer comprender esto a los hombres, pedir una reciprocidad de los cuidados. Otro, por el contrario, mantenía que debíamos aprender a "dejar de cuidar", que éramos nosotras las que debíamos deseducarnos.

¿De veras el camino está en dejar de lado los cuidados, en convertirnos en seres egoístas? No lo sé. Lo que está claro es que los cuidados son, como he dicho más arriba en este mismo texto, una fuerza benigna y maligna al mismo tiempo. Una especie de poltergeist bueno que, al tomar nuestros cuerpos, nos hace preocuparnos por el bienestar de los demás, pero que al mismo tiempo nos agota y nos deja maltrechas, enfadadas con nosotras mismas.

Y tú, ¿qué opinas?

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