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El hombre que quiere paliar la guerra cocinando dulces

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Conoce la historia de Radwan y sus baklavas

Alba Muñoz

02 Junio 2017 07:56

Fotografías y vídeos: Elaine Cromie.

Si preguntas a Radwan Kalaaji qué tal le ha ido el día, su mirada se perderá a lo lejos con aire de preocupación. Seguidamente responderá algo relacionado con frutos secos y miel, con baklavas, unos dulces típicos de Oriente Próximo que hornea casi a diario, de forma compulsiva. Es como si Radwan, de 62 años, poseyera una brújula interior que le señala todo el tiempo su cocina, su horno aún caliente. Esa misma brújula le indica en qué dirección se encuentra la ciudad en la que nació, hoy en ruinas.

Radwan es originario del Este de Alepo, una de las ciudades más castigadas por la guerra en Siria, pero hace 33 años que vive en Colorado, Estados Unidos, a más de 10.000 kilómetros de distancia de la calle en la que se crió. Su casa, dice, "ya no existe".  

Radwan ha decidido entregarse a una misión que no parece que vaya a tener fin.

Como un repostero triste, inconsolable, recorre cada semana Fort Collins, su ciudad, con cajas repletas de baklavas. Reparte los dulces a cambio de donativos que después manda a su país: “La semana pasada cociné durante 15 horas seguidas, o quizá más, durante cinco días consecutivos. Es un poco duro porque me duele la espalda, pero necesito hacerlo. Necesito enviar dinero a Siria”.

Gastronomía y supervivencia

No es la primera vez que Radwan se sirve de la gastronomía tradicional siria para encontrar soluciones a sus problemas.

Cuando llegó a Estados Unidos a los 29 años, recién licenciado en Ingeniería Civil, no encontró trabajo. Lo cierto es que nunca ha podido trabajar como ingeniero en Estados Unidos, pero por entonces ni siquiera le alcanzaba para ser autosuficiente. Fueron sus amigos, otros estudiantes musulmanes afincados en Colorado, quienes le recomendaron aprovechar sus dotes culinarias:

"Nos sentíamos como una familia, hacíamos cenas. Así descubrí que les gustaba mucho mi comida. Mis amigos me animaban a venderles platos", cuenta. "Empecé a hacer falafel y venderlo en la puerta de la mezquita tras las plegarias del viernes. Sobreviví gracias a eso. Ahora no lo hago para mi propia supervivencia, sino para que mi gente en Alepo sobreviva".


"Mis ingresos son muy bajos pero no puedo estar parado, no puedo mantenerme al margen. Lo que pasa en Siria es de verdad, no es una película"



En realidad, Radwan necesita el dinero que recauda con sus baklavas. Sufre asma y una enfermedad ósea congénita que le impiden trabajar. Vive con una pequeña pensión y la ayuda de sus siete hijos: “Mis ingresos son muy bajos pero no puedo estar parado, no puedo mantenerme al margen. Lo que pasa en Siria es de verdad, no es una película”.

Algunos amigos y vecinos están preocupados por su salud. Creen que no es bueno que pase todo el día enganchado a las malas noticias que llegan desde Siria, o en su defecto, cocinando. Incluso hay quien opina que Radwan vive obsesionado: "Todo el tiempo estoy en mi teléfono. Lo vivo día y noche, lo vivo despierto y lo vivo dormido. A veces estoy al borde del colapso, pero en realidad soy feliz".

Para mandar el dinero a Siria, Radwan ha diseñado un sistema que, a todos los efectos, le convierte en una especie de ONG unipersonal.

Primero cocina las baklavas —"las mejores del mundo"—, después colecta donaciones visitando centros comunitarios, escuelas, bibliotecas, universidades, participando en todo tipo de eventos de Fort Collins, mientras explica "a los estadounidenses lo que está pasando en Siria". También manda lotes a medios de comunicación locales y a todo aquel que se lo insinúe. "Mis baklavas son como mi documento de identidad. Me las llevo a todas partes, cuando voy al colegio a buscar a mis nietos, cuando voy al médico, a todos lados".


"Mis baklavas son como mi documento de identidad. Me las llevo a todas partes"



La última fase del proceso consiste en enviar la suma conseguida a su sobrina Ayah, que es médico en el hospital Al-Taaluf de Alepo. "Ayah me informa de los casos más urgentes y de las familias más necesitadas, yo valoro y decido cómo repartir el dinero".

Así es como Radwan consigue que sus balkavas ayuden a la gente de Alepo.

Un ejemplo reciente es el de una mujer mayor con neumonía severa a la que está financiando el tratamiento médico. "Mi sobrina me dijo que estaba bastante mal, y que necesitaba 37.000 libras sirias porque la ayuda internacional al hospital se había cortado. Me dijo: 'No puedes imaginar cómo se sintió esa señora después de que le pagaras la intervención'. La mujer me llamó...". Radwan no puede contener el llanto. "Tengo un talento y debo aprovecharlo. Sé que no puedo ayudar a todo el mundo, pero al menos hago todo lo que puedo, que es mejor que no hacer nada".

En año pasado la agencia de la ONU para los refugiados (ACNUR) confirmó que la conectividad es vital para este colectivo, después de que la consultora Accenture realizara un informe en el que concluía de que el acceso a internet es tan crítico para la seguridad de los refugiados como los alimentos, el refugio o el agua.

Radwan comparte esta idea: "Mis familiares en Alepo pueden vivir un tiempo sin agua y sin comida, pero no sin internet".

Para todos los que no nos encontramos en una situación tan desgarradora como haber perdido la casa, parte o toda la familia, y tener que subsistir en una ciudad en ruinas bajo la amenaza de bombardeos o ataques químicos, pensar en un teléfono móvil parece algo frívolo, indigno en comparación las penurias que están viviendo millones de refugiados sirios. Sin embargo, se trata de una herramienta de primera necesidad.


"¿Recuerdas Aladín?, ¿la lámpara mágica? ¿Sabes qué es una bola de cristal? Son objetos mágicos que te permiten ver a otras personas que están lejos. Esto ya es una realidad gracias al teléfono móvil



"Incluso cuando oigo que mi familia está siendo atacada con barriles bomba puedo hablar en directo con ellos. Mis sobrinos se escondieron en el dormitorio y pude oír el sonido de la guerra, desde esas grandes bombas hasta las balas. Tenían menos miedo si yo estaba con ellos".

Radwan asegura que internet supone una ayuda psicológica "dentro y fuera" de Siria. Él mismo representa esa dualidad, entre la ansiedad de la distancia y el consuelo por el contacto que le permite el móvil: duerme cada noche con el teléfono en la mano, por si el aparato vibra con una alerta informativa, pero además, la pantalla se ha convertido en el rostro de toda su familia: "Todos estamos conectados, compartimos nacimientos de bebés y enfermedades, lo bueno y lo malo. Desgraciadamente no volverá a ser como antes, todos estamos en distintos puntos del mundo y la ciudad está destruida. No creo que volvamos a vernos en esta vida".

En 33 años, Radwan solo volvió dos veces a Siria. Una en 1988 y otra hace 7 años, pocos meses antes de que estallara la Primavera Árabe. "No sabía que al ir allí debería decir adiós a mi familia, a toda esta preciosa ciudad y antiguas ruinas, a las cosas que tenía allí. No lo sabía".

Para este ingeniero civil, Alepo era mucho más que una ciudad milenaria. La parte vieja era un "tesoro" insustituible, y el mercado, donde iba a combrar baklavas de pequeño, un lugar que a veces le parece solamente como un sueño.  

"Cuando llegué al aeropuerto de Alepo en 2010 y vi toda esa gente, pensé que era una manifestación. Pero era mi familia, sobrinos que no había visto al nacer, me decían halo, halo ('tío'). Venían a darme la bienvenida, la gente me abrazaba y yo no conocía a casi nadie. Luego visitamos la ciudadela y ellos se sentaban en las escaleras, yo les daba charlas como un sabio. Lo triste es que iba a ser la última vez".

"¿Recuerdas Aladín?, ¿la lámpara mágica? ¿Sabes qué es una bola de cristal? Son objetos mágicos que te permiten ver a otras personas que están lejos"


Radwan asegura que seguirá cocinando baklavas hasta que en Siria ya no lo necesiten, y sólo sonríe cuando alguien le pregunta cuál es su receta, cómo es que le salen tan buenas. Ante la amargura de vivir a más de 10.000 kilómetros de distancia, a este sirio le ha dado por cocinar dulces sin parar, y tiene muy claro que internet es un ingrediente básico en el vínculo que sigue manteniendo con su tierra y con su pasado.

"¿Recuerdas Aladín?, ¿la lámpara mágica? ¿Sabes qué es una bola de cristal? Son objetos mágicos que te permiten ver a otras personas que están lejos. Esto ya es una realidad gracias al teléfono móvil, es como el aire que respiramos".

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