WESTERN VINYL Va a ser cierto eso que se dice sobre los conservatorios, que curten al estudiante y le ayudan a entrar en una dinámica de disciplina casi estajanovista. Sólo asàse puede entender que Balmorhea, el pequeño ensemble de Austin que cita a Beethoven y Arvo Pärt como algunas de sus principales influencias, haya podido crecer de la nada al hype neoclásico en tan poco tiempo –y con una producción tan abundante a sus espaldas–. En 2007 apareció su primera grabación, un CD autoeditado que bajo el sencillo tÃtulo de “Balmorhea” ya indicaba pasión por las cuerdas tristes y los aires de banda sonora de western contemporáneo y crepuscular, en la lÃnea de lo que hace tiempo practicaban Dirty Three (y que sigue facturando Warren Ellis a medias con Nick Cave). También latÃa la influencia de Rachel’s, la pequeña orquesta con nervio que ayudó a tender puentes entre el post-rock y la música clásica para oyentes del pop –de un soundtrack de Michael Nyman a una colección de teorÃas de John Cage, que es algo que siempre viste bien–, y a partir de esos cimientos comenzaron a progresar: ficharon por Western Vinyl, editaron álbumes consecutivos en 2008 (“Rivers Arms”) y 2009 (“All Is Wild, All Is Silent”), y asà hasta llegar a 2010 con la entrega de rigor. Serios con los plazos y consistentes en la producción, Balmorhea ya se han confirmado como uno de los grupos a tener en cuenta en la escena de pianos, violines y dulces sueños. Sus genes texanos son los que les orientan casi siempre hacia el folk –han compartido escenario y cervezas con cantautores como Damien Jurado–, y los que ayudan a que sus composiciones tengan más de música incidental para la serie “Deadwood” que el fondo romántico, urbano y pálido de sus equivalentes europeos –Jóhann Jóhannsson, Max Richter, etc., gente que suele funcionar mejor con una orquesta grande que con un grupo de cámara–. Sà se asemejan en cambio, y mucho, a nombres como Helios, Richard Skelton o Peter Broderick: gente con sótano y porche, con una porción de césped que cuidar como el viejo Clint Eastwood de“Gran Torino”, gente chapada un poco a la antigua y con pocas expectativas en la vida, gente hundida. No buscan Balmorhea narrar una gran pasión con sus partituras, sino los pequeños naufragios del alma, todas esas catástrofes del dÃa a dÃa que, poco a poco, le van recluyendo a uno en una incurable melancolÃa. Su conexión con la escena neoclásica quedó perfectamente documentada en “All Is Wild, All Is Silent Remixes” (2009), un doble vinilo en el que sus strings y sus teclas en coma aparecÃan fugazmente reanimados por tragicomedias de violas, inquietas partÃculas electrónicas y algún tapiz de ruido por el “quién-es-quién” de estos compositores de bandas sonoras para pelÃculas que no existen: Eluvium, Jacaszek, Library Tapes, Xela… Ese fue, seguramente, el momento en que Balmorhea pudieron darse por satisfechos con el esfuerzo realizado hasta la fecha: Rob Lowe, Michael Muller, Aisha Burns, Nicole Kern y Travis Chapman habÃan depurado su estilo, que era como Godspeed You! Black Emperor sin crescendos, sin exageraciones, sin ninguna amenaza de fin del mundo. A cambio, y también en este“Constellations”, ofrecen reposo y tranquilidad bucólica, música de atardecer que funciona como agradable somnÃfero. Lo que mejor marcha en ellos es la descripción: escuchar sus tenues composiciones es imaginarse la naturaleza en movimiento, silenciosa y cambiante con paciencia, como observar el crecimiento del trigo durante toda una estación. Piezas como “Winter Circle”, “Steerage And The Lamp” o “To The Order Of Night” (con ese piano lento como una oruga) tienen aplomo y ligereza, discurren con una lógica armónica aplastante. A quien le guste la música compleja lo más probable es que le irrite el candor de Balmorhea: aquà no hay disonancias gratuitas, ni ruidos ni chirridos, no hay ninguna intromisión que perturbe la paz de sus hogares. En otros contextos estarÃa bien, pero aquà serÃa completamente ilógico, porque serÃa como manchar un perfecto cielo azul o una noche estrellada: es asà como debe ser. Por otro lado, persiste el gusto por las texturas más western (“Bowspirit”, “Night Squall”), una manera prosaica y terrenal de contrapesar el preciosismo impresionista. Y aunque se les puede discutir que no hayan echado más mano del percusionista habitual en sus grabaciones, Mike Bell –parece ahora más un invitado, ya que sólo se le ve en “Night Squall” y “On The Weight Of Night”, y a ello hay que achacarle en parte la falta del brÃo de “Constellations”, a la vez que su serenidad–, también hay que agradecerles que hayan contratado un pequeño coro para darle aires de polifonÃa renacentista, con ribetes sacros, a la muy ad hoc “Palestrina”. No se salen de su cauce. Siguen estando donde les queremos. Juan Pablo Forner |
