ROUGH TRADE Resulta que Pantha Du Prince no deja nada al azar, y si el anterior disco versaba sobre el Ă©xtasis, que es esa sensaciĂłn sublime en la que la conciencia está por encima del cuerpo (y los sentidos), y el instante de plena felicidad parece hacerse eterno –de ahĂ que el álbum se titulara “This Bliss” (Dial, 2007), y que cada pieza fuera una bacanal de timbres agudos, armonĂas de encaje dulce y progresiones rĂtmicas de lento desarrollo hipnĂłtico con la intenciĂłn de alfombrar una entrada al mundo de los sueños–, resulta que Ă©ste versa sobre la fatalidad, sobre el anuncio de la tragedia, y de ahĂ que se titule “Black Noise”. Argumenta Henrik Webber que la naturaleza habla un lenguaje propio, y que cada vez que actĂşa por su cuenta, como en los terremotos, las tormentas o los aludes de montaña, existe un anuncio previo, una especie de “¡agua va!” que podrĂamos escuchar si el oĂdo humano fuera capaz de detectar esa longitud de onda, identificarla e interpretarla. Esos sonidos del planeta son el “ruido oscuro” al que alude el tĂtulo del tercer álbum de Pantha Du Prince, la calma antes de la tempestad, y es ese ruido tan inaudible como morboso el que el productor de Hamburgo ha querido crear en estudio. Ahora que gracias a pelĂculas como “Avatar” o todo el discurso crĂtico sobre el cambio climático ha vuelto a cobrar fuerza la idea de Gaia –es decir, la creencia de que el planeta es un organismo vivo que se autorregula y se comunica–, “Black Noise” podrĂa ser una pieza más en esta imparable nueva oleada de misticismo de la nueva era, la que presagia un cambio a mejor en nuestro mundo a partir de finales de 2012 –fin del mundo para unos, sobre todo si se ha visto la pelĂcula de Roland Emmerich o se cree en los mayas; para otros sĂłlo es el año de los Juegos OlĂmpicos de Londres–, coincidiendo con la entrada en la “era de Acuario”. Pero el tufillo new age que se puede interpretar de esta idea de la Tierra parlante y comunicativa que Pantha Du Prince expone en el libreto explicativo del disco se evapora cuando la mĂşsica suena. Porque no es ningĂşn trabajo planeador, ni un mantra soft, ni tampoco una colecciĂłn de piezas vocales con coro de ángeles. Webber cree en el lenguaje secreto del planeta, el que anuncia aludes de nieve como el que estarĂa a punto de sepultar el pueblo de los Alpes que aparece en la portada, pero no le interesa hacer ninguna arenga ecolĂłgica, sino algo mucho más interesante: saber cĂłmo sonarĂa esa señal de alarma, escrutarla, memorizarla por simple curiosidad, y traducirla a su propio ruido, que ya no es negro, sino azul claro, o dorado, o cualquier otro matiz cromático que indique luz. Porque de la misma manera en que “This Bliss” era un disco sobre el momento eterno del Ă©xtasis, “Black Noise” es un disco sobre el momento eterno que precede a la liberaciĂłn de unas fuerzas más allá de la escala humana. Y ese momento, siempre, es de paz. Esto, en la práctica, se traduce en un disco casi idĂ©ntico al anterior pero con un matiz más introspectivo, sombrĂo incluso, sin entrar en episodios truculentos. Es mĂşsica hermosa porque tĂ©cnicamente sucede antes de que todo se vaya a tomar por culo, pero en ella va implĂcita una melancolĂa lĂłgica, ya que la suerte está echada. De este modo, si en “This Bliss” el tema central era “Saturn Strobe”, diez intensos minutos de escalada emocional que culminaban en una explosiĂłn pasional y jubilosa, aquĂ no hay ninguno como Ă©se, salvando el inaugural “Lay In A Shimmer”: el temblor de las campanillas, el bombo tech-house y los sintetizadores que ejercen de pared de contenciĂłn de toda la pieza nunca llevan implĂcito un cosquilleo, sino un escalofrĂo. Esto suena en un club y es imposible levantar los brazos en celebraciĂłn, porque la simetrĂa perfecta de las formas indica tambiĂ©n un anuncio de derrota: agachar la cabeza, bajar los brazos, resignarse a la belleza de la destrucciĂłn inminente. Por eso hay que reconocerle dos mĂ©ritos a Pantha Du Prince: primero, el haber sabido controlar la euforia y encontrar un tono para el disco que le presenta aparentemente continuista con respecto a “This Bliss” –no rompe de manera traumática con la lĂnea que hizo de Ă©l el tercero en discordia del emo-techno junto a Lawrence y Efdemin, por tanto–, pero a la vez muy diferente y cerrado en sĂ mismo; segundo, conseguir materializar la sensaciĂłn de cambio en la naturaleza y, a la vez, la interpretaciĂłn de cĂłmo serĂa ese lenguaje con el que las montañas, los rĂos y los mares hablan. Pantha Du Prince domina el 4x4 del bombo, las armonĂas de campanas y metales, las melodĂas de remolino de viento en un valle verde, pero aquĂ se esfuerza en experimentar en las introducciones y las transiciones de cada track, indagando en timbres huecos y sonidos frĂos, crujidos y demás texturas insectoides, en abstracciones que luego se pierden cuando la pieza entra en materia bailable –pese a la perorata explicativa de antes, que conste: esto es tech-house brumoso del de siempre– y que añaden densidad conceptual y misterio a cada producciĂłn. TambiĂ©n están las participaciones testimoniales de Tyler Pope (de !!!, tocando el bajo en “The Splendour”) y Panda Bear (cantando en “Stick To My Side”), que se explican por la necesidad de justificar un inexistente giro “indie” en Pantha Du Prince –es lo que tiene dejar Dial para pararse a Rough Trade–, y que no deben ocultar lo esencial: en una escucha superficial, este tercer álbum quizá palidezca ante “This Bliss”, pero en una escucha profunda le sostiene la mirada –me temo que no lo supera– y demuestra que hay un esfuerzo consciente por no traicionarse y tambiĂ©n por no repetirse. Javier Blánquez |
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