130701 Sólo habÃa dos maneras de hacerse con este “Memoryhouse”: o pagando una cantidad obscena de euros a los reventas de eBay, o bajándoselo de la red, si habÃa suerte. Max Richter se supone que era consciente del desequilibrio entre la oferta y la demanda, y en especial de los abusos de ciertos vendedores de segunda mano que solÃan encontrar una presa rabiosa dispuesta a aflojar la mosca, y desde hacÃa unos años ya venÃa preparando la reedición oficial, remasterizada y cuidada con esmero del que fue su primer álbum tras abandonar la disciplina de Piano Circus, aquel ensemble de música contemporánea de seis pianos seis, como los toros, que grabó en la mÃtica etiqueta Argo –subsello de Decca para todo lo que tuviera que ver con minimalismo, nueva música sacra, cuartetos de cuerda con repertorio del siglo XX y demás oferta clásica para gente pop o deprimida– y con el que se familiarizó a fondo con el tipo de sonido que luego ha sabido explotar y tratar de una forma muy personal en sus propias partituras. El primer Richter, el que debuta en 2002 con este mismo disco en el sello Late Junction, tenÃa una virtud y un defecto, que además era todo lo mismo: el excesivo apego a la estética de Michael Nyman, Philip Glass y Henryk Gorécki, y por tanto a una composición contemporánea melancólica, algo cinematográfica, con trasfondo triste y grave. Aceptando maestros y replicando su estilo. La evolución ya vendrÃa más tarde, con “The Blue Notebooks” (130701, 2004) y la decisiva participación/acentuación de la electrónica digital y los recitados de Tilda Swinton de textos firmados por Kafka y otros escritores de lo negro. Este primer Max Richter, pues, era un libro abierto: se mimetizaba en Michael Nyman continuamente (“Europe After The Rain”, “Landscape With Figure (1922)”, “Embers”), y si no eran el Balanescu Quartet (“Maria The Poet (1913)”, en especial) y, sobre todo, al Philip Glass de discos como “Glassworks” o “Solo Piano”: conciso, envolvente, sin alardes de profundidad, tan sólo pulsando nervios y tomando la temperatura emocional del oyente, que normalmente prefiere quedarse con la sensación tibia, de abrigo, de una música que afecta más al corazón y la piel que a la materia gris. Ese Richter glassiano (“The Twins (Prague)”, “Andras”, “Sketchbook”, “November”, “Last Days” y, sobre todo, “November”, que aunque no tiene voz podrÃa ser una de las canciones de aquel “Songs From Liquid Days”), y sobre todo el Richter casi sacro que acude a Bach (“Fragment”) y al Henryk Gorécki de la tercera sinfonÃa –sin soprano, pero con oleaje de cuerdas revueltas y depresivas: “Sarajevo”, “Arbenita (11 Years)”–, son los que con más impronta y personalidad se dejan caer en este disco que seguro que comenzó como un capricho, con el compositor apuntando ideas en un papel, componiendo libremente, y dándole igual si finalmente las influencias quedaban demasiado claras –Stravinsky en “Quartet Fragments (1908)”, por ejemplo–, porque uno es lo que ha escuchado y no hay que arrepentirse de nada. Pero más allá de las influencias y los parecidos, lo principal de “Memoryhouse” es la sensación cenicienta que desprende. Con tÃtulos y fechas que aluden de una forma u otra al siglo XX en blanco y negro –desde la cita a la carrera espacial de “Laika’s Journey”, que además tiene un medio significado hauntological al recrear un pasado perdido y convocar espÃritus de progreso ya disipados–, o a ciudades de la Europa del este como Praga o Sarajevo, Max Richter no sólo reflexiona sobre la memoria, el frÃo y las utopÃas imposibles –del comunismo a la conquista del espacio, de la nieve sin fundir en primavera a los dÃas que se escurren sin poderlos recuperar–, sino que lo hace con una delicadeza sublime: cada pieza deja a su paso un aroma de nostalgia, fracaso e invierno, como si la banda sonora de “El Tercer Hombre” hubiera sido otra no tan jovial, o como si a la adaptación de “La Insoportable Levedad Del Ser”, en vez de música de fin de siècle de Leos Janácek, le hubieran puesto otra nueva, ex profeso, posiblemente ésta. Richter exhibió un potencial tremendo y un dominio del expresionismo contemporáneo con “Memoryhouse”, y la descatalogación se lo ha hecho saber tarde a la mayorÃa. Por suerte, este episodio magnÃfico de su carrera no caerá en saco roto y ya ha quedado salvado del olvido. Esta reedición está aquà para salvar dÃas como los que vienen, de malos augurios en lo social y olas de frÃo polar en lo climatológico. Javier Blánquez |
