INTERSCOPE Érase una vez una joven cargada con un disco stick que soñaba en convertirse en icono del pop. La muchacha, bajo el nombre de Lady Gaga, fue al acecho de las masas con sus bases machaconas de R&B hedonista cantando a los cuatro vientos las grandezas del lipstick, los flashes mediáticos y los billetes con el careto de Benjamin Franklin en tiempos de crisis. Pocos la tomaron en serio cuando saltó en la palestra, aprovechándose de que Christina Aguilera era un cadáver andante, vÃctima de la cruel fauna de MTV. Pero lo que pocos podÃan llegar a imaginar es que el personaje ideado por Stefani Joanne Angelina Germanotta a golpe de modelitos imposibles y alguna que otra soberana mamarrachada, acabarÃa convirtiéndose en la artista que más ha dado que hablar durante este 2009 que ya se extingue. Las divas del pop son la mariliendre que cualquier gáyer ansiarÃa. Si bien los referentes de antaño continúan inalterables (aunque eso sÃ, algo más perezosas: Britney, Madonna, etc.), nuestro presente siglo requerÃa a gritos una figura femenina que canalizara toda la agresividad, la locura escénica y la pose necesaria para enaltecer la frivolidad del pop de radiofórmula. Y allà está ella. Siguiendo ese sÃndrome tan Beyoncé de lanzar singles a cascoporro, la Gaga se alza como la mayor vencedora de la productividad videoclipera. “Just Dance” y “Poker Face” sonaron hasta en el Tibet, y con “Paparazzi” (de la mano de Jonas Akerlund) se calzó unas muletas y ejerció de femme fatale a lo Angela Channing. Y ahora, de repente, se descuelga con “Bad Romance” a base de ópticas photoshopeadas, una obra mayor del clip que ha hecho que muchos internautas hayan insistido en clickar varias veces la opción “ver de nuevo”. SÃ, Lady Gaga resulta excesiva a no más poder, como una instantánea de David LaChapelle, y corre el riesgo de quemar todos sus cartuchos en menos que canta un gallo. Pero como candidata a reina del pop (tÃtulo honorÃfico que requiere muchos años de puterÃo, haberse dado varias triunfantes vueltas al mundo y ser la reinvención personificada: palabra de Ciccone), a dÃa de hoy la neoyorquina ha demostrado con creces que dispone del carisma y las dotes requeridas para que le demos un voto de confianza. Sólo hace falta darse un garbeo por la red y contemplar la versión acústica de “Poker Face” que va paseando por ahÃ. El monstruo ha conseguido en un año todo lo que predicaba, ergo ya no tiene la necesidad de mostrar explÃcitamente la pedante superficialidad lÃrica de “The Fame”. Y pudiendo marcarse un segundo álbum con cara y ojos, la Gaga ha preferido, bajo la coartada de la reedición, publicar ocho guilty pleasures prácticamente infalibles para seguir dando que hablar durante 2010. Bien es cierto que con un par de temas más nos encontrarÃamos con un sucesor que dejarÃa a la altura del betún su debut, pero el ciclón Gaga no puede perder fuelle cuando los astros se alinean a su favor. El tiempo es oro y la fama, efÃmera. “The Fame Monster” supone un punto de encuentro de sus mayores temores: el sexo, el alcohol, el amor, la muerte, la soledad y, obviamente, ella misma. Con ese spin off de “Poker Face” que es “Bad Romance”, Gaga muestra su carta más dura con la ayuda de una base digna de una rave lisérgica. Bajo la batuta de su fiel escudero, el productor RedOne, y entonando el gangoso grito de “rah, rah, rah”, ella firma uno de los mayores hits instantáneos que se ha marcado hasta la fecha, antes incluso de mostrarnos sus dotes como intérprete eurovisiva de las tierras del Este en “Alejandro”: cuando pensábamos que ABBA y Annie –con su “Anthonio”– lo habÃan dicho todo en materia de hits de baile con un nombre propio en el tÃtulo, aquà llega Lady Gaga, reivindicando a Ace of Base, el eurodance noventas y montándose un trÃo latino– para aportar su visión de tan frÃvolo asunto. Y con “Monster” sigue dando en el clavo con unos tintes disco-pop retrofuturistas. Eso sÃ: la sorpresa más grata del álbum la encontramos en el corte siguiente: queriendo interpretar una balada melodramática a lo Bowie, lo que le sale es “Speechless”. Más inspirada que nunca –dirÃamos que es su mejor letra–, Gaga dedica esta canción a su padre, quien a priori se negaba a someterse a una intervención quirúrgica de máxima urgencia. Quizá deberÃa seguir explorando este terreno más downtempo en sus futuros temas, ya que el chirriamiento vocal a lo Bonnie Tyler le va como anillo al dedo: empotrada en su piano, Gaga puede conseguir que se esfumen los odios que su electropop de trazo grueso le han ido granjeando entre sus numerosos detractores. Hay más: Fernando Garibay es el culpable de esa bomba de relojerÃa necrófila que pide a gritos ser carne de single, “Dance In The Dark”. Aun tomando prestado el “Strangelove” de Depeche Mode como adorno sintetizado, esta canción representa una de las mayores bazas del álbum. Lo que no sabemos aún es si su “silicone, saline, poison, inject me. I’m a free bitch” calará entre los simpatizantes del vogueing. “Telephone”, su dueto junto a Beyoncé, es como “Video phone” sin que se libre el duelo de gatas que se esperaba para la ocasión. Y aunque “So Happy I Could Die” es llanamente insulsa, al menos con “Teeth” Lady Gaga cierra el cÃrculo con una oda al “dientes, dientes” de la Pantoja a partir del “Ramalama” de RóisÃn Murphy, otra especie de bufón de la alta costura como lo es ella. El movimiento gagaÃsta puede darse por satisfecho. Gracias a este conjunto de temas, Lady Gaga explora terrenos que tienen más validez que sus composiciones pasadas, y avista con ellas un alejamiento progresivo de su caracterÃstico R&B pro-yanqui. Las apuestas no son lo mÃo, pero se puede uno mojar y arriesarse a decir que, con ella, no está todo perdido, que el futuro del pop de masas puede estar en sus manos. Lo excesivo hacÃa tiempo que no resultaba tan sugerente. Sergio del Amo |
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