BELLA UNION El chico de los zapatos demasiado grandes tuvo la culpa. SÃ, fue Damien Jurado quien se topó un dÃa en su lluvioso Seattle natal con Joshua Tillman (tal vez se vieran en la Iglesia, un domingo por la mañana, Dios sabe que Damien es un buen chico, por algo le dedica todos sus discos) y le preguntó de quién demonios era el disco que llevaba encima. Joshua le dijo que era suyo. Escribo canciones de vez en cuando, debió decirle. Y, como buen padre del folkie-grunge post Young, Damien quiso darle una oportunidad al material del chico. Con aquella barba, su camisa de cuadros y los maltrechos Levi’s, Joshua tenÃa pinta de ser tan adicto a las tormentas sentimentales hechas jirón de canción como él mismo. Asà que se llevó el disco a casa y cuando pulsó el play (visualicemos la cabaña de Jurado, en mitad de la nada, niebla por todas partes, ronroneo de gatos en el porche), alucinó. Aquel tipo no sólo estaba llamando a las puertas del Infierno con la voz más dulce que pueda imaginarse (y aquà entra en juego otro Damien, Damien Rice, como el caso más cercano en chicos tristes de voz jodidamente sexy), sino que encima la cosa iba en serio. Asà que a la mañana siguiente (y quien dice la mañana siguiente dice la mañana del siguiente domingo, a las puertas de la Iglesia), Damien le dijo que estarÃa encantado de llevárselo con él de gira. Y asà fue como empezó la carrera del tipo que primero se hizo famoso por ser el baterÃa de los Fleet Foxes (antes lo habÃa sido de los Saxon Shore y los Stately) antes que por su faceta de cuentacuentos de sonrisa triste. Pero, ¿cómo empezó realmente la cosa? Pues con un par de CD-Rs (al primero lo llamó “I Will Return”, al segundo “Long May You Run”) y un más que merecido contrato con Fargo, allá por 2006, para la edición del que serÃa oficialmente su disco de debut, un soberbio ejercicio country-folk, de envidiable sencillez y una sinceridad brutal: “Minor Works”. Le seguirÃan la reedición de aquellos primeros dos CD-Rs, un salto de compañÃa (la distribución de sus discos es tan complicada como la de Jurado, aún hoy es imposible encontrarlos en las tiendas, por lo que las ventas no debieron ser la bomba y la impaciencia de los chicos de Fargo es comprensible), y un cuarto álbum, “Cancer And Delirium” (Yerbrid, 2007), en el que Tillman escupe canciones de huraño vaquero apoyado en la barra de un bar de dudosa reputación. Parece estar gritándonos: “aquà me tenéis, tÃos, no soy más un crÃo apaleado, ¿es que nadie va a sacarme del agujero?”. El resto es historia: el chaval se une a los Fleet Foxes, los tÃos firman un primer disco alucinante y, oh, vaya, resulta que el baterÃa... ¿es cantautor? Pues sÃ, chicos. Cantautor. Y os diré más. “Year In The Kingdom”, el disco que nos ocupa, es el segundo disco de Tillman este año. SÃ, lo que leéis. El primero, “Vacilando Territory Blues”, llegó a los estantes de las tiendas de discos (es un decir, en España tal vez ni siquiera tenga distribución) a principios de año. Porque como buen folkieman, Tillman es un tÃo prolÃfico. Escribe canciones casi a la misma velocidad a la que Stephen King escribÃa novelas en los 70 (siguiendo, por cierto, la estela de tipos como Ryan Adams que, antes de dedicarse a los relatos, llegó a firmar tres discos por año). Pero volviendo al álbum. Lo único que diferencia aquel puñado de canciones lluviosas, de barba de tres dÃas y tazón de leche con galletas al fresco, de éstas, es el tono. Ciertamente, en “Vacilando Territory Blues”, el colorido y trote era algo menos folk y algo más blues. TenÃa cierto nervio, en conjunto resultaba algo más complejo. Y lo que ocurre en “Year In The Kingdom” es que el ambiente se relaja (más tazón de leche con galletas en el porche que cowboy afilando espuelas), la canción triste se vuelve un todo que envuelve, a base de barbudos trotes de guitarra atmosférica (muy en la onda del magistral “The Letting Go”, de Bonnie Prince Billy). Basta una escucha a “Year In The Kingdom” para entender de qué estamos hablando. Aunque quizá “Crosswinds”, con su arpa y sus pajaritos (definitivamente Tillman no es un tipo de pajaritos) acabe de convencerte al respecto. Hay temas simplemente enormes (“Age Of Man”, “Marked In The Valley”) y otros que no lo son tanto (porque no, el arpa definitivamente no es una buena idea: “There Is No Good In Me”, “Howling Light”). En conjunto, el álbum destila honestidad (algo que a Tillman le sobra), sigue explotando el brutal atractivo de la voz del chico y compone pequeños remansos de autocompasión para enmarcar (y patear piedras). Pero se queda corto. A ratos parece únicamente el intento de Tillman (fan, por cierto, aunque resulte evidente, de Nick Drake) de firmar su propio “The Letting Go” sureño. Aunque a ratos (y “Though I Have Wronged You” es el mejor ejemplo) resulta tan bueno en lo que hace que podrÃa ser tu mejor amigo (siempre que se deje de coros y campestres walls of sounds). ¿En qué quedamos? Pues en que lo mejor está por venir. Y el dÃa en que Tillman se siente en su cuarto, guitarra en mano, con la intención de componer algo más que una canción, llegará. Laura Fernández |
